El siglo de ayer nomás aún se revuelca en su tumba. Fresca está la mortaja. Nos quedan algunos olores de aquel ensimismado siglo XX, tan dado a congraciarse con maleantes, asesinos, dictadores, renegados, enfermizos deudores, ceremoniosos y populistas a rabiar.
Aquel siglo de hace un rato, acabado de ir, nos empuja a acercarnos al poeta Eugenio Montejo para montarle guardia a los fantasmas que nos rondan aún mientras nos queda en la mano la última hoja del almanaque, revestido de polvo y tachaduras de las metas no cumplidas.
Fechado en la nostalgia, los nombres de cien años recogen lo blando y lo duro, lo seco y lo húmedo, lo blanco y lo negro, pero sobre todo el hilo conductor de la memoria: “Cruzo la calle Marx, la calle Freud; ando por una orilla de este siglo, / despacio insomne, caviloso / espía ad honorem de algún reino gótico, / recogiendo vocales caídas, / pequeños guijarros / tatuados de rumor infinito. / La línea de Mondrian frente a mis ojos / va cortando la noche en sombras rectas / ahora que ya no cae más soledad / en las paredes de vidrio. / Cruzo la calle Mao, la calle Stalin; miro el instante donde muere un milenio / y otro despunta su terrestre dominio. / Mi siglo vertical y lleno de teorías... / Mi siglo con sus guerras y posguerras / y su tambor de Hitler allá lejos, / entre sangre y abismo. / Prosigo entre las piedras de los viejos suburbios / por un trago, por un poco de jazz, / contemplando los dioses que duermen disueltos / en el serrín de los bares, / mientras descifro sus nombres al paso / y sigo mi camino”.
Y la memoria, esa traidora a veces, también nos anda sobre el cuerpo y nos patea. Siglo de entrada a una locura, a esta que nos cimbra y consume entre los gritos del fanatismo y sus deslaves. De ese siglo también nos quedaron la década de los sesenta y sus augurios, canciones y poemas, disparos y prisiones, muertes, resurrecciones, ruidos y silencios, para luego llegar, pasadas cuatro décadas, al molino de este viento sucio.
Con el siglo ido, las calles que el poema dice: revoluciones muertas, ciencias agazapadas, dictaduras, paredones, fusilamientos, trajes rotos, palabras en desuso, anacrónicas, que hoy, precisamente hoy, vuelven a encontrarse en las mismas calles, gritadas en medio de la baba de poderes inútiles.
Decir adiós a una centuria, tatuarle los ojos a los años que vienen. Desde esa imagen, el país que nos toca y pervierte, con sus hombres y mujeres retratados de espaldas, intenta probar el siglo XIX, con el hedor de un poco más atrás: un disparo en la sien de quien se creía patrón y era esclavista; un destape riesgoso de héroes de capilla.
El poema de Montejo despide el siglo y su montón de cicatrices. Despide y alude a quienes aún son quebranto en bocas y creencias. Marx, Stalin, Mao, Hitler, miserias que ambulan entre la chatarra de nuestras ruinas nacionales. De Mondrian, las líneas de la mano y las sombras que un cuadro mitiga y desalienta.
Una lectura rápida que abriga la esperanza de seguir en el estómago de muchos rumiantes. Una lectura lenta de monjes sin relicario, nuevos cristianos, evangélicos del dólar y amagadores de testimonios falsos. Bíblicos, mientras el diablo camina sobre la miseria y la desesperanza. Muchos han pisado calles y avenidas hasta el agotamiento, mientras el siglo viejo niega marcharse con sus andrajos y blasfemias.
Por allí andamos, pesados de necias revueltas. A la misma hora el país enflaquece. Crecen los hongos del desamor y las pústulas en nombre de la justicia, de la venganza y resentimientos pasmados.
El siglo XX dijo adiós en el poema, en la bella aritmética verbal. En lo que decimos de vida, está aún en la puerta de quienes no se despegan de trincheras inundadas de huesos, pequeñas y grandes guerras interiores que hacen del país un odio efervescente.
Con trizas del pasado no es desestimable respirar, sólo que el pasado no debe repetir unos duendes atados al terror, al escritorio de una burocracia vespertina.