La palabra se inventa de paisaje interior. Como herida, muestra el tiempo que lleva a cuestas. Éste podría gastarla, hacerla materia insomne, inútil, verbo cardíaco desde lo más remoto, ahogo. Pero el tiempo, en poesía, pierde vigor si ésta —la palabra— sigue conservando su entonación.
Detrás de todas queda el Atlántico, como decir que allá, en el único adentro de su consagración, suenan las páginas de Eugenio Montejo después de veinte años de aventuras en Algunas palabras.
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Algunas de nuestras palabras
son fuertes,
francas, amarillas,
otras redondas, lisas, de madera...
detrás de todas queda el Atlántico.
No es localizar la voz en un sitio recobrado. La palabra, su esencial infinitud, es la poesía de un estado cuyo espacio navega indistintamente por arrabales oceánicos, cienos y olores extraviados, conferidos por la presencia de una voz que ya ha sido dicha: el poeta se entrega a su misterio y hace de ella materia de imago Dei, asombro y perplejidad.
Las palabras se materializan en el ojo que abarca la superficie de las cosas: es otro espíritu. Venida de un espacio, es paisaje y nombre pronunciado por bocas anónimas, que es la boca más ajena y por tanto la menos predecible: la que hace de Dios marca de trascendencia. Con este libro nos pasa eso, celebrado poemario que crea los libros posteriores de muchos poetas venezolanos.
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¿Qué río desde Heráclito no ha sugerido palabras para guiarnos por el barro de su eternidad? ¿Nos quedan nubes para entender que, en la nimbosidad de su reino, algunas palabras aún llueven para someternos a todos los viajes y extravíos? ¿Qué nombre ha usado Montejo en éste que no tenga mirada y eco luego de haber repasado la textura de los objetos, el clima de las casas, el pulso de los edificios, ciudades e idiomas dispersos?
Algunas palabras, como el mismo poeta Montejo ha dicho, es una colección de poemas. Esta declaración, cargada por el tránsito de veinte años en otros libros, forma parte de otra lectura: la presencia silenciosa de repaso —en medio de la noche— de textos que configuran la materia de otro poema, del mismo poema, el mismo interior donde la vida pasa y conversamos.
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Entonces el mar, que más que palabra es una pulsación, contiene el viaje, el nombre donde se ancla el inicio, el Atlántico donde esa reflexión es un destierro, una larga estadía en otras palabras que son otros sonidos, pero que llevan el poema construido sobre un puente, mientras el frío del lejano mare nostrum erosiona las piedras de Estambul.
Todas las palabras contienen un viaje, son producto de viajes. Un círculo donde se estacionan la vida y la muerte. Redonda, amarilla, de madera... maderamen, sigilo del barco que la lleva entre libros y tiempos; dormir, mientras la sombra anochece, mundo perdido en el vientre de un animal marino. Algunas palabras significa el río que habíamos perdido. Hoy, recuperado en la lectura de este hermoso texto donde nadie sabe lo que llevamos o lo que traemos. Mientras tanto, llegamos tarde a las noches y nos raya una voz sobre la pared de alguna iglesia antigua, pronunciada.