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Miguel Otero SilvaA cien años de Miguel Otero Silva
Un morrocoy en el infierno

a mi padre, también morrocoyuno,
en sus 40 años de ausencia.

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Moisés cruza el Mar Rojo en una canoa. Aterrado huye de un morrocoy venezolano, porque escapar de un quelonio francés, por ejemplo, no tendría sentido. Miguel Otero Silva fue testigo de este evento en sus tiempos mozos. No le temblaba la mano para figurarse el mundo según el humor, la gran Mamadera de Gallo Universal y demás cabezas de ajo que juntó con tanto loco que escribía, dibujaba y loqueaba sobre el mapa de este díscolo y desordenado país.

Hace 100 años nació MOS, allá en un pueblo que casi no existía, Barcelona, donde imaginó la Oficina Nº 1 que le dio vida a la novela del mismo nombre. Pero antes se había paseado por la muerte, por los dolores de una pequeña nación enclavada en el centro de Venezuela: en Ortiz, en el estado Guárico, ubicó su preocupación, desde ese silencio funerario escribió Casas muertas, obra que lo convirtió en un icono de la literatura nacional. Después vinieron otros títulos importantes como La muerte de Honorio y su último suspiro, La piedra que era Cristo.

1908 fue el año escogido para hacerse visible en el mundo. Miguel Otero Silva comenzó su periplo creativo hasta que decidió marcharse al mismo sitio de donde vino, a la eternidad. Su obra literaria, narrativa y poética, ocupa un espacio importante en el imaginario de los que respiramos en este pedazo de tierra.

 

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Pero la obra que lo reveló como indagador del espíritu humano y animal fue El morrocoy azul, obra plural donde pensaban, escribían y dibujaban los más inteligentes y dementes ciudadanos de esta República que aún se estira bajo los pies de los que la usan y abusan de ella.

Para homenajearlo, el Ateneo de Caracas lanzó al mundo Un morrocoy en el infierno / Humor... humor... humor (Caracas, 1981), con prólogo del imprescindible Adriano González León y dibujos del trotamundos Pedro León Zapata. En él recoge sus Sonetos elementales, las Sinfonías tontas, Versos circunstanciales y las Crónicas morrocoyunas, así como La chapa del Morrocoy azul. No deja por fuera sus famosos, terapéuticos y anticlericales Don Mendo, Romeo y Julieta y —no faltaba más— Las Celestiales, más otras cosillas inéditas.

Bien lo dejó escrito Adriano: “El humorismo se ensarta aquí, por virtud de Miguel Otero, en su mejor riesgo: el de la falsificación. Es decir, una pantalla de simulaciones, fresca, esplendorosa y vindicativa, que nada tiene que ver con la hipocresía ejercida a voluntad por los explotadores y los poderosos, sino con una explosión franca del espíritu en su aspiración de un mundo nuevo y mejor”. Y como a diario hay tanta pezuña que recorre mundos, en procura de espacios más sublimes, Miguel Otero no deja de expresar, casi en silencio, en tonta sinfonía, que vale más morrocoy en tierra que cien volando. Digamos: el mundo no será mejor ni nuevo. Será —con mística reverencia— peor y cada día más viejo.

 

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Como ya son cien años y veinte no son nada, depositamos en el alma de Otero Silva su propia afirmación: Si un sujeto con alma de gorgojo / y otro con ondular de lagartijo / se empeñan en aguarme el regocijo / con verde envidia y despechado enojo. // Si un tercero con trácalas de piojo / quiere nutrir su nombre a mi cobijo, / rata que desampara su escondrijo / y por herirme cobra sin sonrojo. // Y si un villano bajo vil influjo / me cubre de improperios sin tapujo / para hacerme perder el desparpajo, // yo ni siquiera arrugo el entrecejo / sino que los enlazo por parejo / y los mando al mismísimo carajo.

 

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Muchos se preguntarán por qué no traer al Miguel Otero novelista. Ya sabemos de las tragedias contenidas en Casas muertas, Oficina Nº 1, La muerte de Honorio y La piedra que era Cristo. Y para no agregarle más amarguras a este país, nos hacemos del lado rochelero de este autor nacido en un campo petrolero, que bastantes vainas nos ha echado también el llamado oro negro, “el estiércol del diablo”, que dijera Pablo Pérez Alfonzo, para sumarle tensiones y “estreses” inadecuados.

Son cien años, un siglo tan presente, como el alma de este venezolano a quien celebramos en su humor, tan inteligente que los mismos ángeles dicen amén. ¿Qué hará un morrocoy en el infierno? ¿Cuántos pasos tendrá que dar para encontrarse con Virgilio, así la Divina Comedia también sea parte de Las Celestiales de Miguel Otero?

Habrá tiempo y lugar para repasar las páginas de sus novelas, las huellas del “Niño campesino”, los saltos de sus obras teatrales, tan de este instante como otros merengues seductores.