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Efraín Hurtado
Escampos

1

El poema lleva polvo del camino, el que los pájaros resecos del llano miran desde sus vuelos. Una estadía en la puerta de tranca y la voz lenta del poeta de Calabozo, allá en Mapurite, donde construye cada verso, la casa de su voz, cada instante en el paisaje amontonado en los ojos, pegados de la tierra.

Efraín Hurtado regresó a su ciudad para entrar en un libro cuya escritura evade cualquier anacronismo. Hace del llano pura voz decantada, producto de fiebres y dolores, la larga contemplación de una intemperie que se hizo memoria. A riesgo de alejarse de su fuego original, Efraín escribió un poemario de larguezas, lejuras de la sangre: toda la tierra sin fin en un viaje sin momento de detención, sin atajo para verse los pasos, sólo quitarse la ceniza de los incendios, los vientos de la sequía veranera, los alisios impertinentes.

 

2

Nadie ha tropezado la aldaba del portón
la tranca no se rueda
ninguno alarga ese rumor quejoso de un
postigo
al doblarse

En adentrarse sigiloso, como si ese Señor viento lo obligara a murmurar con la limpidez del fraseo, de la sintaxis de la tierra y la sequedad cegadora.

Cada movimiento del paisaje, estático en su relevancia, se hace texto en la voz de Efraín Hurtado. Entre picas y horas sueltas, entre grandes ciudades e idiomas nuevos, el poeta colocó en buen sitio la tierra que siempre llevó en el espíritu. La voz de los antepasados y el silbido de los animales nocturnos que salen de los espejismos, siguen en la travesía de este poeta calaboceño que nos legó una de las más hermosas miradas: el telurismo sanguíneo, corporal y óseo contenido en el poema, en el forcejeo de las palabras con una geografía tan extrema. El poeta se hace límite también. Hurtado se aleja de todos los intentos hechos por otros poetas apegados a la tradición.

 

3

El Ateneo de Calabozo publicó una plaquette de Escampos con ilustraciones de Mateo Manaure. Escampos se había perdido entre los primeros lectores. No había tenido lugar para su asombro, para destacarlo entre los buenos, entre los extraños de esa tierra acostumbrada a la rima, a la cadencia musical, anacrónica —en el buen sentido de la palabra— de la escritura llanera. En pequeño formato, como para cargar a Efraín cómodamente en el bolsillo, circula este libro, para leerlo desde la candela, desde los tiznados del verano y las inundaciones de los chubascos. Desde la negrura de la noche cálida del llano.

No me asomen lejanzas
porque se van mis ojos.
no me silbes tan bajito perdiz
por las bocas del monte
para no andar trasteando estos campos
de todo

Para dejar de andar íngrimo entre las páginas de un libro cuya belleza está a la disposición de todos en tiempos en que todo se pierde sin escape.

Captador de asombros, el llano es un horizonte en cada hoja de este poemario de Hurtado. La tierra se abre de nuevo. La candela a lo lejos en las hojas de esta alegría que nos ocasiona el olor de su cuerpo, de sus papeles, porque los dolores del condenado de otros momentos se han transformado en vocablos que hoy son encarnación de nueva sangre, de un rumbo donde el texto se posesiona de lo seco. El lector se seca al leer estas páginas, se rezuma para entrar en un paisaje pocas veces cantado como lo hace Efraín Hurtado.

Para tocarlo, nos dice: ...Y puedes seguir sin necesidad de estar conversando / con ese sombrero que ya tiene la cinta desprendida y / convertida en pedazo de hilacho de tanto darle vuelta.

Nos vemos en otro llano. Cantado por Efraín Hurtado, nos olvidamos de aquella romántica y pesada carga tantas veces proferida por cojos rimadores, versificadores torpes y cantantes de tonadas prestadas.