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María Auxiliadora ÁlvarezMaría Auxiliadora Álvarez
Las nadas y las noches

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Las nadas y las noches (Editorial Candaya, Barcelona, España, julio 2009) es la morada poética donde habita felizmente María Auxiliadora Álvarez. Y se afirma “felizmente” porque el verbo de su tránsito ha embargado una lectura en la que lectores y autora han vivido y sofocado el mundo en tanto peripecia del dolor compartido, en tanto fraseo de un adentro que vaticina, como afirma Julio Ortega, “la historia de estos huesos del desierto, cuyo lenguaje roto debemos recomponer para entender nuestro propio lugar del presente”.

La gente de Candaya, entonces, reunió toda la obra de nuestra poeta y la hizo un hermoso tomo donde el crítico peruano desliza un estudio de los libros que lo contienen:

Cuerpo (1985), Ca(z)a (1990), Sentido aroma (1994), Inmóvil (1996), Páramo solo (1999), Un día más de lo invisible (2005), El eterno aprendiz (2006), Resplandor (2006), Las regiones del frío (2007) y Paréntesis del estupor (2009). Unos editados y otros inéditos, convertidos en cuerpo y alma en esta edición de la casa editora catalana.

 

2

El cuerpo castrado
(vagina que soy)

Palabra en cuclillas, mujer definitiva en la medida del dolor que la nombra. Así habla con el cuerpo María Auxiliadora Álvarez. Un cuerpo vive en otro, expulsable, tactable por mano ajena: la palabra avanza con el parto, con los dedos del médico que ausculta, entra y sale de ese cuerpo que grita, se queja, dice y silencia el tiempo de otro ser a la espera de la hora de respirar el aire que ahoga a quien lo contiene.

La poesía de María Auxiliadora Álvarez (1956) obedece a un discurso que se desgarra desde la carne misma del poema, porque ya la carne ha sido desnudada para saber de su adentro, del mundo habitado por la incomodidad. “Como vagina soy / como herida inteligente”. La paradoja del nacimiento, una cortadura invadida, un castigo”.

El poema se rechaza en el cuerpo: ser cuerpo de otro cuerpo para hacerse gemido, queja, rabia, reclamo: “usted nunca ha parido // no conoce / el filo de los machetes / no ha sentido / las culebras de río / nunca ha bailado / en un charco de sangre querida / doctor / no meta la mano tan adentro / que ahí tengo los machetes / que tengo una niña dormida / y usted nunca ha pasado / una noche en la culebra / usted no conoce el río”.

Al maltratarse desde la misma palabra, desde su caos, desde la voz que intenta consagrarse como víctima, el cuerpo crece, se hincha con la esperanza de expulsar el motivo del dolor: el cuerpo femenino cumple su cometido, se hace texto, poema, belleza en lo feo, desecho, sangre regada, pestilencia: la herida inteligente es una posición para expresar la degradación, el animal que chilla, vibra en un quirófano o durante el control mensual. La forma de decir en poesía deja de ser la misma de una generación con este libro. La autora, esta voz, este resoplido duro, sudado, habla, dialoga con el silencio que la toca, la penetra sin pudor, indolente, mientras la mirada de la mujer —la voz— se reconoce en cada sitio, cada objeto, cada instrumento clínico, cada jadeo de las otras parturientas: “salimos al pasillo / ubres aún inútiles / cerdas tranquilas”. El femenino ser/animal preñado es también una fisonomía persistente en su interior intelectual, pero agotado en el sangramiento de sus vísceras, de sus imágenes.

 

3

Parir es ser castrada. Una mujer es sólo útero en el momento del parto. Un cuerpo sucio sobre una mesa fría. Un cuerpo agónico, abierto por la hendija, por el “ojo directivo”, presto a vivir o morir, pero obligado a dar vida, a nacerse en el nuevo cuerpo. Cuerpo, publicado inicialmente en Caracas por Fundarte en 1985, es la palabra/mucosa, aliento entrecortado: el poema despojado de sonidos ajenos a la realidad que lo contiene.

La estructura del poema avizora el proceso del parto. Cada texto es una dilatación, hasta que llega el momento, el pujo, el grito, la salida: “procreo / en lugar seguro / segrego / el líquido adecuado / espero / las larvas / entre los cartílagos / de los toros tibios / deposito sus tendones / en la boca de mi hija / todos los mediodías / digieres / vértebra y vena / y te ríes...”.

El cuerpo nuevo, aireado, de otro cuerpo, o desde las vísceras de un cuerpo, víscera misma sobre una mesa. Sangre tibia que llora. Después no gime, es casa, boca en el pezón. Cuerpo para el cuerpo.

 

“Las nadas y las noches”, de María Auxiliadora Álvarez4

Castrado el cuerpo, el poema también se duele. Este poemario de María Auxiliadora Álvarez fue reeditado por la misma casa editora venezolana, conjuntamente con Ca(z)a en 1993. Ambos libros revelan la metáfora del dolor, la muerte, la cotidianidad amputada por el balbuceo, las ansias de seguir respirando, de estar sola, de alejarse del otro, “tanto deseo de muerte que le deseé”.

Los dos libros advierten de su vivencialidad. Son poemas nacidos de la verdad del cuerpo de adentro, del que vibra, y del de afuera, el que ama y reclama, el que habla: “Entonces uno le grita mi amor adentro. // Entonces uno se agacha delante de él / le muerde la última mano / y le desea la muerte”.

Textos rasgaduras, ambos libros, el primero: objeto de conjura; el segundo: el lugar de donde partió y partirá el origen del dolor, la cotidiana factura de lo nacido, amado, recordado en la adultez, la infancia sentida en una familia borrosamente advertida.

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Cuerpo yCa(z)a, la lectura de dos heridas, una de vida en la muerte, otra de muerte en la vida que no se muere, “Un rencor tranquilo”.

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Luis Alberto Crespo lo dice en el prólogo de Cuerpo: “la muerte en la vida, esa oración artaudiana, la muerte moral”. De Ca(z)a se afirma: “La vida en la muerte, la soledad que descansa la casa, la familia oscura, la memoria ardida, la vida moral”.

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Quien lee estos libros se descose. Duerme a sobresaltos, pare y habita una casa donde “el sonido de la muerte / es más alto”.

 

5

La herida inmóvil

El primer verso de Sentido aroma no abandona la castración de los dos libros anteriores: flor cortada. La poeta sigue aferrada a ese paisaje doloroso del cuerpo. La inmanencia de su tiempo la hace trascendente en la medida en que entra y sale de él (del cuerpo y del tiempo) llena de heridas.

flor cortada:

tu perfume duradero
¿es de ti?
¿o es de tu herida?

la memoria por venir
es una hoz en espiral
(...)

La herida tiene cuerpo en la sonoridad de la memoria, la que ha de venir, la que se espera. Más adelante, “un niño tiene / en los primeros labios / el silencio del día”. La maternidad. O la conjugación de un grupo familiar, equilibrista, forcejea con el vacío, con el todo en las alturas. El poema se eleva, respira el aliento superior, el divino, y baja hasta la herida, hasta la piel por donde emergió el “primer silencio del día”. La pérdida también aguza su presencia en el presentimiento. El aroma de la flor es la imagen que habrá de ser asumida como desolación. Y así, la voz, un susurro que haga de ese silencio un instante de ser: “Di tu nombre suavemente sobre el mío // y repítelo / cada noche / antes de cada canción / del sueño // de modo que mi nombre se vaya borrando / bajo el tuyo // y tu voz / sea el único // sonido de existir”. ¿El hijo? ¿El amor imborrable, intransferible? De este poema arribamos al otro: “La mano se cierra sobre la semilla: su única posesión // pero esa forma diminuta / no podrá crecer allí / será necesario / arrojarla / a la oscuridad / de la tierra / para que / solitaria / y deshecha // germine su vida”. ¿La existencia, la muerte, la eternidad, el siempre ser, la memoria? En fin, el desgarramiento. Y así, el dolor: “una niña adorna con tu cabeza // la pequeña flor muerta”. La herida abierta, aún abierta. El poema abierto, grieta que abre y cierra el mundo, la tierra. La familia y los hijos, esa instancia insegura, “porque las tardes oscuras / debilitan las voces”. Aquí, la lectura se duele de ella misma, en ella misma. Luego de escarceos con un aire pesado, queda una ventana: “oír / el silencio / de los pájaros / es / ahora / una / Ventana”.

La insistencia cuaja en estos tres libros, más Inmóvil, donde el tiempo, el que no se mueve de los ojos, el presente, activa la memoria del pasado y se hace texto, mesura de “la quietud”. La imagen, la detención, la piedra. Este libro piensa, es más reflexión que los tres anteriores, aunque sigue anclado en ellos: el poema es un continuum, un discurso apegado a la expresión de su propia rasgadura. He aquí, otra vez, la polarización, los extremos, las dos instancias del asunto poético: “dos sombras hablan muy bajo / para no escucharse // ¿quién recibe vida? / ¿quién recibe muerte? // dos sombras callan / y se separan / de la herida”. ¿Qué es la herida, quién es la herida? Ella, ¿un alguien que fue revisado interiormente, a quien le arrancaron carne y memoria? La herida, allí, en la vida y en el poema, inmóvil, viva y verbal.

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Desde aquí en adelante, desde Páramo solo, el poema sale a otro quicio: la intimidad familiar resuelve anidar en un paisaje reseco, frío, donde la madre activa su tránsito. ¿Sigue el tiempo de la eternidad en alguien cercano? Se lee: “si ella se pone en silencio / está esperando que le hablen”. Son seis poemas que se deshacen, se hacen uno. Siguen las dos caras: “y así queda un árbol muerto / entrelazado con uno vivo”. La vida y la muerte generan una sintaxis en la que un hombre es su circunstancia y sus adverbios, activos verbales, un instante. Su silencio, su soledad, la misma otra herida: “uno tiene de descanso / y otro tiene de perdón”.

 

6

De lo invisible, de lo eterno

Un texto de Un día más de lo invisible resume la existencia de este libro: “ve aquí / nuestro / silencio / en el frío // ve aquí / nuestra / soledad / entre las nubes // ve aquí / nuestra / hora // menos / duradera / que / las piedras”. ¿Qué tiempo le queda a esta voz para ser invisible en lo eterno? La poeta lo dice así: “inmenso es / en verdad / el poder / del Tiempo / y nadie / lo puede / conquistar // Y / sin embargo / hasta / el Tiempo / tiene / temor mortal / de la música / eterna”. De lo invisible, de lo eterno, el destino, la ausencia.

Otro de El eterno aprendiz precisa lo anterior: “La muerte borra los sobresaltos / no hay prisas / no hay esperas // palabras por guardar // La muerte borra lo escrito / seca lo húmedo / entibia lo frío // La muerte recoge la flor en el aire // y reúne sus pétalos / en una misma caída”.

 

7

Luz y frío: Paréntesis del estupor

La luz comienza en un ojo. El ojo mira, delinea. Descubre la luz. El poema es su luz, se personaliza, se hace cuerpo, voz, palabra, en Resplandor. Presencia de un alguien que viene de otros libros, solapado en lo “invisible” de otras voces.

Así:

tu ojo
señala
el ojo

donde nace el día

punto de luz
sobre luz...

(Punto de luz)

O:

...La mañana
tiene una sueva
luz
que se mueve
lentamente

Es mi padre
que quiere
hablarme

Ambos se resumen en la imagen que en otros libros ha sido afinque, insistencia:

“La gota / encuentra / en el agua // su vida // y su muerte”.

La figura del padre es ojo, pájaro, presencia invisible, vida y muerte. Luz y frío. La falta de casa, el vacío: “casa de nunca venir / ya no hay // no vendrán / los que murieron // no vendrán / los que vendrán // el vacío llama su costumbre. Poema fantasmal: los muertos son los mismos que José Barroeta diseminó en su paisaje seco, en la altura del poema.

Versos más largos, la poeta recupera el aliento. Las regiones del frío le permiten acomodarse frente al idioma, frente a una inflexión apegada a otras imágenes cuyo instante está en el libro anterior. La luz —ya deshecha— crea su final en una voz: “tal bóveda cayendo tal vendaval tal garganta gigantesca blandiendo su campana / Escupiendo incesante la hora final”. Este libro es el desgaste, la premura de la desaparición del verbo, de la carne, ¿la carne del viento? En todos los huesos de estas páginas sólo sentimos eso: la descomposición, la ruina, bajo tierra, cenizas... cuervos. La lectura se detiene en “Luz sobre el suelo”: como pasajeros borrables en la niebla interpretamos la imprecisión: / Oscuridad-por-venir // hasta que nos vemos resplandecer / Reflejados en diminutos millares de puntos de / luz sobre el suelo.

El último de los once libros de esta antología, Paréntesis del estupor, habla de los contrapuestos. Es decir, pese a mostrar ciertos rasgos que difieren de los anteriores, continúa las imágenes en las que se debaten la vida y la muerte. Se trata de abrir un espacio, otro, en el que el hueso, cercano al polvo, es un “acto cumplido”. La existencia y su última herida, que “se desplaza sobre sí misma”.

Con esta imagen cerramos esta lectura, este dolor de leer lo a veces ilegible:

“los pájaros de todos modos son criaturas precarias sus impulsos más temerarios sólo / satisfacen las necesidades más pequeñas de sus ojos de sus oídos de sus / pensamiento…”.

María Auxiliadora Álvarez está allí, en cada sitio del poema, en cada voz que inventa, que entraña en la nada y en la noche. La poeta caraqueña ha revisado todo, “eternamente”.