¿Comienza la casa a abrirse en la fruta soleada, en la carne purpurina de ese fino deseo oculto en el poemario de Jesús Alberto León, si es cierto que deja la “equívoca fauna de las profundidades” hacer el cuerpo y las ensoñaciones?
Jesús Alberto león, dueño y señor de Desvestiduras (Ediciones Conte/Textos, colección Plural, PEN Club de Venezuela, 1991), siempre ha estado en el lugar donde los ecos encuentran respuestas. Hacedor de historias en Apagados y violentos y en Otra memoria, nos entrega este libro de versos (conocidos muchos durante aquella larga travesía poética en la Sala de Solistas de Venezuela hace algunos años) en los que nos descubrimos en la soladicción de un discurso erótico tenue, delicado, parsimonioso, en el que el paisaje, ese recóndito paisaje desdibujado, es la fronda donde “alguien” es poseedora del “residuo inagotable/oscura miel”.
La casa, el lugar donde todo es posible, es el espacio poemático en el que el texto desarrolla —como una línea— el sudor de la vestidura, el chorro que impulsan los cuerpos y los abandona en la posesión entusiasta con el agua de bálsamo.
El despertar es el misterio:
Como no cierras bien
los ojos
cuando duermes
queda siempre
una tímida sonrisa ocular
una raya de olvido/
límite inexacto
entre el sueño y la incompleta vida,
Luego otra grieta:
Como no cierras bien
tus labios
queda
siempre
una luz reticente
trémula luz labial
apenas formulada,
Y de esas dos miradas, dos voces que se rozan, el último espacio:
Cuando despiertas luego
¿Te darás vuelta
envuelta
en pudor
o abrirás sin cautela
el esplendor?
En estos textos de León la aventura erótica lleva implícita la contemplación como parte del deseo místico, adorador del cuerpo, de la parte más inocente y culpable de la carne femenina.
2
En la danza el cuerpo es rozado, divinizado por la luz. Pero también los ojos revelan el tiempo y la mujer que hoy viaja con la niñez y las tristezas. Y la misma infancia perdida, desaparecida en el escondrijo del juego, en la intertextualidad de esa memoria restringida por la inocencia.
Una constante se anuda a estas páginas de Desvestiduras: la luz, signo inequívoco del momento que siempre será asombro, ceguera y placer. Finalmente, quitadora de la sed, cerca del aliento.
3
¿Quién es testigo del placer de otro sin sentir que por dentro del espectador también navegan los deseos y un abandono frío, mortal? “Sentíamos lástima / por quienes dicen que la carne es triste / de qué modo explicarles / cómo cantaban y refulgían nuestros cuerpos”. La fiesta de la cópula, pero más allá de eso, el valor incalculable de ese deseo como fundación, plenitud. Sólo haciendo de la muerte una vuelta de esquina.
4
La lectura de este delicado libro de Jesús Alberto León nos ancla en la hoja última donde la madrugada es un reconocimiento de sombras y siluetas, como si el cansancio no disipara la incesante quietud del abandono. La vejez en el espejo. ¿Cómo se ve la edad de madrugada en el cristal perdido? La ruina inicia sus labores en el sueño. Apagar la luz para que la muerte se aleje.
Sigue la casa entre viajes, silencios, paredes, acrobacias, ausencias, amagos, animales del sueño, pecados materiales, el oficio de aulas y paisajes, incertidumbres. Desvestiduras emerge como un libro en el que tenemos los únicos instantes, que son los de toda la vida, encerrados en la mirada y el deseo, la eternidad y el quebrantamiento del cuerpo, la otra eternidad.