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Diciembre, el mes de quien sigue cantando
Otilio, musicalmente Galíndez

Fotos: Tatiana Hernández / Alberto H. Cobo

Otilio Galíndez

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(También nacido en diciembre)

Persisto en la idea de que Otilio Galíndez vive ensimismado, porque la única manera de entender que ha dialogado con Dios está en lo que su espíritu produce, en lo que su numen revela a través de magias musicales y palabras.

Avivado por su talento, respiramos sorprendidos el vigor creativo de Otilio Galíndez, el del barrio yaritagüense donde el 13 de diciembre de 1935 viera la luz en medio de la algarabía navideña y la andariega precisión de su madre, de haberlo echado al mundo muy cerca de la fecha del nacimiento de aquel muchachito que todos los años nos mantiene pendientes de su llegada, allá en una pequeña aldea llamada Belén, rodeado de la humildad y las estrellas, de bueyes, jamelgos y camellos, campesinos y villancicos, de pastores borrachos que lo adoraron y dejaron la tradición en nosotros.

Entonces, Otilio, hijo de Rosa Felicita Gutiérrez de Galíndez, una mujer de esta tierra que a cada momento provoca pedirle la bendición, porque de alguna manera —gracias a su gracia tropical y cristiana y a la de su hijo por la estirpe de soñador— somos hijos de Rosa Felicita y hermanos de este muchachote, tan nuestro y tan querido llamado Otilio, que por nombre ha oído el susurro de los ángeles y nos lo ha traído a este lugar llamado tierra, donde hoy, precisamente, siempre celebramos felices.

Un hombre hijo de esta mujer tenía que nacer como es, musical, imaginativo, inteligente, amoroso, amigo de todos y propiedad de quienes afirmamos que Otilio es un patrimonio de nuestros afectos. Razón tiene el poeta Pedro Ruiz al decir de Rosa Felicita que “...sorprende la capacidad de recordar de Felicita, en cuya voz escuchamos canciones antiguas, que a su vez ella escuchó allá en su niñez pueblerina. Luego va hasta la máquina de coser y allí, junto al dedal, agujas y lazos de colores que teje para sus nietas, encontró versos escritos “en los momentos en que me llega algo”.

Claro, por eso sigue tejiendo —como Penélope— las canciones que él lleva bajo la camisa y entrega a quienes no dejarán de repetirse el privilegio de vivir.

Con una madre así, con esa heredad, quién no logra ser Otilio. Si es que la música le viene del vientre, de esa sagrada cosmogonía que fue habitación fundacional que celebramos con todas las ganas.

 

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(Sus canciones en muchas voces)

Hablar de Otilio es tan fácil que se nos hace un placer. Fácil por lo que tiene de espíritu, como una vez dije en mi pueblo de Guardatinajas, mientras Dámaso Figueredo y todas las calles del caserío lo celebraban y se entregaban enteramente, en ocasión de hacerle una fiesta a Otilio en pleno corazón de Guárico, mientras la luna veranera del llano caía sin permiso sobre nosotros. Y es cierto, Otilio es puro espíritu.

No hay otra manera de abordarlo. No podemos convertirnos en críticos, en impenitentes académicos para llegar a la conclusión de que este señor de Yaracuy es un músico e imaginero magnífico, extraordinario ser humano que llevamos con lujo en el corazón.

Y para no olvidar lo que ha hecho, este caballero de Yaritagua ha sido amado musicalmente por voces como las de Morella Muñoz, Soledad Bravo, Lilia Vera, Cecilia Todd, Esperanza Márquez, María Teresa Chacín, Simón Díaz, Henry Martínez, Jesús Sevillano, Pablo Milanés, Mercedes Sosa y todas las corales del mundo que en Venezuela cantan, porque sin temor a cometer un desliz, Otilio es nuestra navidad y nuestro año entero en las canciones que nos ha regalado.

 

Otilio Galíndez3
(Amigos por doquier)

Me felicito por estar entre los amigos de este creador, quien nos ha entregado, a Juan Carlos Núñez, Luis Ochoa, entre otros, todo el afecto para sentirnos orgullosos, así como a mis parientes calaboceños Miguel y Raúl Delgado Estévez, y a los siempre cordiales hermanos Naranjo, también de la yaracuyana tierra, de la hermosa villa de Guama.

Habitamos en plural las canciones de Otilio. ¿Quién no ha sentido que el mundo es mejor cuando escuchamos “Son chispitas”, “Caramba”, “Candelaria”, “Flor de mayo”, “Mi bella dama”? Y quién no ha visto con los ojos entrecerrados que existe un país donde los “Pueblos tristes” muestran sus más reveladoras miserias a través de un perro que nos enseña la presencia de Dios? ¿Quién no ha viajado con “Ahora”? ¿Quién no le cantado a los hijos “Mi tripón”? ¿Quién no ha sido feliz con Otilio?

La música de Otilio nos descubre, nos hace evidentes por lo complejo de su sencillez, por la poesía que contiene y seduce. La tierra y su gente, los pequeños milagros, la lluvia y el sol, los ríos y los pájaros que pueblan árboles gigantes, la mata frutal que revienta a diario en un patio, el niño que nos mira desde su inocencia y hambres, la muchacha que pila las ilusiones, el hombre bajo un sombrero y en cuyos ojos lleva a una dama. La dulzura de su trabajo artístico, sin dejar de lado el compromiso con él mismo y con su mundo, nos mantienen en constante avidez por saber qué otras creaciones nos entregará, porque este señor siempre está inventando, tanto es así que en este momento tiene entre las cejas el tempo y la armonía de una obra que está a punto de brotar en colores, alegrías, ensueños y pasiones, sólo posibles en alguien que jamás ha olvidado su origen.

Se marcha Otilio cargado de afectos, de amores regados por el mundo. Nos deja uno de los legados más hermosos que hombre alguno haya creado: sus canciones, su bondad, su inteligencia, sus bromas, su bohemia que tanto hicimos nuestra en su casa y en todas partes.

 

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(Presente siempre en nuestras casas)

(Hoy ausente, Otilio Galíndez sigue presente en las letras de sus canciones, en las canciones de su música, en las canciones de sus letras. Extraño este diciembre, como el anterior, sin su alegre manera de dirigir, de tocar el cuatro, de cantar los aguinaldos, de amistarse con la tradición navideña. Hace pocos meses nos dejó solos con todos los diciembres que faltan. Su armonía, sus composiciones corren por las calles, por las escuelas y barriadas. Por todas partes anda Otilio, alegre, vivo, dedicado a crear más canciones, más voces, más coros, más fiesta en el mes último de cada año).