Señor de la ternura

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Francisco Massiani

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En muchos lugares conocidos de su escritura Francisco Massiani forma parte de un tejido afectivo que se ha fortalecido con el tiempo. Si en otros el mar es presencia permanente, o algunas veces una ausencia sensible, el amar es un tema que pernocta en cada una de las líneas del escritor caraqueño. De esta manera, en todos los poemas de Francisco Massiani el lector se tropieza con el amor. O al revés, el amor se tropieza con el lector y se hace poema, libre, sin atajos, con una sencillez que conmueve y envuelve a quien ya no puede escapar de él —del amor y del poema. O para no ser tan restrictivos, la poesía de Francisco Massiani es una forma de hacer el amor desde el verbo con quien tiene la oportunidad de acceder a su poesía.

Para corroborar lo anterior, arriba airoso con Señor de la ternura (Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2007), donde dos libros viajan por los sentidos de un lector atrapado por la red sonora y amorosa de quien ha llegado a decir: “Una mujer enamorada camina de espalda / o no avanza simplemente / el sueño de amor se dado a caminar / tan lejos / que toca la distancia / la mujer permanece / en el mismo lugar / fija de dicha”. ¿Qué reproche podría existir en medio de una conmoción como la que traza “Pancho” Massiani en este poema inicial del primer libro que le da nombre al volumen, precisamente, Señor de la ternura? El segundo libro, Un acto de fe, con prólogo de Florencio Quintero, sigue la ruta del tema que nos ocupa. Desde estos versos en adelante Massiani respira con más hondura en una labor que deja ver su tradición narrativa, toda vez que son poemas que hablan, poemas que cuentan y en los que también sentimos una voz antaña, cercana a Manrique en tanto que roza el llamado amor cortés, pero del que se despega y nos hace cómplices de un amor menos subyugado, amor de ahora, urbano y contaminado por la ausencia, la lejanía o el monóxido de carbono de Caracas. Es decir, un amor real, placentero, alegre, donde la imposibilidad de realización romántica queda a un lado, o sufre la suerte de hacerse más placer que dolor. Por eso es un amor desinteresado, no de servicio.

 

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En estas líneas abrevamos en una poética que nos agrega como parte del contenido de esta impronta:

Para dar con el amor
es preciso conversar con el silencio.
Caminar sobre las palabras
con zapatillas de seda.
Trepar por los peldaños
del tiempo
y llegar hasta el final de la escalera
caer al abismo:
La arena más sólida y pura.

Sinuoso, por no decir riesgoso, el amor es un prestigio que afana. Queda hacerlo con mucho cuidado, volver al ars amandi de Ovidio sin que la libido se convierta en la conveniencia del hotel de turno. Más allá, el amor llega hasta el final de la escalera y cae con el amante al abismo. Allá abajo, la pureza, el amor mismo. Alma y cuerpo en grata levitación. En caída libre hasta la consumación.

No está de más decir que el amor en Massiani es un viaje, un retrato urbano y geográfico donde “Desde esta esquina he visto pasar a un caballero / de capa y espada abrazado a una puta. / Han entrado en un lugar húmedo y oscuro. / Se han sentado junto a los barriles de vino / y han pedido ajo y picadillo de hígado y / un platillo donde ya están hirviendo los pequeños / camarones”. Una entrada que nos es familiar. Es de aquellos tiempos la imagen que cobija a los amantes del pasado, pero lo es también la que nos cobija a los paseantes urbanos que solicitamos una habitación en cualquier hotel del mundo para dejar la marca de un amor pasajero o permanente. Este segmento del poema “Postales de Barcelona” vierte su fuerza en una historia bien “narrada” en el poema. De regresar a él, Francisco Massiani podría convertirlo en un cuento de época. Igual pasa en el poema “Lo irrecuperable o postal de una fiesta en un bosque de París”: “Yo sé que en aquel bosque / si una mujer y un hombre / se abrazan / y besan con vino la tierra / oirán otra vez la fiesta del Bois de Vincent”. Cada postal, cada ciudad, Cádiz, París o Caracas se desliza por la piel de los amantes y cuenta con una historia que se desplaza por los versos hablados, “conversacionales”, diría otros, de este poeta libre de ataduras, que sabe amar desde el poema y deja amar cerca y lejos del mar.

 

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Estos dos libros que habitan en Señor de la ternura, para cumplir con el cometido de ser afectivo, está dedicado a la hija de Pancha, Alejandra, pero casi todos los poemas están dedicados a los amigos y amigas de todos los días, los que forman parte de los sueños artísticos. Amigos vivos y muertos que suscitan con sus nombres una intimidad familiar.

En el prólogo de la antología Del dulce mal / Poesía amorosa de Venezuela, el compilador Harry Almela afirma que “El amor puede salvarnos de lo fútil y vano de la vida y de la voracidad del tiempo. Hay quienes aún creen en esa posibilidad. Por suerte, según otros, es un enfermedad que tiene remedio”. La certeza de esta afirmación nos lleva a la fuente viva de este texto de Massiani: “Nada que no venga del dolor / puede darse al miedo o a la ternura / nada / que mida mejor / el tiempo / que la desdicha // La ternura es la mirada de Dios”. He aquí que el autor define ternura: “Es la mirada de Dios”. De esta forma tiene remedio el amor, toda vez que Dios es el fundamento de todos los milagros. Un poco más atrás en el poemario, Pancho Massiani se mira en la hija, a quien le dice: “Que estás en la arena / en los caracoles de mar / en el mar / en el cielo cuando se despeja / y las estrellas se multiplican / y la luna es más entera. // Que estás en los ojos cuando me miran / y en la boca cuando yo te beso amor / No me dejes solo amor / y que siempre sea la dicha” (Amor nuestro). Este “padrenuestro” filial lo dice todo sobre la ternura.

Entonces, Señor de la ternura recoge todos los amores, que son la ternura hecha señor en la voz de este magnífico contador de cuentos y afectivísimo hacedor de poesía desde la más inocente y ajustada de las palabras.