“Silva a las desventuras en la zona sórdida”, de Harry AlmelaSilva a las desventuras en la zona sórdida

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En algún lugar de la desmemoria colectiva, Andrés Bello se pregunta con tropical insistencia: “¿Por qué ilusión funesta / aquellos que fortuna hizo señores / de tan dichosa tierra y pingüe y varia, / el cuidado abandonan / y a la fe mercenaria / las patrias heredades, / y en el ciego tumulto se aprisiona / a míseras ciudades, / de la ambición proterva / sopla la llama de civiles bandos, / o al patriotismo la desidia enerva..?”. En algún sitio del olvido han quedado estos sonidos, este instante cuando el viejo autor, derrotado por tanto ruido, se marchó a otros espacios geográficos.

Silva a la agricultura de la zona tórrida no sólo es un canto a los dones de la tierra, a la flora y a la fauna, sino al hombre que vivía con ellas. Es un canto donde “la lisonja seductora” es también parte de un “ruinoso juego”. Es decir, este largo poema es una indagatoria, un inventario de conductas donde un verso habla “del engreído mando en la tribuna”. También es un poema político, un poema que revisa el discurso de quienes se han apoderado de la tierra, de quienes la llenaron de vicios, de quienes han hecho de ella recargo ideológico, falaz imagen de sus intereses.

En homenaje a quien se negó a regresar a su tierra, el poeta Harry Almela escribió el poemario Silva a las desventuras en la zona sórdida (Ediciones Estival, Maracay 2012), donde dialoga con Bello y desentraña el “paraíso perdido” que significó la imagen de esa tierra desde la infancia y desde la edad otra de quienes aún creen que vivimos en el Edén. El juego con el título del antiguo poema desnuda el presente, le quita la piel a la “agricultura” y a una región que fue tórrida, como tórrida fue la relación que fue un día y hoy es sórdida licencia del “brillar en torno aceros homicidas”.

 

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Tres geografías contiene este libro de Harry Almela: Mientras crece el semeruco, Postales y Silva a las desventuras en la zona sórdida. Tres tópicos que recogen tres libros donde el autor se somete al texto de Bello y viaja con él por distintos sitios donde verbaliza distintas desventuras.

El tercer título, el que hace maromas con el de Andrés Bello, elabora una poética en la que el tiempo del viejo maestro se estaciona en el texto de Almela: allí se fijan el clima y los colores, metáforas y distancias. El autor recoge aromas de matas: nombra el cadillo, el culantro, la pira y el mastranto de memoria. El paisaje adquiere instantes de añoradas costumbres y disloca perspectivas, como si un túnel del tiempo trasladara objetos de un lugar a otro. La nostalgia también viaja en este desvelo poético: “Ya no hay bicicletas, / ni sillas de madera recostadas / en las puertas de las casas, / sosteniendo voces que murmuran / cosas de otra edad”. Pero antes, al comienzo, el saludo clásico, la entrada que da pie para, desde un yo renuente, preguntarse: “¿Cómo puede un frágil recuerdo / ascender hasta el poema?”. La teoría emplaza la osadía: la realidad se hace palabra. Un ruido confuso se convierte en música. Y luego: “¿De cuál ciénaga estéril / intenta retornar ese chubasco, / ese aroma de hierba ensangrentada?”. También: “¿Puede la palabra / profanar el sosiego, / la presencia?”. Bello hace silencio. El diálogo inconcluso destaca más adelante la angustia de quien escribe con la intención de saber de los hechos que éste hoy sufre con la falsa máscara del pasado: “La lengua de pensar / y de explicar / se destroza / bajo los cascos hirsutos / que han regresado / a devorarnos”. “La desventurada zona” es este tiempo verbal con trozos de imágenes en las que Bello ambulaba haciéndose preguntas. Así, para rematar, el poeta Almela hunde la daga en la antigua desazón de nuestras miserias: “Salve desventurada zona / de aquello de lo que somos / hijos y padres, / y que anhela contar / su leyenda, / sabiendo, en todo caso, / que nada vale la pena. // Ni el silencio”. Con razón la voz de Bello en el epígrafe nos conmina a vernos a los ojos: “No te detenga, ¡oh Diosa! / esta región de luz y de miseria”.

 

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Mientras florece el semeruco es el yo actual, presente del autor. En estos poemas Harry Almela regresa a la visión de un hoy desde el cual invoca al viejo maestro, pero más, pide a la poesía que no lo salve de nada, y “Abandóname desnudo a la intemperie”. Esta exigencia es una justificación para confirmarse parte de la gramática de su existencia en la “desventurada zona” de estos días: “Vivo en una calle llena de mendigos, / en una ciudad de árboles que arden tercamente / bajo el Sol detenido del verano”. Y así hasta el fondo del poema donde “la vida continúa, inocente, desde su precipicio”. A cierta hora el odio se concentra, se hace ingrediente del pesimismo: “Esta parece, al fin, / la hora de la bestia”. Se trata de un sujeto, de un “hombre que ahora escribe / se debate solo / entre la tempestad y la niebla”. Los poemas de este periplo hincan la piel. Y a sabiendas de esta afirmación, Almela se vale de Fito Páez y Joaquín Sabina para darse un paseo por el mundo, y seguro se sentía extraño como aquellos forasteros de la Venezuela de 1810 que don Andrés Bello destacó en su Calendario Manual y Guía Universal. La infancia se detiene en una ventana y desde allí es junio y las guerras interiores. Y así: “El gato traslúcido / se asoma en la ventana / y modula su maullido eterno”. El exilio voluntario, a la sazón para descubrir el otro yo del naufragio, se hace dolor en medio de todos los sueños. Por eso, “El mundo y yo no lo tenemos fácil”. La poesía también se exilia, se muda, se arranca la piel: la zona sórdida se siente de esta manera: “Los amigos se han hundido / en el fondo de su plato sombrío. // He visto sus mariposas negras / aletear dulcemente en mi almohada // (...) los que se han ido / cada vez están más solos”. El poema se alarga como un animal eléctrico. Canta y calla. Se mueve y se detiene. El yo se hace muchos y desaparece. Y una parábola lo destaca: “Mientras tú y yo nos malgastamos / en varios intentos por componer / lo que Dios ha abandonado. // Mientras tú y yo nos consumimos / frente a una taza de café caliente...”, hasta advertirnos parte de “los daños colaterales” que orillan el poema, que son la realidad de otro texto. Hasta la consigna que sacó a la muerte del juego político, mas no del colectivo ciudadano.

Postales dice países y ciudades que el ojo del poeta ha visto o ha advertido desde sus desgracias, calamidades o frágil felicidad. Desde Haití, pasando por Praga, Ocumare de la Costa, Florencia o Cubagua, la voz de Almela no deja de revisar y decir del horario de sus desdenes y alcances. Deja al final el pueblo donde respira y se ahoga a las orillas de un lago que hoy es un terrible atentado, “Este poema no quiere ser feliz. // Solo desea levantar la muralla / contra el mundo atroz que lo alimenta. // Ya no hay Arcadia azul, / ni esponja dormida. / Solo humo y cadáveres (...) Desde aquí escribirás a tu demonio / al linaje vehemente que desgasta, / al sueño de panal que te devora” (...).

Al cierre, el poeta teoriza, lo hace en prosa para precisar el país que lo escribe y donde escribe. Desde Vuelta a la patria hasta Mi padre el inmigrante, Rafael Cadenas y muchas sensaciones, el poeta Almela vertebra esta intensidad titulada Silva a las desventuras en la zona sórdida.