La memoria es casi sepia. Gris también por la mucha tierra que ha pasado ante los ojos, por el tantísimo polvo acumulado en los párpados. La memoria se borra y regresa, como las mareas.
Bajo un merey están reunidos. Es tiempo desértico, tiempo de terredad, de cielos agresivos y oleadas de calor incesantes. Bajo la sombra del árbol esmirriado se ven los rostros de quienes hacían de la hora una fiesta, un estado del alma en pleno Llano.
La memoria alboroza el recuerdo. Lo trae intacto, casi ileso de los baches que en el camino halla. Y se queda para descubrir las miradas que desde la fotografía irradian un discurso también borroso, liviano por el tiempo. Allí están Efraín Hurtado en espíritu, Rubén Páez, Avelarda Viso de Venturini, Sara y Edgar Ceballos, Álvaro Hernández y Vilma de Hernández, Argelia de García, José Ramón Ascanio, Monseñor Helímenas Rojas Paredes, Freddy Núñez y María de Jesús Delgado, así como Santiago Clavel y María Luisa de Clavel, José Antonio Silva y Marcola. Era para la mayoría de los nombrados la primera reunión de junta directiva el 25 de junio de 1982, en el Salón del Trono del Palacio Arzobispal.
Ya habían pasado por aquí, como quien lleva el paisaje en la sangre, Salvador Garmendia, Luis Alberto Crespo, Alberto Patiño, Pedro Paraima, Francisco Tamayo, Juan Sánchez Peláez, Antonio Estévez, el Chino Valera Mora, entre tantos otros que no logro fijar porque escribo de memoria. Imagino fuera del encuadre a José Antonio Silva, quien —imagino otra vez— mira con los ojos que tiene el universo plano de Mapurite. Eran tiempos de una felicidad que navegaba y encontraba puerto en las palabras y silencios de quienes construían la amistad, la poesía y la narrativa del país.
Los extremos de la fotografía están gastados, doblados por los días de uso y huellas digitales que aposentan la nostalgia sobre las miradas de los que lucen juventud y ganas de hacer un país en el que siempre se está comenzando.
Entonces, habría que regresar sobre las agujas del reloj a las palabras de Efraín Hurtado para saber de aquel Manifiesto de Guardatinajas, donde también se movía Garmendia, Rubén, hasta que un día, pocos años después, Efraín ya ausente, Luis Morales Bance sugirió la posibilidad de la creación del Ateneo de Calabozo “Francisco Lazo Martí”. Y así fue a comienzos de la década de los ochenta, hace tres décadas. Ya vendrían otras luchas, otros esfuerzos, persecuciones y hasta carcelazos que llegaron hasta las orillas del río Tiznados. No por mampuesto, porque el sueño de un Ateneo en Guardatinajas formaba parte de aquel de Efraín y sus compañeros de travesía.
En la instalación estaban Luis Pastori, José Ramón Medina, Eduardo Casanova, Luis Morales Bance, quien ese día estrenaría su trabajo orquestal “Berruecos”. También Illia Rivas de Pacheco, presidente de la Asociación de Ateneos de Venezuela, entre otros.
2
Tomo de nuevo la imagen y me detengo en una calle por la que habría de pasar, ya habitante del océano cósmico, nuestro querido Efraín. Y veo, en su silueta una suerte de luz envolvente. Desde la matriz de la Catedral de Calabozo emerge una música que se me antoja entre litúrgica y quirpa, entre escampo y verano sabanero. Entonces lo veo mejor, un poco cojo, de baja estatura, con la mirada aguda y un ojo más avizor que el otro. Soñaba para su Villa de Todos los Santos un lugar donde establecer la majestad de la belleza y la amistad. Y entonces, digo, me imagino. Aclaro, no soy historiador, invencionero sí, como Denzil Romero y como todos los contadores de cuentos de estos pueblos de donde provengo: No tengo ánimo científico ni técnico para acercarme a lo acontecido. Por eso me hago de la licencia de decir que ese grupo de personas que he nombrado creó, y que me perdonen los que he dejado en el olvido, inventó, soñó, recreó el vetusto Ateneo de Calabozo, cuyo corazón sigue latiendo —pese a la estupidez de la actual realidad— en las manos de los calaboceños, en las manos de Guárico, en las manos de todo el país. Pero más allá de los nombres conocidos están los de aquellos anónimos que siempre han apoyado el trabajo tesonero de hombres y mujeres de estas calles viejas y calientes de Calabozo. Hombres y mujeres que continúan en las páginas de nuestros poetas y narradores, que se ven en los versos de Pancho Lazo, en los poemas de Efraín, en los de Ángel Eduardo Acevedo y Luis Alberto Crespo, en las imágenes del poeta Arístides Parra, en los viajes míticos y terrenales de Ángel Bernardo Viso. En Luis Barrios Cruz y su “Poema del poema no escrito aún”. En Alfredo Coronil Hartmann-Viso. En Mercedes Ascanio. En Arnaldo Acosta Bello. En José León Tapia. En poetas y narradores, magos y atrabiliarios de nuestra imaginería local y nacional. Y así, hasta los nuevos nombres que hoy respiran en este mapa, fuera de la foto pero presentes en los extremos del recuerdo.
3
Bien vale decir que la música ha andado en sus predios y con las suelas de los pasos cerca del Ateneo en estos 30 años: Antonio Estévez y sus sobrinos Miguel y Raúl Delgado Estévez. Los hermanos Naranjo, Solistas de Venezuela, Norma Herrera, Otilio Galíndez, las voces polifónicas provenientes de varias ciudades como Maracay, Barquisimeto, Caracas, Valencia, quienes han celebrado el trabajo de este milagro que aún palpita pese a los golpes bajos de todos los gobiernos, sin excepción.
Fotógrafos, pintores, bailarines, jugueteros, voladores de papagayo, gurrufieros, artesanos, enamorados y aventureros con alas, como el personaje de García Márquez, han pasado por esta tierra donde Humboldt dejó asiento, bien dicho por nuestro recordado Lucas Guillermo Castillo Lara luego de aquella maravilla titulada “Villa de Todos los Santos de Calabozo: el derecho de existir bajo el sol”, en el recuerdo también de Carlos del Pozo, inventor, mago y revelador de misterios de aquel antiguo pueblo que aún se mueve en nuestros adentros.
4
Una de las perlas del Ateneo ha sido la Bienal Literaria que ha contado con una gran cantidad de poetas y narradores como jurados calificados. Y así algunos de los ganadores: Salvador Tenreiro, Gabriel Jiménez Emán, Freddy Hernández Álvarez, Carlos Rodríguez Ferrara, Naudy Lucena, Harry Almela, Jesús Morín, Belén Ojeda, entre los que recuerdo en poesía con el respaldo vigoroso de Pancho Lazo Martí. Y en narrativa con el apoyo irrestricto de don Daniel Mendoza.
Ha sido entonces una bella aventura.
Un instante largo de treinta años que no queremos que termine. Que no queremos que ciertas fuerzas oscuras nos arrebaten. Han sido tres décadas de luchas, de logros, intentos y fracasos, pero ha sido nuestro Ateneo, nuestra insignia cultural. Nuestro sueño, una crónica visible, hecha para que los calaboceños nos sigamos viendo en él.
5
Reviso la fotografía. Siento el sopor del clima. Siento el olor que emerge de la sabana. Me identifico en el bufido de un potro. Percibo el aroma de la carne asada y el bullicio de la espuma de la cerveza. La hora y el viento. Aquellos días de primeros sueños, de idas y venidas. De inventos. De fantasías y realidades. De golpes y sacudones. De estrategias. Pero sobre todo de poesía, de lecturas, de amores compartidos, de silencios y bullicios. De retornos, como el que nos exige Lazo Martí.
Sepia es la memoria.
Quiero decirlo con Castillo Lara, por la belleza de su pronunciación:
“Venía la noche y nacían las estrellas. Venía el alba y todo era sol. Pero todos se preparaban para una mañana. Alba y noche. Estrella y Sol. El Polvo era igual en las pisadas, como era igual el cansancio de los cuerpos derrumbados. Todo pasaba y repasaba, hasta que llegó el momento…”. Era el día de la fundación de Calabozo, el 1 de febrero de 1724. Y también un día parecido el de la fundación del Ateneo de la Villa de Todos los Santos de Calabozo, hace 30 años.
La foto brilla bajo el sol.
Las caras se vuelven hacia quien la revisa. Habrá que escanearla y colocarla en todas la manos. O enviarla por Internet a todos los rincones del planeta.
He allí la foto, he allí aquel día.
(Texto leído en el Encuentro de Cronistas e Historiadores celebrado en Calabozo el 15 y 16 de septiembre de 2012)