“Los misterios de La Habana”, de Zoé ValdésLos misterios de La Habana

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Si el tradicionalismo no es más que una nostalgia, como dice Jorge Mañach, los locos de la revolución cubana forman parte de esa cosmovisión donde no falla el análisis sociológico, tan de moda otra vez. Sí, se trata de los locos, no de desviados o trotamundos: locos de remate, alucinados por la pérdida del pasado.

Zoé Valdés, quien también se pasea por la crónica con mucha gracia y desparpajo, ha publicado Los misterios de La Habana, Editorial Planeta, Barcelona, España, 2003, por donde se caminan y corren personajes no tan cuerdos, hijos de esa miseria que aún perturba y quita el sueño a muchos intelectuales y militantes de este trópico caribe, tan lleno de resacas y dolores de cabeza.

Toda revolución engendra locos, dementes, adivinos, Mesías, salvadores, pero sobre todo, locos. En la obra de Valdés los reconocemos y los disfrutamos como si se trataran de cucuruchos de maní o de un mambo de Pérez Prado.

 

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En este libro no dejan de salir muchos de quienes, insertados en la revolución de los Castro, han mostrado detalles de sus locuras. Al parecer, el manicomio que es esa isla no permite secretos, porque la señora Valdés los expuso casi todos en este sabroso libro de crónicas. Por ejemplo, los hermanos Loynaz, poetas y extraños todos, nos brindan a través de la conocida novelista sus deliciosos perfiles: Flor, quien le escribía poemas a su Fiat de 1930, como si se tratara de un amor irrefrenable: “Alma que de manera involuntaria / A la par que hierro se ha forjado: / el alma de un titán encadenado / grande y sumisa está en tu maquinaria”.

Y no era humorista. El tercero de los hermanos Loynaz, Carlos Manuel, a veces detestaba los poemas que había escrito, sintió asco por el sexo y comenzó a odiar el ladrido de los perros. Esto le permitió descubrir que se encontraba en el mundo de los muertos. No sabemos si esa metáfora demencial tiene que ver con la realidad de ese país, donde el “patria o muerte” ha encontrado solidaridad en los cementerios. El segundo de la prole Loynaz, Enrique, le tenía miedo al sol. Sólo vivía de noche, cuando salía de la casa y se acercaba al mar y a ciertas calles. Suerte de vampiro antillano, hasta que lo sorprendió el astro rey frente a una ventana. De eso han quedado unos poemas sueltos. Y para rematar, Dulce, la más conocida: se carteaba con la joven Valdés, antes de que ésta se fuera a París. Dulce era capaz de espantar y disuadir a los tantos ladrones (apoyados por la revolución) que se le metían en la casa para robarle sus adornos e invadir su propiedad. Cosas, ¿no?

 

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Claro, los anteriores son locos finos, cultos. Los más odiados por la nomenclatura, más allá de que sean celebrados como poetas o “jala levas”. Los más visibles, los de la calle, los rumberos, los que se evaden a través de la esquizofrenia, la avasallante discrecionalidad de la ironía. Una loca, “La China”, era capaz de nombrarle la madre a Fidel. Pero como era la loca de todos, la dejaban. Un día, luego de años de insultos callejeros, alguien se la llevó a casa, la bañó, la vistió, la perfumó. En la mañana cuando fue a despertarla con un café no estaba. Se había desaparecido, como llegó, pero bien apertrechada, lista para continuar con sus labores. Seguramente, con ese ajuar, el G2 la habría llevado a dar una vuelta. El caso del boxeador que fue noqueado por Kid Chocolate, quien no admitía que le dijeran la verdad. Pero un día a alguien se le ocurrió decir que él era mejor que el Kid. Entonces, el personaje se quebró y defendió con ganas a su noqueador. “¡Kid Chocolate es lo más grande que ha parido este planeta! ¡Y al que no le guste que se la meta!”.

 

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Queda “El equilibrista de los latones”, el más loco, pero también el más cubano. Igual, “La marquesa de Tencent”, quien no perdía la oportunidad de alabar el pasado, los grandes centros comerciales, mientras la ruina crecía entre los jóvenes como un cáncer. “Los chistes de Pepito”, el Jaimito venezolano, quien no dejaba ocasión de mostrar el carácter creativo de los cubanos. Se burla de todo el mundo, sin excluir a los dueños de la Patria.

Y así... Una cosa para celebrar: los locos no son fusilados porque habría que purgar el gobierno. ¿Cuántos locos serán mañana parte de nuestra literatura endógena? ¿Cuántos de los que gritan, mandan y pontifican hoy serán mañana parte de este cuadro triste y patético que nos muestra Zoé Valdés? Ya veremos. Con nostalgia y todo.