Tío Tigre y Tío Conejo
Tío Tigre y Tío Conejo en un sello postal venezolano emitido en 1997.

La triste y cándida historia de Tío Tigre y Tío Conejo

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Con su temible y triste Espada de Damocles, el pobre Tío Tigre apunta sus limitados ingenios hacia la precoz inteligencia del extinto Tío Conejo. Que si le dieron con dos piedras en sálveme usted el lugar; que si le quemó las posaderas esperando la respuesta del angustiado Antonio Arráiz, quien revuelve su urna buscando otras historias para ser dictadas o contadas al miserable gañán engañado; que si Tío Tigre, perseguido por la astucia de ese bribón orejudo, corrió a los brazos tentaculares de un tal Tío Pulpo, para después ser ahorcado al amanecer, como acostumbran en Irán. Cosas que tejen los abuelos de uno para después reírse desde sus tumbas de las locuras de sus olvidados nietos. Así que Tío Tigre siempre lleva las de perder porque el bendito conejo se las sabe todas. Pero el pobre, el cándido Tío Conejo, ha muerto. Murió de difteria, confundida con disentería. Véanle esa boca roja; véanle esas encías carcomidas y sus pobres excrementos regados cerca de Güere, por donde anduvo el antiguo asaltante de caminos Zárate.

 

2

No obstante, ellos, los dos tíos, se aman, cordializan y se abrazan en medio del velorio de Tío Mapurite. A una pregunta de alguien muy curioso, Tía Mapurita, viuda del Apestoso Inquisidor muerto, respondió: “Es lamentable que un olor malo se vaya de nuestro bosque. Muchos tíos quieren y desean nuestra muerte, pero el día que muramos dejaremos una hedentina en un frasco de Bay-Rum para que nadie pueda soportar la existencia. Además, para que no nos olviden. Unos correrán a refugiarse en el tierno corazón de Tío Conejo, que en paz descanse; otros lo harán a pedirle piedad al cariacontecido Tío Tigre, que estará luchando a brazo partido con un grupo de garrapatas ubicadas en la pata de la oreja izquierda. Nosotros sabemos de hedentinas y en eso nadie nos gana, pues ni burro muerto, que le pregunten a Tío Cochino, administrador de rentas chicharroneras de Campo Carabobo, con aspiraciones de abrir oficinas nuevas en Caracas, Tinaquillo y Nueva York. Mi pobre esposo mío, pobre Tío Mapurite, por gracia divina, deberá ser llevado a los cielos en el avión de Tío Pérez Jiménez, anclado en el Museo Aeronáutico de Maracay, para más señas”, terminó la pobre. Mientras Tío Mapurite, ya cadáver, luchaba en sarcófago por soltar uno de esos rompegrupos. Pero nada, no podía. Y no pudo.

 

3

Cada tío huye de la pregunta. Tío Cachicamo se esconde bajo las faldas de la conchuda Tía Cachicama, quien se comía un merecure con mantequilla de matapalo; Tío Morrocoy se fue al correo a buscar las cartas, pues él las entrega casa por casa, por la rapidez que la caracteriza. Tío Pollino, muy orondo, se fue a hacer campaña electoral con unos borricos de cascos especiales; Tío Zorro se metió a abogado y abrió una averiguación de nudo hecho a Tío Bagre, por chismoso e irresponsable en sus principios humorísticos. Esta ley, no sabemos cuál, aparece en la sagrada Constitución Irracional de los Animales Terráqueos. A tanto dar, Tío Bachaco sabe quiénes fueron los asesinos (¿de quién?), lo único que falta saber es quién es el muerto. Tío Venado dijo que él no tenía nada que ver con ese escandaloso caso y que él le estaba dando de comer a su venadita en el momento de la plomazón, y que él no era tan venado como para quedarse con la boca abierta, como Tío Caimán, tan abusador con sus mal aliento. Tío zancudo picó y se extendió a dormir su rasca de sangre, pero que él no había oído los tiros porque es sordo, además no chupa sangre de muertos abaleados, porque es alérgico a la pólvora. Tío Ratón expuso su chiste y dijo que estaba muy ocupado en eso de los quesos que andan por allí de lado y lado. Sin alusiones de ninguna índole. Tío Zamuro olió y buscó en el basurero de un señor de amplia sonrisa forzada y alegó que él no sabía nada de tiros porque él es muy honorable para estar metido en pleitos de muchachos y vagabundos sin oficio, porque hay algunos que tienen oficio y son vagabundos que los primeros. Vaya la aclaratoria, por si acaso. Tío Becerro se pegó de la teta de su mamá, que no era su tía, y empezó a llamar por teléfono al Instituto de Nutrición vacuna para que le trajeran su vaso casi diario de leche, porque hacía más de un año que no se lo suministraban, aunque él lo había olvidado y ya no era tan becerro. Y así todos huyeron de la pregunta por la tangente y por la solitaria avenida de no sabemos qué pueblo. Nadie quiso responder. Todos se hicieron los locos.

 

4

Todos sabían que Tío Tigre y Tío Conejo iban a fumar la Gran Pipa de la Paz, pero ninguno sabía qué paz era esa. Así que en el periódico de Tío Piquijuye no salió nada ese día porque había mucha propaganda y publicidad comercial. Pero el velorio de Tío Mapurite seguía en pie, con lloradera y todo. Tan ecuánime estuvo todo que contrataron los servicios de unos Lloradores, esos especializados en derramar muchas lágrimas y cobrar en dólares. Eso está de moda otra vez, como las antiguas plañideras de los pueblos españoles, italianos, griegos y venezolanos.

Mientras tanto, Tío Tigre imaginaba caerle a puños a Tío Conejo, y Tío Conejo se moría de la risa esperando la fotografía de Tío Cocuyo, quien lo retrató con los ojos volteados, mientras miraba hacia el infinito cielo. La muerte de Tío Conejo no se hizo esperar y enlutó a todo aquel país lejano en la memora colectiva e individual. No se sabe, a todas estas, quién fue el autor intelectual ni el autor material. Lo que sí se sabe es que hay un autor criminal y hasta pasional que escribió un libro para curar las gusaneras de Tío Gato que, por cierto, no osaba botas.

Por allí apareció Tío Caimán y fue el único en expresar su declaración: “Mira, chico, yo lo que creo es que esta vaina está muy enredada, y todos saben y se hacen los gafos, como el tuerto de la esquina que vio todo con un solo ojo, pero él dice aún que ahora es ciego como una tumba vacía; nadie sabe quién mató a Tío Conejo. Eso es secreto sumarial, y tú sabes que yo fui juez cuando los tiempos de Tío Garrapato, pero hoy muerdo duro. Pregúntele a Tío Rabipelado por qué se murió. Él debe saber algo. Tío Mapurite, aunque dicen que ya resucitó gracias a una brujería que le echó Tía Lombriz. Esos son rumores, de todas maneras la Justicia es Justicia y lo aclara todo, aunque yo veo todo esto más enredado que un cuento chino. Bueno, más enredado que Tío Gato en el chinchorro de Tío Cangrejo”.

El entrevistador se fue mirando su libretica de apuntes, a ver si sacaba alguna sabia conclusión.

(Este relato un tanto desquiciado fue publicado en el diario El Imparcial de Maracay el día miércoles 8 de noviembre de 1978).