La primera vez que lo vi parecíamos alumnos primariosos en el primer día de
clases, con cara de extraviados y sin comprender realmente qué es lo que estaba
sucediendo. Ambos habíamos llegado temprano e intercambiamos saludos amables
pero breves, casi como reconociendo el terreno, repitiendo una ceremonia que
todos hemos realizamos en algún momento, al llegar al aula del colegio, la
academia o la universidad, para comenzar un nuevo curso.
Era un hombre pausado. Con una sonrisa amable que se dibujaba sin dificultad
en medio de una espesa barba cuyas canas le agregaban tiempos a sus cuarenta y
nueve años; sin embargo, el trato afectuoso, el gesto dócil, la mirada cargada
con la extraña inocencia de los hombres maduros, y una disposición a prueba de
las termitas del desánimo, lo hacían el más joven de todos nosotros.
Si yo estaba en ese salón, forzado por los requerimientos burocráticos,
siguiéndole la pista al título que demostrara que soy profesor desde los
veinte años; él se encontraba allí, con una energía y una felicidad que en
ocasiones me abrumaban, persiguiendo un cartón que le facilitara su ingreso al
mercado norteamericano como docente, dejando de lado más de veinticinco años
de experiencia como ingeniero geólogo.
Su esposa, Cecilia, había decidido, tras una muy reconocida carrera como
periodista en diversos medios de comunicación locales, marchar a los Estados
Unidos a seguir estudios de postgrado con la intención de darle un nuevo
impulso y una mayor proyección a su carrera. Así como Cecilia dejó todo en
los ochentas y acompañó a Jorge cuando se fue a trabajar a Chile, esta vez,
recíproco y equitativo, el esposo abandonaba la posibilidad de un magnífico
contrato en el Perú para acompañar a la mujer en sus propios sueños.
Objetivo, como buen científico que era, supo rápidamente que no tendría mucho
trabajo minero en Miami, así que decidió darle un golpe al timón y retomar su
vieja y relegada pasión por la docencia. Bilingüe, geólogo experimentado y
con un cartón de profesor, sabía que las puertas de las universidades
americanas cederían sin demasiada presión.
Y allí estábamos en la universidad, con más estupor que convencimiento,
viendo la tonelada de materiales que nos fueron repartidos para que los
trabajáramos en el transcurso del semestre. Junto a nosotros, compañero suyo
de los tiempos del seminario, estaba ya, José, el hermano recoletano con el que
terminamos conformando el triunvirato más extraño que pudiéramos haber
imaginado.
Si en las primeras semanas cada cual se lanzó a tratar de resolver los
interminables cuestionarios por cuenta propia, sólo cuando vimos que la meta
era inalcanzable y que el secreto estaba en reunir fuerzas y trabajar juntos,
tomamos la decisión de formar un grupo de estudios como la única manera de
sobrevivir en medio de la teoría de la educación, las cien estrategias
didácticas, las novecientas metodologías educativas y las tres mil corrientes
educacionales que ha desarrollado la psicología en los últimos cincuenta
años.
Todas las reuniones eran realmente graciosas; formábamos un grupo variopinto
el geólogo ecuménico y estudioso, el hermano criollo y liberal, y el hereje
relajado e insalvable al que prometían volver al redil antes de las próximas
navidades. Si algo guardo con infinito aprecio, es la gentil tolerancia de esas
conversaciones interminables donde cada cual, sin ningún complejo, exponía
libremente todas las razones de sus creencias, sus negaciones, sus dudas y sus
certezas.
Así, leyendo y releyendo, discutiendo y revisando, agobiando libros y
documentos, exprimiendo hasta lo imposible las posibilidades de Internet,
debatiendo, coincidiendo y discrepando, le fuimos dando forma a los trabajos
finales con los cuales, modestia aparte, dimos cátedra.
El motor de todas las reuniones era Jorge, siempre puntual, siempre con la
tarea realizada, listo para el próximo trabajo, apurando nuestras calmas
monacales y sanchopancescas, proponiendo ideas, dando soluciones, con el trabajo
más avanzado que cualquiera, con la desesperación del colegial que hace el
último esfuerzo antes de fin de año, con la tesis planteada y lista para
hacerse cuerpo en cualquier momento, ganándole tiempo al tiempo, peleándose
afectuosamente con el reloj y con el calendario, contando los días para la
partida, alistándose para empezar de nuevo, otra vez, tercamente, casi con
cinco décadas encima pero con la ilusión del adolescente que va a empezar su
primer trabajo, terco, comprometido, incansable, allí estaba Jorge,
diciéndonos vamos muchachos, falta poco, se acaba este ciclo, empieza el otro y
listo, presentamos las tesis y se acabó la tortura, no hay que aflojar, no hay
dejarse ganar, somos imbatibles...
Y lo fuimos, tuvimos de las mejores notas, nos felicitaron y experimentamos
de nuevo ese gusto juvenil por el trabajo bien hecho; esa sensación que, como
profesores, ya no sentimos de la misma manera.
El viernes 18 de julio, terminado el ciclo, superados los contratiempos,
felices de la vida, nos reunimos a celebrar. Devoramos un chifa que él
conocía, allá en La Molina, por la universidad, allá voy siempre con la
familia. Conversamos mucho. Había llegado unos días antes de las serranías de
Ayacucho, el rincón de los muertos, la ciudad de las iglesias, el lugar donde
las bandas asesinas de Abimael Guzmán sembraron el terror y la muerte en la
década de los ochenta.
¿Y cómo anda todo por allá? Bien, bien, tranquilo, donde estamos nosotros
no llega ni el diablo, a varios miles de metros de altura y a muchos kilómetros
de distancia de cualquier poblado. Lo había contratado la minera Barrick
Misquichilca, de capitales transnacionales, para buscar vetas interesantes en
las alturas de Puquio, al sur de Ayacucho. Le ofrecieron una gerencia pero no la
aceptó, no era serio, me voy en diciembre a los Estados Unidos y no voy a dejar
plantada a la compañía, así que aceptó un contrato que sólo lo comprometía
hasta fin de año. Iba y venía del campamento cada quince o veinte días,
hacía sus trabajos allá y se reunía con nosotros para juntar la información
obtenida por los tres, darle los toques finales y partir de nuevo para el sur.
El día del chifa estaba medio apurado, había pasado una semana en Lima, en
un curso de seguridad minera, y logró hacerse un espacio en el día y lo
aprovechó para nuestro almuerzo, si no es hoy, ya no será sino hasta el
regreso, en agosto, nos decía.
Hablamos de su trabajo, empezaba temprano, a las 5:30 ya estaba en pie, y
mientras los demás aún descansaban, se dedicaba a la meditación y a la
oración, luego preparaban juntos el desayuno, cargaban mochilas y se lanzaban a
caminar tres o cuatro horas, trabajaban todo el día y vuelta, las mismas horas
de trocha y llegar a las carpas antes de que anocheciera para preparar la cena,
departir un rato, revisar papeles y avanzar un poco los trabajos de la
universidad mientras los demás se adelantaban en el descanso.
Terminamos de almorzar y dejamos a José en el colegio Recoleta, donde se
desempeña como director espitirual. Jorge me dijo, me voy para Benavides, así
que te llevo a tu casa, a ver cuándo nos juntamos con nuestras esposas para
cenar y conversar, hablamos del trabajo, de la camioneta que manejaba con un
armazón de fierros, contra caídas, una vez me salvó la vida, bueno,
coordinemos, me voy a terminar el curso y el lunes en la madrugada parto al
campamento, ya nos vemos en agosto, saludos a tu señora...
El lunes 21 llegó al campamento y todo transcurrió con normalidad. Claro,
no sabía, no podía saberlo, porque sólo se publicó en la prensa el lunes,
que ese fin de semana Sendero Luminoso se paseaba como Pedro por su casa en
Ayacucho ("Son sólo rezagos", siguen declarando los políticos de
ahora con la misma calma y la misma incapacidad con la que Belaúnde, el
ochenta, informó que "son sólo abigeos", antes que el país se
desangrara en 12 años de violencia), que alcaldes aterrados venían a Lima a
pedir garantías, que columnas de hasta 200 senderistas deambulaban por la
sierra...
Amaneció el martes 22, habrá meditado como siempre, desayunaron, se fueron
a explorar y volvieron cuando caía la tarde. Estaban reunidos bajo la
protección de la carpa principal cuando empezaron los balazos. Fue un ataque
indiscriminado. Las balas atravesaban la tela y él, hombre de fe, valiente, con
el coraje de los que nada temen porque tienen sus cuentas a la par con su
creador, se lanzó sobre sus dos amigos y subalternos, y los cubrió con su
cuerpo. Una bala le atravesó el cráneo y murió casi instantáneamente. Así
de simple, así de aterrador, así de brutal.
El miércoles recibí una llamada de José, el tono de su voz sólo podía
traer malas nuevas. "Mataron a Jorge, acaban de confirmar la noticia en la
televisión". No lo creí hasta que leí su nombre en la prensa. Al día
siguiente los diarios se limitaban a informar que un campamento minero había
sido asaltado y que en el incidente había perdido la vida el geólogo Jorge
Injoque; "aún no se ha determinado la identidad de los atacantes",
concluía el informe.
Luego, silencio. Por casi dos semanas la prensa calló, inundada de
escándalos judiciales, acusaciones políticas, blandengues discursos
patrioteros, desfiles y ferias.
Se comprende que los diarios transcriban la noticia con la frialdad de la
imprenta, se entiende que nada se diga del hombre, de sus sueños, de su esposa
destruida al borde de un nuevo comienzo, de los dos hijos adolescentes que
perdieron a su padre prematuramente, de esa tesis que estaba realizando, de los
cursos que ya no dictará en esa nueva vida que jamás empezó, de todo lo que
trunca un pedazo de plomo, de su padre anciano que no podrá entender cómo tuvo
que enterrar a su hijo, de su familia consternada, de los otros dos amigos que
nunca más compartirán con él estudios y proyectos; todo eso se acepta, es
cruel, pero concebible, los diarios no tienen espacio para las emociones.
Lo que no se tolera es que se silencie un asesinato que, a todas luces tiene
la marca del terror senderista (preguntaban por "el jefe", se llevaron
la camioneta para huir pero luego la abandonaron, buscaron y rebuscaron por
dinamita, hay testigos que vieron la noche anterior una hoz y un martillo
encendida en uno de los cerros cercanos) sea ninguneado por una prensa que
acepta a rajatabla el comunicado de la minera, que no cuestiona, que no
investiga, que no exige explicaciones a las autoridades correspondientes.
¿Por qué no rebotó en la prensa una noticia tan importante como el ataque
de un campamento minero de una empresa transnacional que pone en tela de juicio
la seguridad de los miles de millones invertidos en el sector, habida cuenta que
sólo un mes antes fueron secuestrados por Sendero Luminoso varios trabajadores
de la empresa Techint, encargada del gaseoducto de Camisea, lo que dio origen a
una bochornosa declaración presidencial que habló de la
"liberación" de los rehenes por la "valiente y eficiente"
acción militar cuando en realidad, y se supo después, la empresa pagó varios
cientos de miles de dólares a los terroristas? Lo ignoro. Me comuniqué con la
minera y sólo obtuve respuestas genéricas: hubo un ataque, murió un geólogo,
no hay indicios de que sea Sendero Luminoso, "esperamos que las autoridades
intensifiquen las investigaciones", y un infinito etcétera de buenas y
vacías intenciones.
¿Por qué el ministro del Interior declara que enviará un contingente
policial a investigar, dos semanas después de los sucesos y sólo cuando la
periodista Cecilia Alegría, recuperada del shock inicial, empieza a reclamar en
la prensa, que recién la reconoce como la viuda de Jorge Injoque, pidiendo que
se encuentre a los asesinos y declarando su convicción de que fue una columna
de Sendero Luminoso?
¿Qué hay detrás de todo esto? ¿Qué se esconde? ¿Por qué le han negado
a la viuda leer el parte policial y el acta del levantamiento del cadáver?
¿Quiénes son los responsables? ¿Qué dice la Sociedad de Minería? ¿Por qué
Barrick envió a un grupo sin ninguna seguridad cuando ya se sabía del accionar
de Sendero Luminoso en Ayacucho y cuando los terroristas habían convocado a un
"paro armado" por Fiestas Patrias? ¿Por qué se minimizó el
asesinato y se lo quiso hacer pasar desapercibido? ¿Qué sucedió en las
alturas de Puquio? ¿Dónde están las declaraciones de los sobrevivientes? ¿A
qué conclusiones ha llegado la policía? ¿Dónde están los asesinos?
Ahora nos quedan sólo preguntas y la certeza de que la verdad terminará
enterrada bajo un cerro de intereses políticos y económicos. Una viuda llora
al que fue un hombre íntegro y honrado con el que compartió 24 años de su
vida y ya no podrá haber ninguna alegría en los dos que esperamos llegar al
inútil diciembre para obtener nuestros títulos de profesores...