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Los de verdad, no se despiden...

2. Decisiones

Allí, en el aquelarre familiar, Él se encontró con Eme, con quien mantiene una amistad tan antigua que ya ni se acuerda cómo empezó, aunque dicen algunos que nació de una mal desarrollada capacidad para socializar que, con sólo ocho años y mientras toda la chiquillada deliraba por un partidito de fútbol, los llevaba a “jugar a la guerrita” haciendo dibujos de avioncitos en la parte de atrás de los cuadernos, siendo lo particular del asunto que los aviones de marras que Él tan mal copiaba de la memoria, eran los Spitfire de la Royal Air Force, mientras que Eme (hoy curado felizmente de su púber debilidad por el orden meticuloso y enfermizo que caracterizaba a los muchachos de la svástica) realizaba, a trazos envidiables, reproducciones casi fotográficas de los Stuka, emblemáticos aparatos de la Luftwaffe. Con el tiempo, Eme se convirtió en parte de la familia y no hubo actividad, fiesta, reunión, bautizo o velorio, al que no fuera invitado, algo que se hizo con mucho más entusiasmo luego que el matrimonio de Él aliviara más de veinte años de una cercanía que se hacía injustificadamente sospechosa en las cabezas más suspicaces y maliciosas.

Casi al llegar, Eme preguntó qué planes tienen para Año Nuevo y Él respondió lacónico no tenemos planes, entonces —retrucó el arquitecto— inclúyanme en sus no planes, porque yo tampoco tengo nada; allí quedó el asunto. El almuerzo siguió el ritmo familiar, cotidiano y divinamente repetitivo de todas esas reuniones: hola, cómo te va, cómo han crecido los niños, qué gusto que vinieras, se te ve más delgado, qué quieren tomar, pasen a comer, qué rico está el pavo, el pisco sour está delicioso, cómo van los negocios, la ensalada esta divina, cómo le va a María en la universidad, bien, gracias, cómo vuela el tiempo, ya se gradúa este año, Juan está de novio, qué caro está todo, el gobierno es un desastre, cuándo se casa, tú votaste por él, es que ya estoy viejo, sírvanse, por favor, con confianza, qué linda ha quedado la casa, gracias, una cerveza, por favor, me tienes que dar la receta, todo estuvo extraordinario, tenemos que vernos más seguido, te llamo, te escribo, te mando un correo, besos, gracias, gracias y hasta luego.

De improviso, en medio de la pacífica tarde, mientras el último trozo de torta de lúcuma y chocolate era devorado con entusiasmo, sonó el teléfono. Era Di. Ella contestó de inmediato. Nada, bueno, genial, ¿a las ocho?, perfecto, vamos con Eme que también está con nosotros. Minutos después, cuando ya los últimos invitados se marchaban, ellos también se despidieron porque la película está por comenzar...

No hubo demasiado tiempo para los saludos y tras los besitos de rigor entraron al cine a ver una de las tantas películas repetidas donde los buenos vencen siempre y los malos que no eran tan malos (porque al comienzo eran buenos) se arrepienten en el último instante y, claro, se mueren valientemente salvando la vida de la chica bonita (de la que siempre estuvieron secretamente enamorados) porque ningún director va a sacrificar al galán de moda con la última granada que arrojó el malo-malo (o sea, el que nunca se arrepiente y muere siempre de la manera más atroz, porque los malos -que ayer fueron indios, luego nazis, más tarde comunistas y ahorita mismo árabes- no se van al cielo, nadie los quiere y la democracia y la justicia siempre prevalecerán). ¿Cómo pueden gustarte estas porquerías?, preguntó Eme como cada vez que salen de ver ese tipo de películas que Él disfruta con una atávica pasión impúber. Él —culpable— se rió en silencio. Ella estuvo de acuerdo con Eme y Di puso la cuota de diplomacia indispensable, diciendo que la próxima vez veremos una de esas películas europeas que a Eme le parecen extraordinarias.

¿Entonces, qué hacemos? ¿Lo del norte es seguro? Ni idea. ¿Alguien habló con Marisol? Hace unos días, pero se supone que ya no íbamos. Sí, es un problema, además, los de la playa me van a matar. ¿Habrá pasajes? No creo, a estas alturas, ni en burro. ¡Cómo detesto la desorganización! Ya no empieces a renegar, igual da, yo manejo. ¿Tú?, ni hablar, nos matamos. No exageres. ¿No exageres? ¡Si la última vez que te fuiste a Piura llegaste a doscientos veinte kilómetros por hora! Es un salvaje, le encanta ir a toda velocidad. Pero Eme, es cuestión de que te comprometas a manejar despacio. Ni hablar, Eme no puede manejar despacio. Otra vez estás exagerando, eso sólo fue en el desierto de Sechura, que es en línea recta, lo demás lo hice a mucho menos. ¿A cuánto? Como ciento ochenta... ¿No ven? ¡Está loco! Bueno, Eme maneja pero vamos en la camioneta de Ella. ¡Perfecto! ¿A cuánto llega tu carcocha? ¡Qué carcocha, hijito, ya quisieras! ¿Decidido? Decidido. Bueno, hay que ver... De una vez, ¿te vas al sur o vienes con nosotros? Okey, si ya somos cuatro, ¡vamos! Llamemos a Marisol y veamos qué nos consigue de alojamiento...

De allí en más todo fueron llamadas, iban y venían los mensajes hacia y desde Piura, los hoteles abarrotados, las casas llenas, todo estaba reservado, nadie se comprometía a nada, pero no por gusto la familia de Ricardo, el esposo de Marisol, es una de las más antiguas y tradicionales de la zona, la noche siguiente, cuando Ella y Él disfrutaban de una deliciosa cena chatarra en uno de los tantos fast food que infestan Lima, llegó la confirmación. Apunta, Hotel Espilver, sí, sí, con “e” y “v” chica, apunta el número, la señora Gladis, sí, con “i” latina, exacto, ¿qué sé yo?, ¡así se escribirá por acá!, sí, eso es hasta el primero, ese día tienen que irse porque ya tienen reservada la habitación para otros pasajeros, así que se pasan al Boca, sí Hotel Boca, apunta el número, señora Marcela, sí, ella es el contacto, ¿ok?, ¿apuntaste? No te olvides, mañana lunes tempranito tienes que llamar y pedir los números de cuenta, si no haces de inmediato los depósitos desde Lima no te van a respetar la reserva. Nos vemos el martes, ah, ¿llegan el miércoles? ¿Van a dormir en Trujillo? ¿Y ya tienen reservas? Pero confírmalo. Bueno, bueno. Ya está. Perfecto, entonces, manejen con cuidado y hasta el miércoles, ¡lleguen temprano, no vayan a recibir el año en la carretera!

Lo demás fue lo de siempre, confirmar las reservas, realizar los pagos, hacer maletas, avisar a la vecina, buscar alojamiento para el perro (tu hermano es un santo, ¡quedarse a cuidar al perro mientras ustedes se van de viaje!) y hacer las últimas coordinaciones. Salimos el martes en la madrugada. Ni hablar, ese día trabajo hasta la hora de almuerzo. ¡Entonces! No te alteres, no hay problema, salimos a la una. Mejor a las tres. No vamos a llegar a Trujillo... ¡Ya empezaste! ¡No exageres! ¡No exagero! Calma, calma, salimos a las dos y todos felices, ¿okey? ¡Okey!

Lima, 23 de enero de 2004