Sólo esta mañana conversaba con una amiga y ella me decía que cuando uno tiene quince años y hace locuras es porque es joven, si las sigue haciendo a los treinta y cinco es porque está loco; del mismo modo, le respondí, cuando uno es un adolescente y perpetra algunas poesías a la chiquilla aquella que lo mira desde el fondo de su timidez galopante, está sencillamente reafirmándose en su juventud, pero si hace tiempo transgredió la treintena, va perdiendo el pelo, pinta canas, engrosó el vientre, se hizo de arrugas y aún escribe poemas de amores posibles (o imposibles), a muchachas (o no tanto), reales (o imaginadas), entonces será que, irremediablemente, se ha vuelto poeta.
Eso me trae a la memoria ese poema de Nicolás Yerovi que empieza diciendo “no podrás dejar de reconocer, Patricia, que hice bien al negarme a confesar que te quería” y que sigue con la narración del encuentro de dos viejos enamorados, ya abatidos por los años; ella, rechoncha ya, entrada en carnes, al timón de una camioneta llena de muchachos, y él en su destartalado automóvil de poeta. Cuando el semáforo los halla uno al lado del otro se reconocen y se saludan, él le dice “¿haces movilidad escolar?” y ella responde, “no, son mis hijos”, y mantienen un hilarante diálogo donde lo más memorable es la pregunta que la mujer le encaja al poeta: “¿y en qué trabajas?”, “bueno, soy poeta”, le responde él con orgullo sólo para escuchar la réplica, entre ingenua y feroz, de la que fuera su amor juvenil: “sí, claro, ¿pero en qué trabajas?”.
Creo que es ése el estigma de los poetas y, en general, de los artistas. Un estigma casi amoroso, casi delicado, casi comprensivo. A los poetas se nos soporta una serie de calamidades que serían intolerables en un abogado o un ejecutivo. ¿Que no se ha cortado el pelo en seis meses?, es poeta. ¿Que anda todo el día medio despeinado y la camisa no es del color que combine adecuadamente con el pantalón?, es poeta. ¿Que gana un sueldo que roza entre lo irrisorio y lo fantástico?, es poeta. ¿Que no usa corbata en los matrimonios y bautizos?, es poeta. Es poeta, es poeta; esa frase me ha salvado la vida en más de una oportunidad y me ha recluido en esa especie de limbo de interdicción ciudadana que otorga el título de poeta. Ahora, uno puede ser buen poeta o mal poeta, pero ese ya es un juicio de valor que realmente no importa demasiado, todo se perdona con tal que se cumplan algunos requisitos indispensables como una higiene adecuada, un carácter entre dicharachero y melancólico, una frase trascendente de vez en cuando y un verso de esos que dejan envidiosos a los maridos que no saben cómo congraciarse con sus mujeres sin apelar a las joyas.
Frente a esta evidencia exquisita de la realidad apabullante se me da por hacerme, de tarde en tarde, esta pregunta, ¿qué es la poesía para mí? Y lo primero que se viene a la memoria no es una respuesta sino una imagen. La imagen de un domingo cualquiera de mi infancia, comiendo alrededor de la mesa los seis que fuimos, conversando y escuchando, exponiendo y preguntando. La imagen es nítida; mi padre, con una voz estentórea y una modulación cautivante de las que he sido un pésimo heredero, recitaba de memoria las rimas de Bécquer, los romances de Duque de Rivas o los sonetos de Chocano.
Así llegó la poesía hasta mí, a través de los labios de mi padre, en manos de la más vieja de las tradiciones humanas, ésa que es transmitir de adultos a menores las cosas que mañana nosotros mismos contaremos a nuestros hijos. Así llegó el soneto hasta mis oídos, escuchando, entre los muchos poemas que mi padre sabía de memoria, sus favoritos; los de Chocano, tan olvidado ahora después de haber paseado su cabeza coronada en laureles de oro por las calles de Lima, y los de Domingo Martínez Luján, ese maestro en la estrofa de los catorce versos y a cuya memoria dedico los sonetos de este libro, no sólo porque fue un poeta genial sino porque fue entrañable amigo de mi abuelo, “El Corregidor” Mejía, con quien compartió más de una jornada por los bares de Lima repitiendo esa frase que lo inmortalizó: “mientras lloren las viñas / yo beberé sus lágrimas”.
Y es por eso que estamos acá reunidos; por la poesía, por esta magia fundamental que aún, felizmente, domina el hombre. La poesía reúne todavía a la tribu alrededor de su llama. La poesía hermana y la poesía nos acerca a la condición de “hombres humanos” que tanto reclamó Vallejo, y esta noche, en ronda, nos hallamos conversando en su nombre. Porque la poesía une y libera en una fabulosa conjunción de fenómenos aparentemente irreconciliables, pues si la creación es un acto solitario “como el amor y la muerte” (según alguien, cuyo nombre olvido, dijo hace tiempo), el producto de esa labor individual es el más solidario de los elementos porque nos recuerda que somos hermanos en esa humanidad que es capaz de hacernos emocionar ante el David, el Guernica, la Quinta Sinfonía o Los heraldos negros.
El libro que esta noche Marco Martos ha tenido la gentileza de presentar tan amable y calurosamente fue editado en Chile gracias a esa magia de la poesía que no conoce de pasaportes ni de fronteras. Este sonetario me mantuvo veinte días en un país donde sólo recibí el aprecio, el afecto y el generoso recibimiento de quienes nada me exigieron para brindarme su cariño. En seis ciudades y frente a públicos distintos y dispares, recibí la misma respuesta, la gratitud por las palabras entregadas y el calor de una hermandad que nunca debimos olvidar. Eso es la poesía, eso es el arte; es tolerancia, es amplitud, es mundo sin alambrados ni gendarmes, es entrega. Tiene razón Pedro Mardones Barrientos cuando dice: “La poesía es un país sin fronteras”, Pedro, el poeta y el amigo a quien le debo la existencia de este libro nacido bajo el amparo del Grupo Fuego de la Poesía, institución que hace medio siglo encarna mucho de lo mejor de la lírica chilena contemporánea.
No nos engañemos, este libro está hecho de amistad y de afecto, esa amistad y ese afecto que permitieron que mis sombríos endecasílabos se llenaran de luz con las maravillosas pinturas del maestro Gerardo Chávez; afecto y generosidad que fueron, también, la razón por la que estos sonetos se llenaran de inteligencia bao el comentario lúcido y sereno de Juan Antonio Massone, quien me premió con un prólogo tremendo, que mis simples palabras no merecen.
Porque no voy a cansar de repetir que la poesía es entrega, es milagro y maravilla. Los chicos que sólo hace un momento nos regalaron con dos canciones nacidas de la genialidad de Alonso, de la voz impecable de Verónica y de la terca voluntad de Nicolás, han sido una demostración de lo que quiero decir esta noche. Nada puedo darles que no sea mi gratitud por haber ofrecido sus horas libres en el trabajo de ponerle música a mis palabras. Cuando fui donde ellos no escuché el “¿cómo es?”, tan nuestro y tan nefasto, que envenena el corazón de los hombres de esta época, sólo escuché el “¿cuándo empezamos?” de quienes están entregados al arte con la misma pasión y el mismo entusiasmo con el que uno se entrega al amor.
¿Cuántos nombres estaré abandonando en el silencio? ¿Cuántos agradecimientos se quedan atrapados en mi frágil memoria y en los límites reales de este tiempo que no me es suficiente para decir gracias a todos los que hacen posible que esta noche me encuentre frente a ustedes? Cuando uno empieza a declarar nombres se lanza inconsolablemente a las aguas de la mezquindad porque lo que somos se lo debemos a tantos que no alcanzarían los soles que me quedan para terminar con una lista que cada día se hace, maravillosamente, más extensa. Desde la primera que inspiró mis versos hasta la primera que los leyó en su sofá una tarde y los transcribió en un cuaderno para que no se perdieran los papeles sucios y borroneados que le llevaba; desde la que leyó conmigo mis poemas interminables y me hizo las primeras correcciones hasta la que guarda todavía en alguna gaveta los horrendos poemas que le hice un día. Y hablo en femenino, porque Marco tiene razón cuando dice que si algo ha signado mi andar por la literatura, ha sido mi amor vasto, inagotable, empecinado, múltiple y culpable, por las hijas de Eva. Vengo de una mujer, por ello canto a la mujer.
A estas alturas me pregunto si he satisfecho alguna de las dudas que ustedes trajeron a esta librería que gracias a la apuesta y a la voluntad de Alex, con quien quedo en deuda, se ha transformado por unos instantes en una magnífica sala de conferencias donde, rodeado de libros, como transcurrió mi infancia, puedo hablar con ustedes y contarles un poco de todas estas ideas que hace días venían rondando mi cabeza cuando me preguntaba qué iba a decirles a quienes llegaran a acompañarme en esta aventura.
¿Para que escribo?, el “para que me amen” que tantas veces he escuchado puede ser la mejor respuesta ahora que la gloria y los honores se han convertido en manchas grises que ya no me interesan porque simplemente perdieron esa verdad con que encandilaron mis adolescencia y porque los años me enseñaron que en lo efímero de la existencia humana sólo importan los afectos.
Frente a mí se encuentran mis hermanos, mi sobrina, mis amigos de los años de uniforme y carpeta, mis compañeros de trabajo, mis alumnos, mi familia sanguínea, mi familia política, mi familia poética y Ximena, siempre y en todas partes, Ximena. En lo que va de esta semana el buzón electrónico de mi correo recibió saludos y parabienes, buenos deseos y mejores intenciones. De todas partes del mundo, de Chile a Canadá, de Argentina a Inglaterra, de España a Puerto Rico, de aquí y de allá, me abrumaron decenas de cartas de quienes no aceptan la distancia como un impedimento para estar acá y ahora compartiendo conmigo estos momentos. ¿Se puede pedir algo más?
Dejemos la inmortalidad para los dioses, nosotros, simple y pasajeros, polvo y cenizas que se esparcirán en el viento, sólo tenemos el instante, este instante de amor y de generosidad en el que ustedes soportan la andanada de mis palabras con una sonrisa generosa que hace brillar el más triste de mis versos.
Y no los atormento más con esta perorata que, si insisten, pudiera durar la noche entera. Vinieron a acompañarme y a escuchar mis poemas, espero no defraudarlos cuando en unos minutos, como lo hacía mi padre, alrededor de la mesa, lea para ustedes estos sonetos míos que no tienen más ansias que llegar hasta sus corazones…
Este es el texto del discurso que pronuncié el miércoles 10 de noviembre de 2004, cuando en la librería Crisol, abarrotada, me enfrenté al más del centenar de amigos que vinieron a escucharme. Claro, la edición soporta correcciones y giros de los que carecieron mis palabras, tan espontáneas, entonces, como el cariño de los que allí me acompañaban. Debí hacer una crónica y me salió esta reconstrucción en la que aquellos que asistieron reconocerán algunas frases como ciertas y otras como producto de mi insaciable fantasía (pero, felizmente, a un poeta se le perdona todo).
La jornada fue hermosa y estuvo llena de sorpresas. Gente de todas las edades estuvo conmigo esa noche, desde chicos de siete años hasta un veterano nonagenario que se acercó a decirme, “yo conocí a tu abuelo y a tu padre, tengo noventa y cinco años y siempre vengo a comprar libros, vi casualmente la presentación, me ha dado una inmensa alegría ver al hijo y al nieto de dos grandes amigos míos”.
Podría atormentarlos con dos páginas más de anécdotas y sentimientos, pero renuncio a hacerlo, por el bien de ustedes. La jornada fue larga, pero valió la pena, valió el cansancio, valió todo el esfuerzo.
Entender que aún la poesía puede juntar a la tribu alrededor de su llama inextinguible es una de las alegrías que nos quedan en estos tiempos signados por la violencia, por el odio y por la muerte. Reconocernos en las palabras del otro, sentir nuestra propia existencia, nuestros propios recuerdos, nuestra propia experiencia, en los poemas de un amigo o de un desconocido a cuya poesía nos acercamos por el azar de una visita nocturna de miércoles a la librería, es uno de esos momentos mágicos que hace que la vida siga siendo digna de luchar por ella.
Lima-Perú, 12 de noviembre de 2004
P.S.: Ya al final del evento, como para cerrar con una sorpresa la presentación de mi Sólo sonetos solos, Alex Gallagher, gerente de las librerías Crisol, anunció que editorial Santillana acababa de poner en venta La granja de don Hilario, mi más reciente publicación con décimas para niños; las ilustraciones, que son hermosas, se las debo a Ximena Castro, adjunto, para su curiosidad, la carátula del libro.