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¿Cómo sobrevivir a una clase de literatura?

No hay nada más aburrido que una clase de literatura donde ésta es sólo una excusa para endilgarle a los alumnos la biografía de los escritores y la historia de los movimientos literarios desde la épica homérica del siglo VIII antes de Cristo hasta los ismos que invadieron el panorama literario mundial durante todo el siglo XX (felizmente nuestro sectarismo occidental hace tabla rasa de toda la tradición literaria oriental). El estudiante no halla en esas exposiciones, sosas algunas, algo más interesantes otras, pero todas lejanas a su realidad y a su experiencia, nada que lo apasione, nada que lo comprometa en una época, la adolescencia, en que los vínculos son extremadamente débiles y en que los jóvenes andan buscando desesperadamente un asidero que sea el punto de apoyo que pedía Arquímedes (a quien, por lo demás, tampoco conocen).

El pobre estudiante de un colegio peruano (acabo de revisar los “contenidos básicos” del “diseño curricular básico” que aparece en la página web del Ministerio de Educación) debe, al concluir los cinco años que dura la secundaria, desarrollar una serie de capacidades y aprender un cúmulo de información que, de ser cierto y real lo que se propone, debería entregar a la sociedad a una persona capaz de, por ejemplo, analizar un poema romántico, diferenciarlo de uno surrealista, escribir un ensayo comparándolos, presentar un análisis morfosintáctico de ambos textos, realizar una exposición oral sobre los mismos sin descuidar una mirada global de las diversas corrientes de la lírica mundial a través de los siglos que pudieron influenciar en ellos, combinando una charla académica con un trabajo práctico, sin olvidar la utilización de los medios audiovisuales modernos; además, debe estar capacitado para elaborar un manual que sirva a sus compañeros para realizar un análisis similar en otros textos líricos, poniendo énfasis, por supuesto, en el uso correcto de un lenguaje sin faltas de ortografía y sin problemas de concordancia o de sintaxis, para, finalmente, establecer los vínculos literarios e históricos de esos dos poemas con, al menos, una media docena de los muchos textos que habrá leído en ese lustro. ¿Necesitamos algo más?

Ahora bien, se preguntarán entonces, ¿cómo aprendí literatura? Debo confesar que en mi iniciación literaria nada tuvo que ver mi vida escolar. Con un padre como el mío, cualquier intento de enseñarme literatura llegaba demasiado tarde. Nací y crecí rodeado de libros. Mi fantasía infantil se alimentó de la misma biblioteca que ahora me observa mientras escribo estas líneas, de esta montaña de cultura que antes que yo escalaron, con mejor suerte y mayor dedicación, mi padre y mi abuelo.

En casa leíamos en todas las reuniones familiares, que era como decir todos los días. Cualquier ocasión era buena para la lectura y si al principio fue mi padre, con su voz entera, apasionada e imponente, que sólo se quebraba de emoción cuando leía las crónicas de “El Corregidor” Mejía, su padre y nuestro abuelo, luego fuimos nosotros, los chicos de entonces, los que asumimos los roles de relatores bajo la atenta mirada de una madre amorosa y de un padre enamorado de ella y de las letras.

Poco a poco fuimos aprendiendo la modulación necesaria para que ese verso sonara así, como debía sonar, sin estridencias, sin afecciones, sin barrocas e innecesarias inflexiones de voz; poco a poco nos fuimos adentrando en el maravilloso mundo de la fantasía de los creadores de cuentos y novelas, poco a poco aprendimos a entender lo que se decía entre líneas, lo que no se declaraba, el tesoro oculto que guardaba cada una de las piezas que eran seleccionadas para nosotros en lo que fue el primer y mejor curso de literatura que hayamos tenido. Aprendimos a hablar mejor, escuchando a los ancianos de la tribu, a los viejos que se comunicaban con nosotros desde sus obras, conocimos los significados de las palabras adentrándonos en los diccionarios en competencias locas por quién llegaba antes a la respuesta precisa, crecimos en medio de conversaciones interminables que llevaban la sobremesa del almuerzo hasta la cena y que no sólo eran clases de literatura sino también de historia, de política, de ciencias, de matemáticas y, sobre todo, de humanidad.

¿A qué viene este recuerdo infantil en un artículo destinado a profesores de literatura que, como yo, intentan, inculcar en sus alumnos la pasión por las letras? Trataré de explicarme traduciendo, en palabras publicables, lo que en estos años dedicado a la enseñanza he escuchado por patios y salones o me han comentado los alumnos que más confianza me han tenido:

  • ¡Qué asco, examen de ortografía!
  • ¿Leíste el libro?, ¡es un porquería!, no entiendo la mitad de las palabras...
  • ¿Qué cosa era el Conceptismo?
  • ¡Maldición, hoy toman glosario!
  • ¿Alguien sabe qué diablos es un soneto isabelino y cómo se hace?
  • ¿Hay algo más aburrido que leer Ollantay en clase?
  • ¡No entiendo nada, mañana hay examen y no entiendo nada!, ¿qué tiene que ver el Modernismo con los franceses?
  • ¿Endecasílabo con acento en sexta?, ¡Dios mío, qué es eso!
  • ¿Leíste la pregunta: “Escriba un ensayo sobre la libertad comparando Antígona de Anohuil y La tregua de Benedetti”?, ¿se volvió loco?

¿Qué hay detrás de todas estas quejas? Un desagrado absoluto por cursos que no les dicen nada de sus propias vidas (y sólo he puesto comentarios relacionados a la literatura, ¡imagínense qué dicen de matemáticas o química!), cursos que les son completamente ajenos y en los cuales no encuentran ninguna fuente de inspiración, donde no tienen nada que decir.

Los chicos no entienden los libros que no se les explican, no es cuestión de lanzarlos a leer solos, necesitan de un guía que los vaya conduciendo por los vericuetos de la mente del autor, que vaya desentrañando junto con ellos, haciéndolos pensar y discutir, cada uno de los enigmas de la soledad y la ausencia que esconde la novela aquella sobre la adolescente que llega a estudiar a la Barcelona de la post guerra civil española o la nostalgia infinita y la melancolía de ese poema del trujillano aquel que añora la tierra donde nació y que sabe que nunca más verá porque morirá “en París con aguacero”.

Los jóvenes no quieren sabios inalcanzables (y muchas veces fraudulentos) que se sienten frente a ellos en un pupitre alejado y sombrío repitiendo la misma cantaleta que ya dijeron a diez o veinte promociones antes que a ellos, a los chicos no les interesa aprender de memoria las doscientas palabras del glosario o las cien oraciones del concurso de ortografía o los cuarenta y nueve versos de la Elegía de Hernández o los nombres, poderes y preferencias de los infinitos dioses, semidioses, reinas, héroes y cobardes de la Odisea, no, ellos quieren saber de sí mismos, de su tiempo, de la época que les toca vivir y de las sensaciones y experiencias que colman sus vidas, quieren conversar, compartir, dialogar, dar a conocer sus ideas y sus sentimientos, hacerse conocer, existir, compartir, ser a través de la palabra y de sus múltiples oportunidades.

¿Cómo conjugar con la realidad y con las exigencias absurdas y pretenciosas del “diseño curricular” esta manera de ofrecer la literatura donde bien podríamos pasarnos todo el año leyendo Cien años de soledad o tal vez únicamente el Otro poema de los dones y conversando y comprendiendo y aprendiendo de los autores y de los alumnos y de nosotros mismos, demostrándoles y demostrándonos que los clásicos se llaman así porque los consejos de Quijote a Sancho son absolutamente actuales o porque el heroísmo de Patroclo o la cólera de Aquiles son acciones y sentimientos que realizamos y experimentamos todos los días o porque don Juan Tenorio sigue retando a don Luis Mejía en los muchachos mujeriegos y enamoradores que vuelven locas a las chicas del salón?

No tengo una respuesta, sólo me enfrento a una serie de interrogantes que cuestionan mi propia capacidad para trasmitir a mis alumnos lo que mi padre, sin alardes y con paciencia, me fue enseñando día a día en las reuniones familiares; sólo sé, a estas alturas, que la literatura (y cualquier otra materia que se quiera dictar a los adolescentes) debe preocuparse de ser para ellos un vínculo, una forma de expresarse, una forma de ser y una manera de reafirmar su existencia, debe ser, como lo fue para mí, una experiencia apasionante donde las lágrimas y las risas se mezclan como en la tragicomedia de la vida y, debe ser, en última instancia, el vehículo a través del cual alcanzan un grado de humanidad mayor que el nuestro, mejor que el nuestro.

Siempre he creído que la escuela es formativa y la universidad es instructiva, en la escuela no se aprenden oficios ni profesiones, se empieza el camino hacia la construcción de nuestra personalidad como seres humanos miembros de una comunidad que cada vez necesita más de mujeres y hombres buenos que salven la humanidad del conocimiento sin moral, de la ciencia sin ética, de una literatura (de eso estábamos hablando) que no diga nada, que no ofrezca nada, que no enseñe nada.

Sí, es saludable saber que el masculino del adjetivo “motriz” es “motor”, que “quepo” es el presente en primera persona del indicativo del verbo caber, que El Quijote lo escribió Cervantes, que anónimo significa “sin autor conocido” y no “que no tiene autor”, que un endecasílabo es un verso de once sílabas y que un soneto tiene catorce versos endecasílabos; eso es tan saludable como saber la tabla del nueve, la composición química del cuerpo humano, el nombre del río más largo del mundo o la altura del Everest, pero lo que es indispensable, aquello que jamás deberíamos de perder de vista, aunque los directores nos acosen, los padres de familia nos quieran renunciar, las estadísticas de los ingresos a las universidades nos acechen como fieras listas a devorarnos con sus números negativos y aunque la sociedad nos pida a gritos, o a golpes o a despidos, convertir a nuestros estudiantes en piedras brillantes pero frías, lo que nunca deberíamos olvidar es que nuestro único deber es con los alumnos y que nuestro único interés es su bienestar, su crecimiento como seres humanos y su realización como adultos responsables que lleven al mundo a un mejor puerto.

No sé si mis alumnos recuerdan las características del Barroco o son capaces de analizar sintácticamente una oración compleja, pero tengo la ilusión, la certera ilusión, de que comprenden perfectamente a Borges cuando dice: “He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer. No he sido / feliz” y se empeñan cada día, cada jornada, en ser felices y, en ese aprendizaje, que es un acto creador y creativo, como hacer un poema o dar la vida, le dan felicidad a quienes aman, que son los otros, nosotros, que somos sencillamente una porción de las muchas que vamos conformado la humanidad.

El presente artículo ha sido publicado en la Revista Pedagógica El País del Círculo de Docentes Santillana, Lima, abril de 2005, pp. 12 y 13.

15 de abril de 2005