¿Cómo venció X mi negativa secular por manejar un vehículo y abandonar la cómoda posición de pasajero de la que disfruté durante tantos años de mi vida? En realidad creo que se puede hablar de una confabulación en la que estuvo involucrada más de una persona de mi entorno más íntimo.
Recuerdo que mi padre jamás manejó; él, un intelectual al viejo estilo, podía darnos una cátedra de casi cualquier cosa pero era incapaz de desarrollar la más elemental tarea manual. “Si hierve agua, se le quema”, decía mi madre burlándose del hombre al que ella colaboró militantemente en convertir en un inepto en materias comunes, dependiente de ella en cualquier asunto práctico de la vida y “el mayor de sus hijos”, como solía llamarlo. Así, nunca hizo una maleta, nunca cocinó y jamás lo vi encender la hornilla de la cocina. Obviamente en toda su existencia no estuvo ni una sola vez frente al volante de un automóvil.
“De raza le viene al galgo”, reza un viejo dicho y yo, fiel a la tradición, crecí siendo incapaz de realizar las más elementales actividades que, para los adolescentes con quienes compartía mi juventud, eran el pan de cada día. Jamás escalé un árbol (cuestión de volumen), jamás jugué fútbol (salvo un fugaz fichaje a los diez años en el “Club Unión Vista Alegre” como arquero donde luego de la primera goleada me confinaron en la banca), jamás anduve en patines o en “skateboard” (algún problema de equilibrio nunca diagnosticado que también me hubiera hecho fracasar de bailarín de ballet o equilibrista), jamás trepé un cerro (“muy alto..., me canso...”), y jamás cociné (salvo un par de experiencias frustradas, a los 10 y a los 22, una como vendedor de adoquines hechos por mí en casa y otra como mayorista de sánguches de pollo —con mayonesa casera de mi autoría con un saborcillo al ajo— que casi me cuesta la amistad de Mario quien hasta hoy, felizmente, sigue siendo mi mejor amigo).
Otras habilidades las desarrollé muy tardíamente, cuando mi generación hacía tiempo que ya las dominaba; así aprendí a nadar a los treinta (es vergonzoso eso de andar ahogándose en una piscina de metro cincuenta de profundidad), bailé el vals de mi matrimonio (gracias a la paciencia de Camila y hasta allí llegué..., salvo una reciente experiencia con Gabriela, pero ese ya es otro cuento), y me convertí, ya grande, en un enamorado de la tecnología y sus múltiples posibilidades (dentro de los límites que un usuario final como yo puede exigir, algo que no pasa de escribir estas líneas o ver fotos de chicas lindas en bikini que algún desorientado amigo pueda enviarme sin saber que a mí, hombre serio finalmente, ya no me interesan esos temas...).
Pues bien, uno de los últimos bastiones que defendía con la ferocidad de un gato panza arriba era mi soberano derecho a no manejar, a no someterme a las exigencias psicomotrices de tratar de conducir un automóvil en Lima, a no ceder mi puesto de acompañante fiel de mi esposa, de mis amigos o de don Miguel, el amable chofer del taxi que diariamente me llevaba al trabajo. No, no, no y no, así de insistente era mi respuesta, tan insistente como la voz que amorosa y persistentemente me decía ¿cuándo vas a aprender?
Pasaban los días y el triunfo parecía querer no escaparse de mis manos y resistía yo con la tenacidad de quien protege las últimas trincheras antes de la caída de la ciudad invicta. Pero no es justo, venían los argumentos en contrario, yo no tengo por qué ser tu chofer, y, por supuesto, de allí me escapaba rápidamente con el consabido porque así me conociste y mala suerte, y entonces no había mala cara, sonrisa, amenaza, súplica, recomendación o ruego que me arrancara de la roca donde me protegía de esa marea enardecida de modernidad que amenazaba con ahogar los últimos rincones de mi rebeldía.
Claro, las maniobras disuasorias buscaron nuevos rumbos. ¿Y si me pasa algo?, ya no es una cuestión de comodidad, es una cuestión de responsabilidad, ¿si sufro un accidente y tienes que llevarme al médico? y, claro, como Perú no es Canadá donde, según me contó mi amigo Boris, si la ambulancia o los bomberos no llegan antes de los tres minutos puedes demandar al estado, los argumentos empezaban a escasearme, bueno, entonces así es la vida, igual si estuvieras sola no podrías hacer nada y claro, entonces..., y allí, como Napoleón que buscaba el flanco más débil del enemigo y atacaba con todas sus fuerzas, la demolición empezó lenta pero segura.
Debo confesar que ya hace dos veranos tuve mi primera clase oficial. Me matriculé en el “curso integral” del Touring Club (la entidad privada que tiene convenio con el Ministerio de Transportes para otorgar las licencias) y fui testigo de lo espantoso que puede ser compartir un minúsculo salón de clases con un centenar de adolescentes sudorosos. Un famélico aire acondicionado no alcanzaba ni para hacer respirable el ambiente y un profesor que habría repetido unas cien mil veces la misma cantaleta empezó a contar no sé qué anécdota sobre las carretas y los automóviles y quiso explicarnos algo así como que los coches andan a gasolina y los frenos sirven para detener el carro. Algunos tomaban notas, otros se dormían, los más atrevidos empezaban a coquetear con las chiquillas de al lado y yo, un vejestorio anacrónico en ese lugar, me preguntaba qué hacia allí una soleada mañana de verano desperdiciando lo que me quedaba de vida.
Nunca más regresé a una clase teórica de las ¡once! que estaban programadas pero, sin embargo, me embarqué en las seis sesiones prácticas con un bonachón y simplón profesor que pasaba la cuarentena y a quien admiro hasta el día de hoy porque pudo resistir mi impericia y mi infatigable charla de periodista frustrado mientras fracasaba, día tras día, en el manejo adecuado de la máquina asignada, máquina que, felizmente, era un vehículo de instrucción de esos con doble pedal de freno que evitó en reiteradas ocasiones que el seguro de accidentes de la institución colapsara por el exceso de siniestralidad. Me pregunto, ¿a qué genio se le ocurrió que con seis clases prácticas y once teóricas un alumno puede aprobar el examen correspondiente?
Como era de esperarse, ese verano transcurrió sin pena ni gloria y fue tan elemental mi aprendizaje que cuando hice el simulacro del examen práctico (me negué a pasar por el teórico) me pasé todas las luces rojas, pisé todas las líneas, volteé en los lugares equivocados, aceleré donde no debía, frené donde estaba prohibido, casi choqué tres veces y maté (sólo virtualmente) como a cinco transeúntes. El resultado, bastante previsible, fue un “desaprobado por imprudencia temeraria”.
No puedo decir que me acomplejó tremendo fracaso, antes bien, abonaba en mi favor y mi posición nuevamente se fortalecía, soy un inútil (esa táctica sirve tanto como la de “es poeta” con la que la impunidad se convierte en un privilegio que juro que jamás he buscado...), es que no puedo, no puedo, hay que aceptarlo, ni modo, no es para mí y, claro, Ella insistiendo, dándome fuerzas, motivándome y contratando a César, el recomendado que mi instructor me dio al finalizar mis clases tras verificar que nada había aprendido, con él aprendes sí o sí, me dijo con la certeza de quien comisiona por cada cliente que le consigue.
Hay que aceptarlo, César es un tipo simpático y sumamente agradable, paciente hasta el paroxismo y con unos nervios de acero que le permitieron guiarme sin derramar una sola gota de sudor por las calles de Lima, así, vas bien, despacio, no te aceleres, con seguridad, cubre freno... “Cubre freno”, esa frasecita la llevo clavada en el cerebro hasta el día de hoy, o sea, pon el pie sobre el freno “sólo-por-si-acaso”. Obviamente pisaba el freno con la desesperación de un neófito y nuestras paradas hacían zamaquear el vehículo como si se tratara de un terremoto grado siete. Así, el verano concluyó, empecé a trabajar, se complicaron mis horarios y chao, chao examen, pasé otro invierno sin conducir.
El siguiente verano fue una maravilla, se me ocurrió practicar con la camioneta de Víctor, mi concuñado, y avancé cien mil veces por un mismo camino de tierra. Me trepaba al vehículo y lo manejaba una o dos horas, dando vueltas en redondo en una pista que no tendría más de tres kilómetros, con algunas curvas, una que otra subida y la seguridad de la ausencia casi absoluta de otros coches. Eso contuvo los ímpetus de X, mantuvo a todos expectantes y me liberó, nuevamente, del bendito examen y, claro, sin brevete no manejo porque no voy a estar infringiendo las normas de tránsito, menos yo que soy profesor y ando pontificando todo el día sobre la importancia de respetar las leyes...
Santo remedio, pensé yo. Ya sé lo elemental para salir airoso de un accidente y no tengo que dar la prueba para obtener la licencia y no tengo que manejar y todos felices. Pero no. A falta de una, dos mujeres atentaron contra mi paz.
Mi hermana decidió cambiar de coche y sin saber leer ni escribir me vi en medio del asunto, es decir, en el fuego cruzado de dos mujeres. Te vendo mi carro, es un precio regalado, me lo pagas por partes, cómo vas a decir que no, con tal de que manejes, es una gran oportunidad, te aviso cuando compre mi camioneta, perfecto, ya la compré, genial, tiene que firmar la transferencia, nunca se le ubica, no importa yo le mando al encargado donde esté, te pasaste, no hay problema, gracias, yo le digo, el carro tiene que llevárselo de mi cochera, sí, se lo dejo en casa, perfecto; y así apareció un automóvil en la puerta de mi casa y estuvo allí, llenándose de polvo por casi un mes.
Para hacerla corta, me puse a manejar por mi casa, en una zona cerrada, sin policías, practiqué con la obsesiva compulsión de quien quiere deshacerse de un problema. Adrián, que andaba por Lima, se tomó la molestia de enseñarme una vez más lo que los otros me enseñaron casi dos años antes, o lo hago en julio o no lo hago nunca, en tres semanas salgo de vacaciones y me voy de viaje, o viajo con la licencia o sencillamente remato el carro al mejor postor, pacientemente anduvo conmigo en las tres mil vueltas que di al mismo barrio enrejado porque yo no salgo sin brevete, y me acompañó a realizar los trámites que la burocracia exige (dos bancos y tres mil fichas).
Así, aprobé el examen médico (con una miopía que pasó galopante desapercibida para el oftalmólogo septuagenario que me atendió), superé el psicológico (donde un sujeto que tenía pinta de asesino en serie me hacía preguntas tan absurdas como “¿alguna vez ha tratado de matar a alguien?”), sobreviví (ahorrándome las once clases teóricas) al examen de reglas (con preguntas tan elementales como “si va a voltear a la derecha, ¿qué luz direccional enciende?”, aunque debo confesar que fallé en seis...) y llegué, llevado por la paciencia de Adrián y superando todos los obstáculos, al mismo lugar donde dos años antes había obtenido mi “desaprobado por imprudencia temeraria”.
Lo que allí pasó esa mañana y mi subsiguiente experiencia como conductor merece una explicación aparte, así que los dejo con la miel en los labios y la promesa de una sabrosa crónica donde abundaron policías de vacaciones, ladrones retirados y uno que otro choquecito que no ha logrado amilanarme.