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Alan García y Ollanta HumalaSi me lo quitas, me muero / si me lo dejas, me mata

Cuando pienso en nuestra democracia no puedo dejar de recordar el poema de Rubén Darío que termina diciendo, con respecto al amor de una ingrata, “si me lo quitas, me muero / si me lo dejas, me mata”. Eso nos está sucediendo; la democracia no ha sido capaz de construir un proyecto viable que supere las opciones violentas de los ochenta. Así, el discurso nihilista del “que se vayan todos” o el “destruyamos todo para empezar de nuevo” que Sendero Luminoso y el MRTA cacareaban al viento, hoy se ha encarnado en una corriente política que encuentra mucho menos difícil (y, sólo por el momento, menos sangriento) el camino de las urnas. Usar el sistema para destruir el sistema no deja de ser una manera inteligente de hacerse del poder legalmente para luego “reinventar” la democracia y, bajo un nuevo concepto, justificarlo todo. Pero, si Humala es todo esto, ¿representa García la política nueva, la acción honrada, el proceder honesto; es, acaso, el señor de las virtudes y el salvador de la patria?

La democracia “me mata” porque no puede resolver los más elementales problemas del pueblo, porque no compensa las grandes diferencias que existen entre los muchos pobres y los pocos ricos. Mientras el hambre, la enfermedad, la ignorancia, la falta de oportunidades, la mendicidad, la violencia de la miseria y la lógica atroz del dinero sigan siendo la única forma de vida posible para más de quince millones de peruanos, la democracia será sólo una entelequia, una palabra vacía, una mención en la clase de educación cívica dictada por un profesor famélico que trabaja por doscientos dólares al mes en un salón sin techo ni carpetas con niños que no han tomado desayuno.

Sin democracia “me muero” porque en su ausencia se abren las puertas del autoritarismo, de las dictaduras, de la canalla con uniforme o sin él, de los poderes omnímodos sin contrapeso, sin control, sin límites. La experiencia de los últimos doscientos años enseña que los países que más desarrollaron fueron los que viven en democracia y, al contrario, los más pobres son los que han sufrido una tiranía o experimentado incertidumbre de regímenes corruptos que asaltaron el poder para adueñarse del tesoro público.

El domingo habremos de elegir a un nuevo presidente de la república. ¿Es Ollanta Humala ese monstruo que todos coinciden en señalar, es un asesino, es un violador de derechos humanos, es el peón de Chávez, es un lunático oportunista, un fanático militarista, un devoto fascista, un tiranuelo ambicioso que sólo quiere hacerse del poder para beneficiarse? ¿Es Alan García un “ladrón de siete suelas” —como le dice Chávez—, es un genocida, un corrupto irrecuperable, un desastre anunciado, una repetición suicida, un nauseabundo personaje que sólo puede traer al Perú más miseria, más ignorancia y más corrupción?

Se dice que la política es el arte de lo posible, divagar entre los insultos y acusaciones que se lanzan de ambos lados de la contienda, es inútil; ponerse a discutir sobre las maldades ciertas y las bondades posibles, es estéril; extraviarse en el mar de las pasiones políticas —que esconden intereses, egoísmos, maldades y pequeñeces—, es fútil.

El domingo se librará una batalla de votos (que pronto llegará a las plazas con palos, piedras, balas y cadáveres) entre dos políticos a quienes les sobran argumentos para descalificar al otro y carecen de razones para solicitar el respaldo del pueblo.

Los días pasan y no sé cómo se puede convencer al desesperado de las virtudes de esta sociedad, no sé cómo se puede pedir al hambriento que siga apostando por un sistema que nada le ha dado. Ellos votarán por quien les ofrezca el sueño, la ilusión, siquiera el espejismo de un mundo mejor.

“La democracia no se come”, escupió un dictador hace tiempo y sabía de qué hablaba. Cuando el domingo me encuentre defendiendo mi casa, mi carro, mi posición, mis privilegios y mi egoísmo, no será difícil suponer a dónde irán los votos de los que no tienen nada.

Lima, 1 de abril de 2006