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Ilustración: Robert RauschenbergEl PARE es sagrado

Susan me dio un papelito que me recordó esos “pases” que daban en el colegio cuando un alumno pedía “permiso para ir al baño”. Me dijo: “lo muestras al guardia” y así fue, avancé impunemente, atravesé filas, pasé la férrea vigilancia del uniformado y salí. Alcancé la calle únicamente blandiendo el formato aquel como si tuviera una bandera blanca o, mejor, un salvoconducto (esos documentos maravillosos por los cuales aquellos que te iban a fusilar no lo hacen —no porque respeten caballerosamente la validez de los tratados sino porque el país vecino es demasiado grande, demasiado rico, demasiado poderoso o demasiado de las de las tres cosas, como para pelearse con él—).

Salí. Me encontré con que la gente que estaba “esperando” era ya una multitud. Desordenados, malhumorados, acalorados, masticando insultos contra el guardia, maldiciendo al sistema, reclamando entre dientes por “el abuso” y sintiéndose los más desvalidos y maltratados seres de este lado del planeta. Me vieron con envidia, “es uno de los que entraron” parecían decirse entre ellos sólo con la mirada. Me preparé para el asalto... Felizmente en esta ciudad esas cosas no suceden casi nunca porque un delicioso y bien aceitado sistema represivo permite que vivamos en libertad; suena paradójico, pero es cierto, acá el “contrato social” de Rousseau funciona, a veces rengo, pero funciona.

Lo cierto es que llegué al estacionamiento del centro comercial donde se ubicaba la oficina de tránsito y me di cuenta de que media docena de sujetos vestidos con ropa llamativa, con cartelitos en la mano, se hallaban a un lado llamando la atención de todos los distraídos que pasábamos por allí. “Lecciones de manejo”, “alquilo autos”, “te enseñamos el circuito”, “tenemos carros pequeños”, de repente me vi fusilado por mil frases como esas mientras me acercaba al grupo. En ese instante tuve una regresión: volví a mi país, a mi lugar de siempre, allí donde cuchucientos mil tramitadores, vendedores ambulantes, canillitas, ladrones y estafadores, te esperan a la puerta de cualquier institución pública ofreciéndote todo y de todo para salir bien librado de algún engorroso trámite burocrático. Me asaltó la duda, ¿en quién confiar?, en un país extraño, rodeado de gente extraña, ¿en quién confiar?

Estuve a punto de darme la vuelta, de decirle a Susan que mejor no, que no importaba, que iba a ir a una empresa a alquilarme un automóvil, que daba el examen otro día, cuando en eso se iluminó mi horizonte. Entre el mar de sujetos ensombrerados con caras indescifrables de mercachifles y charlatanes, cuyos ojos cubrían lentes oscuros, apareció una rubia de ojos azules (el tinte y los lentes cosméticos son detalles mezquinos que no pienso mencionar) que sonriente me dijo “¿qué deseas?”. Criado en la vieja tradición de los caballeros del tercer mundo, debo confesar que no tuve el talante para ignorar tamaña pregunta. Así que respondí.

“Un carro, necesito un carro para dar el examen práctico...”, la rubia ni se inmutó. “No hay problema”, sonrió, “yo tengo lo que necesitas”, no pude evitar sonrojarme (porque en el fondo soy tímido). “Firma acá que es el contrato que te piden en la oficina, el costo no sólo incluye que te preste el automóvil sino que, sin cargo extra, te voy a acompañar a hacer el mismo recorrido que realizan los examinadores. Ve a la oficina, entrega los papeles y regresas, te espero. Mi nombre es Mileidy, acá tienes mi tarjeta”.

Firmé irresponsablemente sin leer el contrato (¡Oh, el poder mefistofélico de las blondas cabelleras!) y marché hacia la oficina. El sol caía como clavando cuchillos sobre las espaldas de la multitud que aguardaba en la puerta, todos sudaban, todos se abanicaban, todos maldecían. Llegué a la puerta, siempre blandiendo mi “permiso” y el oficial me dejó entrar. Me acerqué donde Susan y le entregué el papel. “Perfecto”, me dijo y se puso nuevamente a escribir no sé qué cosa en la máquina.

Mientras tecleaba le pregunté distraídamente: “¿Y esas personas llegan a entrar?”, “no todos”, me respondió, “depende de la hora en que terminemos con ustedes, los que pidieron cita”, “¿y por qué ellos no piden cita?”, “no tenemos la menor idea, todos los días salimos con megáfonos y les decimos en dos idiomas que deben pedir cita a través de la página electrónica del departamento de tránsito para atenderse, y nada, pareciera que no entienden lo que se les dice”, “a lo mejor no tienen computadoras”, argumenté en defensa de la marea de inmigrantes que se agolpaba afuera de las oficinas, “ojalá fuera eso, pero no es así, todos los días sacamos una computadora y ofrecemos hacerles las citas nosotros mismos, nadie se inscribe, prefieren esperar, no los entiendo”, me quedé sin argumentos así que contesté con ese vago “¡qué interesante!” que siempre me es muy útil en estas vagas circunstancias.

Susan siguió revisando no sé qué datos hasta que me dijo, “¡listo!, vaya afuera que lo llaman”, “¿afuera?”, “sí, al lado”, agradecí sin entender mucho y salí. Como estaba medio confundido me refugié en los ojos azules de mi rubicunda Mileidy que se conocía todo el tejemaneje de estos trámites. Me acerqué a ella, estaba acompañada por un tipo que tenía la misma cara de extraviado que yo.

“Ya estás listo, bien, bien, eso sí, vas a tener que esperarme un ratito porque primero voy a llevar a dar la vuelta a David, que llegó antes que tú. Además te falta un buen rato, después de dar el teórico... Ah, ¿ya pasaste el teórico?, no había entendido eso, un segundito, este, bueno, David, ¿crees que puedas esperar tú?, lo que sucede es que el señor ya pasó el teórico y lo van a llamar antes que a ti y necesito enseñarle el circuito, ¿puedes esperarme un tantito?, ¡mil gracias! Acabo con él y sigo contigo, y no se preocupen, que acá hay tiempo para todos. Entonces, perfecto, sígueme...”.

Llegamos al automóvil, un compacto, japonés por más señas, color blanco. “Toma las llaves, ponte el cinturón de seguridad, enciende el motor y sigue mis instrucciones, a ver, a ver, ¿luces delanteras?, ¿luces altas?, ¿direccional?, ¿freno?, ¡perfecto!, no te aloques ni te apures”. Se sentó en el asiento del copiloto y siguió dando órdenes: “Ahora vamos a salir en retroceso, no, no, el espejo jamás se mira, ja-más, uno retrocede mirando hacia atrás, pon el brazo derecho en el respaldar del copiloto y mira a ambos lados, sal despacio, despacio, cuando tu espejo esté a la altura del final de esta raya, doblas, vamos, esta es la ruta, el único que cambia la ruta es el moreno, si te toca él, te va a hacer dar dos vueltas más, por allá, ¿ves?, bueno, sigue, a la derecha, a la izquierda, eso, vas bien, fíjate en las señales, es muy importante, recuerda: el PARE es sagrado, sa-gra-do, jamás, ja-más, se te ocurra pasártelo, lo haces y ¡adiós!, se acabó examen, porque te desaprobaron. ¿Bueno?, perfecto, sigue, a la derecha, despacio, despacio, no es una carrera, a la izquierda, ¿ves esos conos?, vas a estacionarte allí, vas a avanzar hasta que tu espejo se alinee con el primer cono y allí doblas todo el timón, siempre despacio, nadie te puede bajar puntos por ir lento, así, un poco más, ¡perfecto!, bien, ahora hay que salir, ya sabes, nada de espejos, sí, eso sí, puedes ayudarte con el brazo, siempre mira hacia atrás y hacia los lados, despacio, ajá, sí, despacio, ¿viste lo que pasó?, te llevaste un cono, trata de que no te suceda en el examen porque ese cono de plástico representa un carro, acabas de chocar, pero no te desanimes, a ver, sigamos, a la derecha, a la izquierda, de frente, bien, este es un cruce de cuatro esquinas, debes parar y esperar, cruza un carro de cada lado, en orden, bien, vamos, izquierda, allí, sí, allí, vamos a practicar tu capacidad de frenar en emergencia, vas a avanzar intentando darle velocidad al auto y cuando te diga paras en seco, eso sí, el secreto es mirar el espejo retrovisor porque si hubiera un carro detrás tuyo te chocaría, y eso lo califican, a ver, acelera, acelera, ¡frena!, muy bien, falta sólo una prueba la maniobra de tres puntos, ¿la conoces?, perfecto, es sencilla, has llegado a un camino sin salida y debes volver pero no puedes ir en retroceso, pones tu direccional y giras todo el timón a la izquierda y avanzas hasta donde te lo permita la pista, luego todo el timón a la derecha y retrocedes hasta el borde con los autos que están estacionados, siempre marcando las luces y finalmente volteas todo el timón nuevamente a la izquierda y ¡listo!, estás afuera. Bueno, te saliste un poquito pero no importa, es que no conoces el carro, bueno, sí, es como si hubieras chocado de nuevo, pero no te desalientes, es fácil. Ahora regresemos al estacionamiento, cuidadito que aún no termina el examen, el examen sólo acaba cuando apagas el motor y los instructores siempre esperan este momento para que te distraigas y ¡pum! haces algo mal y te descalifican. A ver, estaciónate allí, sí allí, a la derecha, despacio, despacio, despacito, muy bien, apaga el motor y dame las llaves, ya puedes esperar que te llamen...”.