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Fotografía: Angelo CavalliLa cadena alimenticia

“Las mujeres blancas somos el último eslabón de la cadena alimenticia” —me dice alguna—, “con la cantidad de asiáticas que se acuestan con un extranjero por un trago, por veinte dólares o por una promesa, nadie quiere darse el trabajo de enamorarnos”. ¿Hay resentimiento en sus palabras? “Las que vienen solteras y buscan una pareja terminan yéndose a los dos o tres años, ningún hombre se va a enganchar en una relación seria cuando pueden tener sus esclavas sexuales”, me dice una mujer, extranjera, solitaria y ligeramente amargada, por supuesto. “Eso que todavía no fuiste al ‘retescuer’, ahí te vas a hartar de ver especímenes bellísimos que hacen que las pobres bulés como yo suframos más de la cuenta en Yakarta”, me comenta más deportivamente otra a la que le faltan años y le sobran lo que se necesita como para andar acomplejándose a pesar de la feroz competencia.

Las mujeres occidentales que llegan a Indonesia vienen generalmente en dos condiciones, o esposas de sus maridos (que suelen ser los que arriban al país con los jugosos contratos de expatriados) o solteras (profesionales animosas y aventureras o profesoras de colegios internacionales). Unas y otras se enfrentan a la dura realidad de un país con millones de muchachitas jóvenes y atractivas que, en muchas casos (toda generalización, ya lo sé, es asquerosa), no tienen el menor escrúpulo en darle curso al marido ajeno o enamorar, con más libertad y menos exigencias, a los solteros que se dejan seducir por las complacientes féminas que piden poco o no piden nada (hasta que empiezan a pedir, pero esa ya es otra historia).

El ángel estaba en la barra, esperaba que le entregaran lo que había pedido. No escuchaba la música, no miraba a nadie, parecía no estar allí o, peor, parecía que no sabía o no entendía cómo diablos había terminado allí. Cuando le entregaron el jugo (los ángeles no toman licor) se dirigió hacia la mesa más cercana al escenario donde la rubicunda con sobrepeso seguía cantando o creyendo que lo hacía.

Eran doce o quince mujeres. Las había de todas las edades. La mitad pasaban largamente la cincuentena y sus carnes, animadas por el alcohol, habían perdido momentáneamente la serenidad de su estrenada senectud para sacudirse al golpe del rocanrol sesentero que coreaban felices. Se me hicieron simpáticas, llenas de vida, divirtiéndose entre ellas con ese entusiasmo de quien ya no tiene que llegar a casa para darle de cenar a los hijos o para acostarse de mala gana con el marido que hace mucho se olvidó de cómo era que realmente ella gozaba. Estas mujeres tienen la dolorosa libertad de la soledad, de la cama vacía, de la casa habitada de gatos, recuerdos, fantasmas y empleados que caminan sin hacer ruido. Cantan y bailan como seguro lo hicieron en esa juventud que les queda ahora tan lejos del cuerpo y tan cerca del entusiasmo, llevan en sus manos vasos llenos de cerveza y cocteles de todos los colores.

Las otras eran jóvenes y, a ojo de buen cubero, agradables a la vista. No pasarían los veinticinco años y bailaban también, animadas, felices, con la libertad de sus líneas firmes y dóciles, de sus vestidos ligeros, de sus muslos ágiles, con esas sonrisas que lo iluminan todo, esas miradas brillantes aún, esos labios sedientos y esas almas nuevas. Mujeres con una frescura que en cualquier parte sería razón suficiente para tener que andar escabulléndose de las hordas de varones entusiastas que las rodearían —como es justo— con sus pretensiones, pidiéndoles bailar la siguiente canción, invitándoles una copa de vino o tratando de hilar una conversación más o menos inteligente que los destaque de los otros en la pelea.

Pero nada de eso sucedía. Bailaban solas y ningún hombre se les acercaba. No era ausencia, era desinterés. Había hombres, hombres jóvenes con pinta de modernos ejecutivos, recién graduados de universidades de postín que vienen “al fin del mundo” para pagar piso, hacerse un espacio y ganarse, “en la cancha”, el derecho a seguir progresando en sus corporaciones. Estaban allí, pero no miraban a las jovencitas que bailaban solas junto a la mesa cercana a la banda porque sencillamente tenían los ojos vendados de morenas pieles que serpenteaban a sus lados.

“¿Quién se va a tomar la molestia de abordar a una mujer occidental cuando las indonesias se les meten por los ojos, se ofrecen por nada y se van a la cama con ellos a veces sólo por el gusto de acostarse con un hombre blanco?”. Cierto, las mujeres extranjeras hablan por la herida, pero alguna razón tienen. “Claro que si quieres, igual puedes tener sexo, tampoco es que no se pueda, basta con comportarse como las locales, tomarse un trago, seducir al sujeto, hacérsela fácil, no pedir compromisos, acostarse con él la primera noche y no esperar que haya una nueva llamada” —me dice una que se niega a vivir así—, “porque no me da la gana, porque no quiero andar peleándome por un hombre como si fuera el último macho reproductor del planeta, porque no lo necesito”, se reafirma. “Ni bien llegan y se enteran de lo fácil que es todo, a los bulé se les trepa el ego, pero después las pagan” —sentencia otra que lanza la maldición—; “no se dan cuenta de que nueve de cada diez lo único que quieren es su dinero. Después de la primera noche empiezan a adueñarse del cándido que termina vencido por las hormonas y por esa necesidad, tan machista, de sentirse los fuertes, los que todo lo pueden, los protectores. Luego es sólo cuestión de tiempo y, cuando ya los tienen en el bolsillo, comienza la sangría con la mamá enferma, la operación del hermano o la abuela hospitalizada...”.

En medio de tanto ajetreo, el ángel se aburre en la mesa. Alguien le habla y ella sonríe, sin ganas, alguien le presenta a un chico —uno de los pocos que se han desmarcado de las indonesias que a todos atrapan— y habla con él con nerviosismo, sin fijar la mirada, sin saber realmente cómo comportarse frente a este varón que hace inútiles intentos de avanzar sobre ella. El pobre tipo, que hace esfuerzos grandes por hacerse escuchar a través del estruendo, no consigue arrebatarle más que la cumplidora sonrisa de estatua de cera que no dice nada y que nada anuncia ni promete. Pero él no se rinde, entusiasta, dueño del mundo, consigue convencerla y la saca a bailar (“saca” es un decir, se pone a bailar con ella allí mismo, parados junto a la mesa y en medio del bullicio del alocado grupo de mujeres). Ella se mueve modosa, decentita, midiendo los pasos y meditando los gestos, sin aspaviento, sin que la falda, que no llega a ser mini, alce demasiado vuelo, sin entregarse al ritmo, sin realizarse, sin perder el control.

Bailar no es lo suyo y él se aburre, en la siguiente canción le dice algo y se retira junto a la barra donde un grupo de amigos suyos departe cómoda y cálidamente con unas indonesias que se acercaron hace un rato. Pronto las cervezas campean, las risas aumentan el tono, la convulsión de los cuerpos se acelera y los brazos de ellos empiezan a rodear las cinturas de ellas como llevados por el ritmo de la música.

El ángel se queda allí, sin compañía. Está rodeada de sus amigas pero no importa, está tan sola que me conmueve.

Me tienta acompañarla, pero yo, que ya sé que los ángeles no existen, la dejo abandonada...

Desde la isla de Java, 26 de octubre del 2008