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“La dama de blanco”, de Ana Castro FeijooBajo ninguna circunstancia

Muerto el ángel —que, en cuestiones de fe, la muerte o el abandono son lo mismo— volví a la realidad de mis amigos que ya andaba muy avanzada. La rubia sobrealimentada seguía maltratando sus cuerdas vocales pero ahora un sujeto, mejor entonado y muy a la moda de “rocanrolero de los setentas”, hacía más llevadero el espectáculo. La gente aumentaba y mis compañeros, una mesa más adelante que yo (que me había refugiado detrás de una bebida sin alcohol y sin azúcar mientras observaba a la bella), andaban rodeados de mujeres.

La lucha por “con quién me quedo” era amable y silenciosa, todas jugueteaban con todos y, más o menos abiertamente, peleaban por la atención de los “bulé” que, sin hacer ningún esfuerzo —más allá de pagar las cervezas que ellas ya habían aceptado—, tenían aseguradas a varias muchachas. “Este país es de locos”, me diría días después uno de ellos, “el otro viernes salía de un bar donde me tomé unas copas con unos amigos, me iba solo porque estaba cansado y quería llegar a mi casa, en la puerta me encontré con media docena de chicas que estaban como esperando taxi y dije en voz alta que me iba a mi departamento y que aceptaba a la que quisiera acompañarme, se subieron dos...”. “Son prostitutas”, dice una occidental solterona y resentida, “en los bares y en las discotecas están allí esperando a los extranjeros...”. “No es tan cierto”, me aclara una española de pocos años y nobles proporciones, “es como en todas partes, algunas están allí porque buscan enamorarse, ¿acaso no tienen derecho a hacerlo como cualquiera de nosotras?”.

Uno de mis compañeros sabe el secreto, “hay que preguntárselo directamente”. “Sí”, insiste cuando ve mi cara de incredulidad, “así funciona. Cuando una de estas chicas se te acerca debes preguntarle directamente si está trabajando, como todas saben que unas sí y otras no, nadie se ofende...”. Su experiencia respalda sus palabras, cuatro de cada cinco veces que ha salido de bares o a una discoteca ha terminado durmiendo acompañado, ya sea en su departamento o en los de ellas (la borrachera y veintiocho años mezclan audacia e irresponsabilidad); la suerte, por ahora, no lo abandona y dice que de ahora en adelante va a escuchar a los experimentados, “nunca te vayas solo sin avisar, siempre acompáñate de alguien y, entre su departamento y el tuyo, prefiere el tuyo, sólo allí estás en tu territorio, la ciudad es muy grande para dársela de valiente”, le dice uno de los que sabe de qué habla y que ha sobrevivido a bares y mujeres cazadoras de extranjeros en más de un continente.

“Además”, me explica alguien como tratando de cerrar el tema del comercio sexual que, sin embargo, parece cada vez más amplio, “la prostitución a toda regla se ejerce en otros lugares. Estos bares son lo más inocente del repertorio, cobren o no cobren, no son sino aventureras en busca de una buena noche o una buena temporada. Las verdaderas prostitutas, las de las mamis y los padrotes, están en otras partes, en las grandes discotecas, para empezar, cuanto más caro el hotel que la alberga, más costoso el servicio hecho a la medida de un país que convive hace ya demasiado tiempo con estos extranjeros que llegan con sus montones de dólares y su soledad a comprarlo todo. ¿Qué puede esperarse?, una prostituta de mediana calidad puede hacer en una noche tanto dinero como el que gana en un mes una chica igual que ella pero que se dedique a ser empleada, vendedora o camarera...”.

El asunto es mucho más complicado y habría que hablar —ya habrá tiempo— de la infinita industria sexual que, en su inmensidad, confunde a unas con las otras, “basta que me vean contigo caminando en la calle para que crean que soy la típica indonesia regalándose al extranjero por una copa”, me explica una de las pocas mujeres con las que he podido mantener una larga conversación al respecto. “Muchos extranjeros creen que las indonesias sólo servimos para la cama y pretenden tratarnos a todas como si fuéramos chicas del bar”, concluye.

Lo cierto es que la noche sigue y, de los cuatro que éramos, sólo quedamos tres, uno se fue discretamente “a dormir, porque estoy cansado” aunque la chica que lo siguió no fue tan discreta y vimos por la ventana cómo compartían el taxi, “es que vivía por el departamento”, dijo días después cuando nos burlábamos de su cansancio porque, en realidad, su precaución fue insuficiente y los guardias del edificio de departamentos que todos compartimos no saben de discreciones y, en cambio, les encanta practicar su elemental inglés con algún chisme que pueda interesarnos (ese es otro tema inmenso, “la servidumbre” —el término “sirviente”, que arde como un latigazo, es el que los angloparlantes usa para hablar de quienes trabajan para los extranjeros, ya sean cocineras, choferes, niñeras o guardias— lleva una existencia paralela a la de los “boss”, están relacionados por lazos de sangre, amistad, compadrazgo o amorío y se saben la vida, milagros y miserias de todos los bulé).

La noche avanza y ahora somos dos porque el tercero ya decidió escaparse con una que le dijo sin demasiados preámbulos “hoy quiero pasar la noche contigo”; él, ni corto ni perezoso, reforzó la declaración con algunas cervezas que soliviantaron más el ánimo, ya bastante alegrón, de la muchacha.

El asunto se tornó matemáticamente perfecto pero ajeno a mis planes de frío observador de la realidad circundante. Mi compañero —el de los veintiocho años que ha decidido “vivir mi juventud sin miedos y hasta un poco irresponsablemente”— está asediado por dos mujeres, la paciente y la del traje morado. No sé cómo pero ya estamos en un rincón, cerca a la barra de la taberna, uno de esos espacios medio aislados donde nadie quiere estar porque te ponen “fuera de circulación” pero que a nosotros, que ya estamos acompañados, no nos importa. Hubo hasta una tercera muchacha que nos acompañaba pero no le dio la gana de pelear su espacio y se fue; nadie la extraña.

En este espacio la música cede un poco, los parlantes no apuntan hacia acá y pueden conversarse algunas palabras más. La de morado se mueve siguiendo el ritmo que todavía llega hasta nosotros, está evidentemente pasada de copas, todo le parece “maravilloso”, que mi amigo hable inglés y que yo hable español, ama la literatura (como ama el fútbol, la filosofía, el arte, la moda y las diferentes posibilidades de la escatología) porque ama todo y todo es “perfecto” y “maravilloso” y su juventud se desborda en ese vestido de algodón que no resiste los embates de un cuerpo que no se contiene en sí mismo, que se sacude rítmicamente y cuya sangre se halla en plena ebullición por el calor, por la lluvia —se ha desatado la tormenta—, por los menjunjes dionisíacos y los ardores propios de una libido post adolescente.

La paciente inicia su función. A mi amigo —rendido ante el poder de Eros y Dionisios— le interesa cuatro rábanos que la de morado sepa quién era Nietzsche o qué cosa es la lógica aristotélica, la paciente lo sabe —ella viene por la segunda función y conoce perfectamente la rutina— y le bastan cuatro quecos para que mi compañero le diga el “¿nos vamos?” que es más una orden que una pregunta.

Todos salimos. Llueve a cántaros, no importa, siempre hay alguien que por unas monedas se empapa por ti y te consigue un taxi. Mi amigo está feliz (aunque después me enteraré de que no se acordaba de nada de lo que conversamos en el carro), la paciente está feliz, y su mutua y calurosa felicidad transgrede algunos límites en el coche. No me interesa.

Yo pienso en la de morado y la de morado —en el taxi que la lleva a su casa— seguro que ya no piensa y no sabrá jamás que yo —idiota redomado— sigo creyendo que nunca —bajo ninguna circunstancia— un caballero debe aprovecharse de la ligera debilidad de una muchacha embriagada...

Desde la isla de Java, 3 de noviembre del 2008