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“El burdel”, de Vincent Van Gogh (1888)Ping pong

“No hables con nadie, no le hagas caso a nadie, no le invites nada a nadie, tú sólo entra y mira y cuando te aburres sales”. Las instrucciones eran claras y precisas. Esa noche estábamos Joe y yo en el viejo Volvo devorando kilómetros.

No supe dónde íbamos pero luego me enteré de que andábamos por Pat-Pong, el viejo barrio de tolerancia de Bangkok, hoy venido a menos. Es un lugar que quiere ser recuperado por nuevos negocios que intentan devolverle el aire de simpática y amigable zona rosa que tuvo antes y cuya primacía se robó, hace ya un tiempo, “Soi-cow-boy” y sus chicas “más jóvenes, más hermosas y más limpias”, según me asegura un amigo, gringo y hippie, que hace un tiempo es parroquiano leal de los fines de semana en la calle de los vaqueros.

La zona era oscura, las calles andaban medio abandonadas, los autos empezaban a escasear y, de no ser por esa idea elemental de “Joe trabaja para el hotel y es improbable que me lleve a una trampa porque su negocio son los turistas y no los asaltos”, me hubiera sentido algo más nervioso. Algunos consejos de otros “Joes” que en mi mundo han sido, me hacían sentir más aliviado. “Dejar los documentos en el hotel, no llevar jamás tarjetas, no cargar con las llaves y con nada de valor, sólo el efectivo que se tiene planeado gastar o perder, si hay un asalto; nada de cámaras, nada de mapas, nada de guías de calles, nada que te delate como turista; no dudes, no pienses dos veces, pon cara de malo y actúa siempre como si tuvieras la certeza absoluta de lo que estás haciendo; no bajes la mirada, no mires como asustado y pisa firme, sin embargo, trata siempre de evitar un enfrentamiento, los buscapleitos y asaltantes nunca vienen solos, siempre traen compinches y aquí-corrió siempre es mejor que el aquí-murió”. Así que sólo cargaba el efectivo y el pellejo (bueno, y los kilos) y avanzábamos por las avenidas que se hacían calles y por las calles que se volvieron callejones y llegamos.

“Ya sabes, pagas, son como veinte dólares, entras y ves el show”, así que, “sí, mi capitán”, y entré. Antes de la puerta, en unas sillas viejas, se hallaba una docena de choferes aburridos. Imaginé que, como Joe, habían traído clientes al “ping-pong” y mataban el tiempo fumando y conversando. En la puerta había un tipo cobrando y otros “acompañándolo”, no lo sé pero tenían cara de esos que “conversan” contigo si a la hora de pagar la cuenta no te alcanza. Di el dinero que me pidieron, más de mala gana que gentiles, y entré.

Lo que se observa no deja de ser sorprendente. A primera vista es como cualquier otro centro nocturno con chicas con pocas ropas en el escenario y gente alrededor idiotizada. Fue imposible para mí evitar esa imagen del pasado que llegó de repente como un latigazo. Un lejano recuerdo —el más lejano que de estos lugares guardo en mí— llegó como llegan las tormentas en el Pacífico, sin avisar.

Tendría diecisiete, había empezado a “practicar” (en mi primer año en la Facultad de Derecho) y “mi tío Manuel” me había abierto las puertas de su notaría donde era “el baby”, porque era el menor entre la tropa de practicantes veinteañeros en el último año de la carrera y porque, es verdad, era “el recomendado”.

Entusiasta e ignorante (¿quién a los diecisiete no lo es?), me dejé arrastrar por los avisos de “show caliente en vivo” (y por el entusiasmo de las hormonas que, cuando bullen, dejan inútiles a esas aguafiestas de las neuronas) e ingresé a uno de esos sótanos infames mal iluminados que abundaban en la avenida Colmena, en el centro. Bajo el influjo de unas indigestas luces sicodélicas, una mujer, con más grasa que gracia, se contoneaba aparatosamente al ritmo de esa famosa melodía de puticlub francés venido a menos.

Como a los diecisiete se hace complicado ver mujeres desasiéndose de sus ropas y como, en esas circunstancias —y a esa edad— nadie es tan exigente, me senté. Como a los diecisiete todos somos idiotas —o eso quiero creer para no sentirme tan mal—, acepté más que complacido la compañía de otra damisela apretada cuyo escote privó a mis últimas neuronas de cualquier capacidad de discernimiento. Involuntariamente dije que “sí”, como un poseído cuyo cerebro ha sido succionado por los zombis, cuando me preguntó si le invitaba “un trago”. Cuando su mano atrevida tocó mi muslo (que entonces era joven, y más entusiasta amén de menos expandido) y me dijo “allá adentro hay un show privado”, mi babeante humanidad sólo atinó a decir “ya” y anduvimos los pocos metros que nos colocaron —después de superar el olor húmedo y a vinagrillo de una vieja y sucia cortina fucsia— en una especie de cabina telefónica que dejaba ver, a través de un vidrio ahumado por el calor corporal de las visitas previas, un podio donde una mujer, algo más beneficiada que la anterior en las proporciones que del reparto de carnes le tocó, moviéndose, con la gracia de una tortuga de mar en el desierto, mientras se iba desprendiendo torpemente de sus pocas ropas.

A estas alturas de más está declarar mi entonces nula experiencia en estas lides. Muchos de mis amigos del colegio me llevaban larga ventaja en estos juegos del “toma y qué me das” gracias a sus visitas constantes a célebres lugares repletos de mujeres “de otro nivel” (como me explicaba alguno) ansiosas de ligarse a algún clasemediero entusiasmado. Sus aventuras en “La Herradura” —bebedero nocturno al borde del mar—, en la avenida de la Marina —y sus sangucherías inolvidables y posmodernas— o en el “Swing” —discoteca de dudosísima reputación—, les habían otorgado una maestría que —en esos lamentables años de mi adolescencia— me hacía una alarmante falta.

Así, mal preparado, pésimo conquistador de barrio, rimador inútil, romántico de cantina (y, para colmo, abstemio), fui víctima de mi poca capacidad para razonar a esas alturas de la taquicardia evidente. Sin tener en cuenta la limitada capacidad de mis escasos recursos de practicante universitario, le dije “sí” al segundo trago de la noche que la sujeta me pidió y bebió en el acto con la misma avidez del árbol, bajo la única lluvia de verano, en mitad del desierto.

Lo demás es predecible. Algún trago más, pero no tanto, una mano audaz, pero no tanto, la nudista tras el vidrio desnudándose, pero no tanto, las palabras atrevidas, pero no tanto, y la cuenta inmensa, ¡y sí que tanto! El “pero, ¿cómo es posible?, con eso podría tomarme veinte cervezas...” inútil del jovenzuelo airado y la calentura enfriándose en los diez segundos que se demoraron tres negros inmensos en rodearme. La billetera entregando exánime hasta sus últimos centavos, la cuenta que no se saldaba, los matones cercándome y el billete, ese, el ahorrado “para las emergencias”, saliendo del rincón donde se hallaba doblado para salvarme el pellejo.

Mis últimos recuerdos son los sujetos mirándome con esa cara de “pobre idiota” y alguno de ellos, el más humano, diciéndoles “ya dejen ir al chico” que partía (partí) con la indignación en la garganta, el miedo en el estómago, la vergüenza en los pómulos y las lágrimas —infames, cobardes y traidoras— resbalándose por la mejilla ardiente y colorada.

Pero eso fue hace veintidós años; esa noche, en Tailandia, yo ya sabía...

Desde la isla de Java, 21 de marzo del 2009