Comparte este contenido con tus amigos

Tokio, metro y puertas cerradas

Metro de Tokio

Cada estación del metro de Tokio (telaraña que pareciera interminable y que funciona con la precisión de un reloj suizo) tiene una personalidad especial. El turista que tuviera el tiempo necesario podría dedicarse a bajar en cada uno de los paraderos, subir a la superficie y recorrer las calles de los alrededores para descubrir los muchos “japones” que alberga la ciudad (se dice que “Japón es mucho más Tokio”; habría que agregar que “no hay un solo Tokio” sino que la capital es de una diversidad sorprendente).

Como pasar por todas las estaciones requeriría media vida, visitar cuatro o cinco permite al turista darse una idea de lo que sucede “allá arriba”, en las diferentes partes de esa inmensa metrópoli. Shibuya, por ejemplo, es una estación “normal”, con gente común y silvestre andando por las calles atestadas e invadiendo comercios de todo tipo. Ginza es la “fashion”, una estación donde se congregan los más grandes locales de las tiendas “de marca” y donde todo parece brillar un poco más. Shinjuku es la de los jóvenes, tiene un aire provocador y rebelde, abundan las tiendas “para adultos” y no es raro que, haciéndose el distraído, algún sujeto te ofrezca mujeres (dicho sea de paso, fue el único lugar en donde había un patrullero). Kannai quiere parecerse a Shinjuku pero con menos pretensiones (será porque queda a las afueras de Tokio y aún conserva, si es posible, un aire algo más provinciano). Por último, la estación central de Yokohama (una ciudad que ha sido absorbida por el crecimiento urbano de Tokio) es un poco de todo, con centros comerciales, tiendas, restaurantes, cines, supermercados, karaokes, bares y especímenes humanos de todo tipo.

Alrededor de la estación de Yokohama se levanta un sinnúmero de edificios de 5 o 6 pisos en una especie de maraña interminable que incluye pasajes estrechos, callejuelas oscuras, trastiendas con botaderos y todo lo que podría poblar la imaginación postmodernista y urbana de cualquier autor de novelas de suspenso policial protagonizadas por mujeres libérrimas y atractivas, guardias de mirada torva, sujetos de evidente malvivir, jóvenes drogadictos y, claro, la Yakuza, la “Cosa Nostra” japonesa.

Un tipo de negocio llamó mi atención. Se trataba de discretas puertas cerradas, con uno o varios matones vestidos de escrupuloso traje negro que controlaban la entrada. Un letrero anunciaba algo en japonés y había fotos de chicas y precios en yenes. Lo primero que podría uno pensar es que se trataba de un bar de mujeres dispuestas (tipo los “gogo bar” de Tailandia) pero los montos anunciados (entre 30 y 70 dólares) eran muy tímidos para una de las ciudades más caras del mundo.

Intenté entrar en varios de ellos; en todos me di con el sujeto inmenso que cruzaba los brazos en forma de equis sobre el pecho (lo que significa “no”) y repetía “onli yápanis” que, después lo comprobé, era la única frase en inglés que se habían aprendido. Recorrí las calles y hallé muchos de estos establecimientos y fui rechazado en todos, en algunos casos ni siquiera podía acceder al edificio que anunciaba varios locales porque el “onli yápanis” y los brazos cerrados me impedían el paso de inmediato.

No sé cuántas puertas toqué ni en cuántas ocasiones volví sobre mis pasos, lo cierto es que, por una sola vez, comprendí y me sentí solidario con el vendedor que va de casa en casa sin perder la sonrisa tras sucesivos rechazos.

Finalmente, la terquedad, un letrero en cristiano (“Bambina”), una puerta entreabierta, un guardia distraído, un administrador al teléfono y un salón vacío jugaron a mi favor. La ausencia del guardia permitió que avanzara más allá de la puerta y que me encontrara cara a cara con quien (eso lo supe después) se hallaba encargado del local. El gerente intentó decirme “no” pero, supongo que obligado por la cortesía de su posición, trató de explicarme la negativa, en su inglés elemental. Aprovechando la confusión que en él causaba su manejo inútil del la lengua de Shakespeare, pasé a la ofensiva. Le respondí que no comprendía su explicación pero que lo único que quería saber era de qué se trataba el negocio “porque soy escritor” (frase mágica que abre puertas tanto como el “soy poeta” solivianta voluntades...).

Cuando ya nos encontrábamos, agotado —él— de intentar ordenar su inglés y preocupado —yo— de que fuera a echarme, pareció suceder algo mágico. Se le iluminó el rostro, dijo “un momento” y se marchó dejando al hombre de negro (que ya había aparecido) “cuidándome” y esperando la orden para expulsarme.

A los cinco minutos apareció una muchacha alta, cuyas formas, desproporcionadamente generosas para el común de las japonesas, resaltaban debajo del ceñidísimo vestido de seda cuyas costuras resistían —indómitas— la presión de las notables curvas.

Mirándome a los ojos, sin pestañar, me extendió la mano y —suave y segura y en perfecto inglés— me dijo: “Hola, me llamo Yuki y te voy a explicar de qué se trata esto”. En ese mismo instante una gota —traidora y perversa— resbalaba por mi mejilla ensuciando para siempre mi segura y estúpida sonrisa...

Desde la isla de Java, 25 de mayo del 2009