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Londres (y el teatro)

Si tuviera que elegir una razón para volver a Londres no sería por la majestuosidad de sus monumentos y palacios, ni por sus museos interminables, ni por sus bibliotecas infinitas, ni siquiera por las minifaldas agresivas de sus mujeres arrogantes y hermosas (aunque más de un amigo prefiera cabelleras californianas, caderas brasileñas, ojos italianos, o delicadas y firmes manos asiáticas). Si tuviera que dar una sola razón para volver a Londres, sería por sus teatros.

Caminar por el “West End” es una delicia, a cada paso aparecen teatros en los que, si bien abundan los musicales, también pueden verse obras de Shakespeare o Moliere, de Beckett o de Pinter. Entre los teatros abundan los cafés, los bares, los restaurantes donde, antes o después de la función, puede uno calentarse con un capuchino o entusiasmarse con una cerveza o engañar el hambre con un muy británico “fish and chips”.

Lo primero que debe hacerse es tomar una decisión y entonces Hamlet llega con todos sus ímpetus y el “ser o no ser” se apodera de uno inmisericorde. ¿Noche de reyes o El fantasma de la ópera? ¿Stomp o Chicago? ¿Esperando a Godot o Los miserables? Cuando se tiene tanta variedad el asunto se pone complicado. Es como enfrentarse a uno de esos “buffets” inmensos (en uno en esos hoteles de plástico en Las Vegas) o a una carta interminable de vinos (que no tomo). Felizmente, como la zona atiende a más de un millón de espectadores cada mes y como no todos los teatros tienen funciones todos los días, la decisión se aliviana entre los “ya no quedan entradas” y los “hoy no hay función”. Resuelto aquello hay que proceder a comprar.

Adquirir una entrada para una obra de teatro es un rito, no un trámite. Por esa razón, si bien en las calles abundan las tiendas y los quioscos que venden boletos rebajados y “llamadores” que ofrecen “los mejores sitios” y “los mejores precios”; desprecié esa opción. Comprar en esos puestos es como hacerse de una novela en un supermercado. Algo parecido me pasa con la adquisición de entradas “on line”, eso que los precavidos realizan con meses de anticipación, la misma noche que separan el boleto de avión o reservan la habitación del hotel; cierto, son compras reales, simples y prácticas, pero sin alma, sin linaje, espurias como los libros digitales, el café descafeinado y el sexo con preservativo (y no nos pongamos melodramáticos que en cien años, anticuados y postmodernos, cardiacos y deportistas, precavidos e irresponsables, estaremos amable y definitivamente muertos).

Para comprar un boleto de teatro hay que caminar, ir a la puerta misma, pasar por los carteles, respirar el aire del lugar y acercarse con incertidumbre. ¡Si hasta resulta placentero ese encontrarse con los letreros de “entradas agotadas”! (no porque sufra de algún “masoquismo esquizofrénico” —si eso existe—, sino porque anima ver cómo la gente llena las salas). Por supuesto que es mucho más emocionante aun acercarse a la ventanilla de los teatros que no tienen los avisos de “todas las localidades vendidas” y preguntar qué sitios quedan para la función de la noche y escoger ese lugar que no es el mejor (porque los mejores, o ya fueron tomados o, si alguno nos coquetea, es impagable) pero que, como alguien dijo, “no importa, porque esos teatros están bien construidos y en un buen teatro todos los sitios son buenos”. O, es todavía más hermoso, decidirse por “esa” obra, no dejarse amilanar por las malas nuevas y atreverse a hacer una paciente fila en la calle de al lado (cerca de la puerta por donde entran los actores), a dos grados sobre cero, para ver si es posible capturar las devoluciones de alguno que perdió el vuelo o el tren o la paciencia y no llegará a tiempo a recoger sus entradas.

La primera noche en Londres debe ser para Shakespeare. Noche de reyes es una deliciosa comedia de identidades equivocadas que, con una actualidad permanente (en estos tiempos de mil falsas personalidades en Internet), hace reír al público y lo solidariza con unos personajes, lo enemista con otros, lo conmueve con las penas de amor y lo emociona con los amores realizados. Los actores impecables, el vestuario preciso, las luces adecuadas, todo contribuyendo a un ambiente que ilumina hasta los adentros de uno y nos envuelve en esa magia invencible y milenaria del buen teatro.

No escuché un solo teléfono interrumpir los monólogos de Shakespeare, no oí los cuchicheos irritantes de los idiotas que creen que es inteligente contestar para decir “estoy-en-el-teatro-no-puedo-hablar” (y repetirlo tres veces porque el cretino del otro lado del auricular no entiende nada), no hubo ninguna indiscreta luz de celular deslumbrándome mientras alguna subnormal cree responder discretamente el mensaje que el pretendiente de turno le envía, no me perturbó el ruido de ningún troglodita atragantándose en medio de la obra y nadie salió ni entró de la sala cuando la función había comenzado. Una delicia.

La noche siguiente fue Los miserables, el musical basado en la obra de Víctor Hugo. El protagonismo de Jean Valjean es impecable y la cándida belleza de Cosette resulta inolvidable; sin embargo, el espectáculo se lo roban los Thénardier, esos odiosos, sucios y repudiables taberneros provincianos que hacen de su actuación un fluir de emociones que van desde el desprecio más profundo hasta la más espantosa —pero paradójicamente cómica— familiaridad. La música es extraordinaria, las voces limpias y apasionadas, la obra, como un todo, completa. De todas las escenas, tres son impagables, la de las obreras que condenan a Fantine por cuidar cobarde y egoístamente de sus miserias, la de la cantina de los Thénardier donde el mesonero se muestra en su más simpática y despreciable realidad y, la mejor de todas, la del llamado que realizan los jóvenes idealistas al pueblo de Francia para que respalde la rebelión y alce las barricadas “de los que se niegan a ser esclavos nuevamente”.

Por no ser (o hacer) menos, la última noche elegí a Beckett y esa obra maestra del absurdo en la que Vladimir y Estragón esperan inútilmente a aquel que jamás llega. Previsor, fui al teatro al promediar la tarde y compré el boleto. Tenía tres o cuatro horas y me lancé por las calles del Soho a curiosear.

Anduve por callejuelas y pasajes poco transitados, subí y bajé escaleras estrechas y empinadas, abrí y cerré puertas, vi gente, mucha gente, gente de todas partes, buscando la felicidad o el momento (que me empiezan a parecer lo mismo), reí y rieron, conversé y me conversaron, y el tiempo (ese canalla) se me escapó sin darme cuenta. Y así, sin demasiado remordimiento, está vez fui yo el que dejó a Godot esperando...

Desde la isla de Java, 27 de febrero del 2010