Smiling Bus

Manual para cruzar la frontera (2)

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Quien decida cruzar la frontera que separa Singapur de Malasia, hágalo, como decía Machado, “ligero de equipaje”. Cuanto menos cosas, mejor. Lo primero es levantarse temprano, sin madrugar pero sin dejar que se escape la mañana. Si lo que uno va a hacer es comprar en los centros comerciales (aprovechándose de la diferencia de valor entre el dólar singapurense y el ringgit malayo, SG$1,00 = MYR2,54), hay que tener en cuenta que éstos abren a las diez de la mañana y no tiene sentido llegar antes para quedarse parado en la puerta (si el apuro lo pone “al otro lado” muy temprano, no pasa nada, al frente de Bukit Indah hay un McDonald’s que atiende 24 horas y un desayuno extracalórico antes de la jornada tampoco es que venga mal).

Como vivimos en Choa Chu Kang (“al otro lado de la isla”, para los turistas que sólo conocen Orchard Road y Marina Bay Sands), la estación Jurong East del MRT (el metro local, línea roja) nos queda a sólo tres paradas. En Jurong, si tiene hambre, aguánteselo, que Jems (el centro comercial más cercano) está cerrado y el Wendy’s de la estación es un desastre y, encima, caro. En la parada de los buses (a pocos pasos de la del metro) hay lugares para esperar infinidad de líneas que llevan por toda la isla; además, se encuentra el paradero de la ruta CW3 (“Causeway Link, the smiling bus”), que cruza “al otro lado”. Para subir hay que pagar en efectivo (SG$4,00) y se recomienda conservar el boleto.

El bus tiene una frecuencia de quince minutos y la cola es suficiente larga como para llenarlo a tope, cual lata de sardinas (no se asuste si escucha gritos destemplados, resulta que los encargados son bastante entusiastas a la hora de exigir a la gente que “se acomode” para dejar espacio para más pasajeros). Nosotros decidimos esperar el siguiente e ir sentados.

El recorrido hasta el puesto fronterizo dura poco menos de veinte minutos. El bus avanza sin detenerse hasta Tuas, el cruce “nuevo”, justo antes del estrecho de Johor. Llegados allí hay que apearse. Los que saben, salen corriendo y, sólo entonces, uno entiende por qué hay quienes no tienen ningún problema con viajar de pie, ¡son los primeros en abandonar el transporte para marchar, raudos y veloces, hasta el control de migraciones!

En migraciones hay dos posibilidades, o uno hace la cola en el control manual, “buenos días, su pasaporte, por favor”, revisión, sello, “buen viaje”, o, si uno es singapurense, residente permanente o tiene visa de trabajo, se abre la opción del control automático, escanear el pasaporte, poner el dedo pulgar para que la huella dactilar sea comparada con la del archivo y, ¡abracadabra!, la máquina abre las puertas y aparece un mensaje en la pantalla: “Buen viaje, señor Fulano de Tal”. Eso sí, verifíquese primero si es que es necesaria o no una visa para acceder a Malasia, si la respuesta es “sí”, mala suerte, use el control manual porque la máquina lo rechazará y habrá perdido varios minutos inútilmente.

Pasado el control hay que salir a un inmenso estacionamiento donde se hallan muchos buses. Esa es la llamada “tierra de nadie”, técnicamente uno ya abandonó Singapur y aún no ha entrado en Malasia, ¿qué sucede si algo sucede? Digamos, ¿una emergencia médica, un accidente? Ni idea, por las dudas, camine despacio y no se agite, que no hay apuro. Ahora bien, si por a, be o zeta razones, el asunto en el control de migraciones tomó mucho tiempo, “el bus que sonríe” se habrá marchado. Usted no deje de sonreír ni se desespere; quince minutos después aparecerá otro ómnibus idéntico que recibirá a todos los que allí se encuentren haciendo cola para cruzar los mil metros del puente que separan un país del otro (nadie le pedirá el boleto ni le preguntará qué quiere o a dónde va, todos quieren lo mismo y van, indistintamente, al mismo lugar).

Llegados al lado malayo, otra fila y otro control manual (hay uno automático llamado “MACS”, Malaysia Automated Clearance System, pero no vi a nadie que lo usara y entiendo que sólo es para viajeros frecuentes, ya sea porque trabajan en Singapur o tienen negocios en Johor Bahru, investigaré, que su mayor virtud es que uno se evita un sello más en el pasaporte).

Es después de pasar migraciones y antes de salir a tomar el bus que, ¡por fin!, nos llevará al destino, que uno se encuentra con los oficiales de aduanas (yo creo que eso de poner cara de pocos amigos les viene escrito en el reglamento) y, claro, como en todos los países del área (Malasia, Singapur, Indonesia) uno se topa con grandes avisos comunicando al viajero que si se le ocurrió traficar drogas, se expone a ser condenado a muerte...