Estábamos apostados tras las persianas anhelando que uno más lograra llegar
a casa. Contra la cerca se apretujaban los incrédulos y los curiosos, en tanto
el lodazal y el cantero de césped sin caminos eran siempre un promisorio
hervidero de gente bien vestida. En general, al arribo de uno sucedía el de los
dos o tres que lo habían seguido con atención, se habían sobresaltado ante su
susto, se habían ensuciado los zapatos cuando él atravesaba el lodo, y habían
tiritado en sus trajes cuando los regadores lo empaparon. Estos dos o tres
hallaban abierta frente a sí una puerta distinta a la principal aunque no menos
bella, y tras un proceso del que sólo he oído referencias vagas, se integraban
al ejército de guías, amos de llaves y personal de servicio; y sólo llegaban
a tener nombre tras haber entregado la palabra y el lugar cincuenta veces y dos
más. La fuente, cuyo diseño contemplaba un nuevo lado y otro chorro por cada
habitante de la casa, escondida en la cocina desierta exigía ser limpiada de
continuo. Junto a ella, se apilaba la antigua porqueriza, desde justo antes del
incendio. Sólo el personal de servicio pasaba por allí y por boca de ellos
conocíamos la historia, y sabíamos que hubo una noche que nunca había
terminado, que volvería aún para ser día. No había nada que temer: el clima
nos pertenecía. Pero cuando fue más que las baldosas del salón la suma de
postigos y placares y cestos de impecables desperdicios, la música comenzó a
disonar, o acaso fueron tan sólo los pasos de la danza. El lodazal hacía
resbalar a los más novatos, y alguien reportó un agujero tan sospechoso como
inútil en la puerta adjunta al sótano en la azotea. Era muy temprano para
nuestro tiempo: faltaban las torres aún y los días de Acuario, y el garaje que
alguien creía haber visto en un plano que habíamos olvidado desde que uno de
los nuevos cedió a la tentación de dibujarlo. Había que empezar de nuevo.
Ordenamos cambiar de inmediato la celebración por una jornada de ayuno y
llanto, en que la sed medraría sobre el calor de cada quien. Y entonces
apareció alguien por la escalera que comunicaba, en lo alto de un mismo piso,
el observatorio de puestas de sol y el espacio lúdico que destinábamos a las
reuniones de perplejidad. Llegó danzando un nuevo paso, que nos hizo sublimar
proyectos y preocupaciones abocándonos de inmediato, en una danza que liberaba
del silencio a una música que componíamos con pasión, a recomponer el mundo,
el mundo nuestro, este mundo.
"Redactar la vida cantando" es un capítulo de la novela por entregas Por amor: el Templo de Pasos.