Marshall McLuhan,
el profeta de la era electrónica
Allá por los años 60, Herbert Marshall Mc Luhan era llamado por sus seguidores “la estrella radiante del Canadá” y “el profeta de los conductos mágicos”. Su libro The Gutenberg Galaxy (1960) fue la bomba que desencadenó otras explosiones que elevaron a McLuhan al cenit de la fama y de la polémica con la publicación de On Understanding Media, The Medium is the Message y War and Peace in the Global Village .
Nacido en Edmonton (Alberta) en 1911, se graduó en ingeniería en Manitoba, viajó a Inglaterra y la Universidad de Cambridge le concedió el diploma de letras.
Su nomadismo docente lo llevó a las universidades de Wisconsin, Saint Louis, Assumption University, Toronto y Fordham (NewYork).
Las publicaciones mencionadas lo convirtieron en el centro de los comentaristas de moda, que lo zarandearon entre el ditirambo y el denuesto. Algunos lo erigieron como el oráculo de la era cibernética y otros lo tomaron por un charlatán desaprensivo que escamoteaba el rigor científico. De todos modos, el controvertido McLuhan emergió como el ideólogo del vídeo y de los medios electrónicos.
Las teorías de este canadiense acrobático condenan a muerte al viejo racionalismo cartesiano y lo reemplazan con un racionalismo unitario que se basa únicamente en imágenes del mundo. En el fondo de su metodología asistemática, McLuhan se porta como un romántico que pretende abarcarlo y resolverlo todo. Sus análisis seudorracionalistas establecen la conclusión, o más bien la afirmación (porque nunca demuestra nada), de que la imagen de Narciso, reflejada en el espejo del agua, es una extensión, una ampliación del ego y, por consiguiente (mediante el juego etimológico entre Narciso y narcótico), una narcotización o una autoamputación del yo. Y, acto seguido, ya puede pontificar imperturbable: “Cultura es ampliación, y ampliación es autoamputación”.
McLuhan exhibe una colección de generalidades que no pueden ser refutadas pero tampoco demostradas y entonces nos coloca en la misma posición que frente a los dogmas o las adhesiones políticas y deportivas. No existen los matices, ni la multiplicidad de opciones, ni las hipótesis.
Con una prosa aforística y fascinante, que lo emparienta con los profetas bíblicos, con Heráclito de Éfeso o con Nietzsche, el católico McLuhan pretende evidenciar que su doctrina tecnológica de los medios tiene un fundamento teológico: “Así, por ejemplo, el concepto cristiano del cuerpo místico —según el cual todos los miembros son miembros del cuerpo místico de Cristo— se convierte en una realidad, llevado de la mano de la tecnología a nivel electrónico”.
Con imperturbabilidad profética, McLuhan salmodia sus generalizaciones:
La rueda es una ampliación del pie.
El idioma es una ampliación del oído.
El libro es una ampliación del ojo.
La indumentaria es una ampliación de la piel.
El hábitat es una ampliación de la piel.
La ciudad es una ampliación de la piel.
La técnica de la conmutación eléctrica es una ampliación del sistema nervioso.
Para el canadiense, el alfabeto fonético ha amputado sentidos como el olfato, el tacto, el oído y ha liberado al individuo de la mágica red de la lengua y del parentesco sanguíneo que lo ataba a la tribu. No aduce pruebas, porque tanto la precisión conceptual como la misma lógica las considera formas anticuadas de aprehender la realidad. A sabiendas, o no, McLuhan ha desembocado en el no-libro, en la colección de eslóganes publicitarios o políticos, matizados con fotografías, carteles e ilustraciones, como si hubiera caído en la cuenta de que esas modalidades respondiesen mejor a su mentalidad que la anticuada actividad de escribir libros y publicarlos. Y respondiendo a esa nueva concepción, restallan sus asertos:
Maldito L.S.D., desesperada estrategia de la guerra química contra el bombardeo de nuestros sentimientos por el ambiente manufacturado.
La ciudad ya no existe, excepto como un espectro cultural para turistas.
Cualquier hostería de la ruta, con su receptor de TV, periódico o revista, es tan cosmopolita como París o Nueva York.
La metrópoli es hoy un aula y los anuncios publicitarios sus maestros.
El aula tradicional es una cárcel anticuada, una mazmorra feudal.
La ciudad es obsoleta. Pregunte a la computadora.
Hable de modo que yo pueda verlo. ¿Su lengua es ciega?
Bendito el arte publicitario por su pictórica vitalidad y su verbal creatividad.
Benditos The Beatles por reafirmar que la mano que mece la cuna rige el mundo.
En la era de la información, el hombre juntacomida vuelve como el hombre descubrecosas.
El hombre prealfabético externalizaba todo su cuerpo en el barco, la casa o los rodillos (los incas no conocían la rueda).
Los europeos entran en su casa para encontrar su vida privada y salen de ella para estar en comunidad. Para los norteamericanos sucede lo contrario (...). En un hogar norteamericano, las puertas están abiertas de par en par y los chicos mandan sobre todo, de modo particular sobre el papá, que no es más que un chiste. Como resultado, el automóvil es el lugar privado más privilegiado de los norteamericanos. Cuando un norteamericano quiere sentirse solo, parte en su coche.
El hombre alfabético se especializó en externalizar partes de sí mismo —verbigracia el libro en comparación con la película cinematográfica.
El hombre electrónico, como el hombre prealfabético, extrae por ablación o externaliza al hombre total. Su ambiente de información es su propio sistema nervioso.
El peligro de McLuhan reside en que suele expresar verdades relativamente grandes como algunas islas rodeadas por un océano de contradicciones, cuando no de falsedades. Pero el riesgo estremecedor, que él no previó en su alegre desenfado (como lo entrevieron George Orwell y Ray Bradbury), se agazapa en el concepto aparentemente idílico de la “aldea global” que entona la conocida musiquita de una visión totalitaria y una interpretación omnímoda del mundo, de la sociedad de ayer, de hoy y de mañana, todo un sueño delirante y morboso del pensamiento romántico:
La interdependencia creada ahora por la electrónica convierte al mundo en una aldea única.
Vivimos en un mundo nuevo, en el mundo de la simultaneidad. El “tiempo” ha desaparecido, el “espacio” ha huido. Hoy vivimos en una aldea única, en un acontecer único por simultáneo. Vivimos de nuevo en la dimensión del oído. Por eso hemos empezado nuevamente a dar forma a presentimientos ancestrales, a sensaciones atávicas, de las que hasta el momento nos separaban varios siglos de alfabetismo.
El luhanismo ha ejercido y sigue ejerciendo (después de la muerte del autor en 1981) gran influencia entre las cohortes, cada vez más numerosas, de fabricantes de medios que prefieren los beneficios del lucro a la idea de planificar con criterio la producción de sus artículos. En ese entorno, McLuhan ya es un clásico.
Las universidades europeas, especialmente las alemanas, han sido las más objetivas en los juicios sobre McLuhan:
La idea de McLuhan desemboca en el descubrimiento o exigencia de una nueva conciencia colectiva que arrasa con la vieja conciencia individual. No es fácil dictaminar si todo esto es algo bueno, como pretenden los magos de la publicidad y sueñan los políticos (Carl Hohoff).
Lo sectario, lo revolucionario apunta a la irracionalidad. La conexión con una forma de profecía técnica, decididamente clarividente, nos prohíbe un juicio despectivo, precipitado y fácil. Personalmente, no creo que el fenómeno tenga efecto en la conciencia europea. A los europeos les sobra con sus propios irracionalismos (Herbert von Boch).
Una mezcolanza caótica de afirmaciones graciosas, ingeniosas lucubraciones, falsas comparaciones, peregrinas ideas, disparates sin tino, golpes por sorpresa bien logrados, dichos que provocan la hilaridad, mistificaciones en tono de oráculo; todo eso amalgamado con descaro y arbitrariedad en un monólogo interminable y repelente. Y, sin embargo, en mi opinión, el luhanismo contiene también una tesis muy digna de consideración (Arthur Schlesinger, Jr.).
Más que la estricta originalidad de sus ideas, lo que fascina de McLuhan es su mágica habilidad para expresarlas en síntesis brillantes mediante una técnica de divulgación sumamente atractiva.
Su tesis fundamental es la que identifica al medio con el mensaje: The Medium is the Message. Para McLuhan es menos importante el contenido de un mensaje que la forma del medio que la formula:
Nuestra ilusión de contenido deriva de que un medio está dentro de otro o es simultáneo con éste. Por la misma razón, la música instrumental carece de contenido y el arte no-objetivo es de igual modo una manipulación abstracta de las modalidades de la vista.
El sueño luhaniano de la sociedad tribal que aprendía escuchando (y fue interrumpido por Gutenberg, que impuso con su paréntesis tipográfico una lógica especial ajena a la naturaleza humana) regresa, al conjuro de sus oráculos, como la tribu desindividualizada, unitaria e hipnótica ante la arremetida de los medios audiovisuales.
Más que un filósofo de la comunicación, podemos considerar a Marshall McLuhan un profeta que intuyó la era actual, donde los mass media comunication actúan como señores de la sociedad. André Brincourt supo resumir con un sarcasmo la marejada ideológica del siglo XX, aunque ya resulte parcialmente obsoleta: “Resueltamente, con el mundo moderno, se oye resonar este balido que recorre los continentes: Ma – Ma – Ma – Ma (Marx, Mao, Marshall McLuhan)”.