¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Marlon Brando como Vito Corleone, en “El Padrino”Maffia o mafia

El hecho suele repetirse sin demasiadas variantes: a la vista de todo el mundo, en la plaza más concurrida de Palermo, un individuo se desploma a tiros de escopeta. Intervienen los carabineros para interrogar a los testigos. Nadie ha visto ni oído nada o no entiende lo que se le pregunta. Un sargento peninsular puede pasarse horas de interrogatorios y obtendrá el mismo resultado que si pretendiera sacar jugo de un guijarro.

Existe una ley no escrita de la mafia que se llama l’omertá. Es la ley del silencio. Ningún siciliano se atreve a quebrantarla, aunque se trate de un atentado contra su familia o contra él mismo, que ha esquivado por milagro.

Las tramas son indescifrables, aunque muestren hilos sueltos. Ha habido avisos previos: el incendio de un negocio, un rebaño acribillado a tiros, una bala perdida que pasa rozando al destinatario. Y si éste no entiende es porque no quiere entender o es demasiado tonto.

La maffia no amenaza. Apenas avisa y es capaz de hacerlo con el refinamiento más hipócrita de las buenas maneras. La maffia no tortura porque su especialidad es despachar perentorios pasaportes para el más allá. La maffia protege a los latifundistas y a la aristocracia siciliana, mediante el pago de un tributo. Ningún siciliano protegido por la policía se siente seguro, pero bajo la protección de la maffia no le teme a nada.

Los secuestros perpetrados contra gente adinerada obedecen a formas de la más estricta urbanidad. La maffia invita a un rico a que sea su huésped y no lo soltará hasta que no haya pagado no sólo el precio del rescate sino el alojamiento y comida, como si se tratara de un hotel de cinco estrellas.

¿Cuál es el origen de esta autodenominada onorabile societá?

Algunos la creen tan antigua como la misma Sicilia. La isla, donde Hefaistos o Vulcano disponía de la fragua del Etna para forjar las armas de los dioses, ha sido oprimida durante siglos por los romanos, los musulmanes, los normandos, los alemanes, los franceses, los españoles y, en el último siglo y medio, por el gobierno central de Roma. Ha sido una opresión secular, salpicada de esclavitudes, explotación de la mano de obra, ultrajes a las mujeres y asesinatos de sus caudillos.

La reacción se tradujo en esa “honorable sociedad”, llamada “maffia” o “mafia”, una organización secreta destinada a vengar los agravios. Si un noble violaba a la mujer o a la hija de un labriego, o un jefe de policía torturaba a un ratero, no había modo de llegar a un tribunal que los condenase.

Los ultrajados (y había centenares) se organizaron en la sombra como una especie de gobierno subterráneo más poderoso que el que ofrecía la careta de la legalidad. Los sicilianos habían aprendido, en varios siglos de experiencia, que era inútil acudir a un tribunal o a la policía para reclamar justicia. Y descubrieron que la forma más expeditiva la detentaba la maffia, de la que recibía toda suerte de garantías. Poco a poco se convencieron de que el mayor delito que se puede cometer en Sicilia es quebrantar la ley de l’omertá, la lapidaria ley del silencio.

Etimológicamente, la palabra maffia parece remontarse hasta el siglo X, cuando los árabes dominaban la isla. En árabe, maffia equivale a “lugar de refugio” y la tradición de la isla reconoce un pasado larguísimo de escondites en la tortuosa geografía siciliana.

En la actualidad, la palabra se ha internacionalizado de tal modo que no hay país donde no se hable de tal o cual mafia, según la especialidad de sus actividades delictivas.

Conviene aclarar que el apellido Maffia (habría que pronunciarlo Maffía y sirva de ejemplo, Pedro Maffía, el ilustre compositor de tangos) no guarda relación ni parentesco con ninguna forma de la delincuencia. Es un simple derivado de Matteo, lo mismo que Mattei y que Mattía, Maffeo, Mazzei, Mattiello, Maffetti, Maffioli, Maffiotti, Mazullo, Feo, Difeo y unos cuantos más.