Los nombres de pila o familiares, en las sociedades occidentales, suelen asociarse con las vicisitudes del martirologio o de las canonizaciones cristianas, nombres que nos recuerdan el espíritu práctico de la Roma imperial, nombres con la capacidad de símbolo de la civilización helénica, nombres germánicos con brillo de armas y animales heráldicos y nombres con resonancias bíblicas de los hijos de Israel.
En las sociedades antiguas se establecía un vínculo mágico entre el significado del nombre y el portador, pero, en la actualidad, la mayoría de los onomásticos obedecen al imperio de la moda que se desliga de la carga semántica.
En algunas tribus de África suele darse al niño el nombre del fetiche que preside la semana de su nacimiento, y se oculta a los extraños para preservarlo de presuntos maleficios.
En la prensa amarilla y en las revistas del corazón, y entre aprovechadores de la ignorancia de la gente, se fomenta una onomancia “horoscopera”, según la cual existiría una relación entre el nombre de un individuo y su carácter y hasta su destino.
A modo de ejemplo, me permito citar un caso antológico de la irresponsabilidad de ciertas onomancias: El libro de los nombres. Ediciones Obelisco. Barcelona (España), 1994:
Javier. Procede del árabe y significa “brillante”.
En efecto, los Javier son brillantes como su nombre lo indica. Sea cual sea la esfera en la que se desenvuelvan, sobresalen por encima de la medianía, y se sitúan, ya de entrada en la élite. Aunque bien dotados intelectualmente, muestran siempre un gran afán por saber, por conocer. Si su vida debe hacer de ellos hombres de acción, saben, sin descuidar, no obstante, su cultura, mostrarse decididos, voluntariosos y resolutivos...
Muy emotivos y afectuosos, cuidan, no obstante, su dignidad para no dejarse dominar ni arrastrar por la pasión.
Paso por alto la sintaxis deplorable y me atengo exclusivamente a la presunta onomancia. El nombre de pila Javier no procede del árabe ni significa “brillante”. Javier es la castellanización del euskera Etxeberri o Etxaberri, con significado de “casa nueva”. No hace falta ser tan “brillante” como los Javier para inferir que mal se puede creer en una onomancia cuyo adivino es incapaz de averiguar el origen y el significado de un nombre.