Masoquismo
Leopold Sacher-Masoch (1836-1895) fue un noble austríaco que disfrutó la gloria literaria mientras vivía y cuya obra fue olvidada después de muerto; no así su apellido, del que Kraft-Ebing se apoderó para resumir, en el término masoquismo, la perversión que apela al envilecimiento y al dolor para estimular el placer.
Su primera esposa, Aurora von Rümlein, en el libro Confession de ma vie (1907), reflejó las obsesiones de su marido: “Tenía un doble ideal de mujer, uno bueno y otro malo, que se disputaban su alma”. (...) “La moralidad y la bondad (de las mujeres buenas) adolecían de cálculo o de falta de temperamento; nada en ellas era verdadero, y lo más triste es que ni ellas se daban cuenta de su falsedad y deformación. Nada le repugnaba tanto como lo falso y artificial. La mujer mala, en cambio, tenía al menos la sinceridad de su brutalidad, de su egoísmo y de sus malos instintos. Encontrar una mujer noble y fuerte había sido su deseo más ardiente, la había buscado, pero en vano. Cansado de las decepciones, se inclinaba por otro ideal. Prefería verse arruinado por un hermoso demonio que aburrirse con una mujer supuestamente virtuosa. Para él valía más una hora de voluptuosidad que un siglo de existencia vacía”.
En su persecución de la mujer inexistente, no se contentó con verter en sus novelas las propias carencias sino que pretendió convertir a su esposa Aurora en Wanda, la protagonista de La Venus de las pieles, su novela más representativa. La llamaba sólo Wanda, le compró varios abrigos de pieles, la obligó a azotarlo, le firmó un contrato y le creaba situaciones para que ella le fuera infiel. Aurora se hartó de soportar durante diez años el papel de Wanda y se separó de Masoch: “Ya no sentía lástima por él, sino odio; donde creí que había amor y bondad, sólo veía el egoísmo más cruel; lo que me había esforzado por entender y perdonar como impulsos de la imaginación de un novelista, era la más grosera, la más baja lujuria que, cegada por sí misma, atentaba sin vacilar contra lo más sagrado: la madre”.
La Venus de las pieles nos presenta a un Severino enamorado de Wanda, a la que hace firmar un contrato mediante el que, en adelante, deberá tratarlo como un esclavo, según puede leerse a continuación:
“Contrato entre la señora Wanda de Dunaiew y el señor Severino de Kusienski
“El señor Severino de Kusienski quiere, desde el día de hoy, ser el prometido de la señora Wanda de Dunaiew, renunciando a todos sus derechos de amante y obligándose, bajo palabra de honor y de caballero, a ser su esclavo en tanto que ella no le conceda la libertad.
“Como esclavo de la señora Dunaiew, tomará el nombre de Gregorio, y se compromete a satisfacer sin reservas todos los deseos de la susodicha señora, su dueña, obedeciendo todas sus órdenes, siéndole humildemente sumiso, considerando cualquier merced que reciba como una gracia extraordinaria.
“La señora Dunaiew no sólo adquiere el derecho de golpear a su esclavo por las faltas que cometa, sino también el de maltratarlo por capricho o por pasatiempo, incluso hasta matarlo si le place. Queda, en suma, como de su propiedad absoluta”.
Podríamos seguir con muchísimos más botones de muestra, pero no vale la pena abundar sobre quien llegó a escribir también: “Para mí hay un atractivo singular en el sufrimiento; la tiranía, la crueldad y, sobre todo, la infidelidad de una hermosa mujer estimulan mucho mi pasión”.