¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Leopoldo LugonesLa tragedia de Leopoldo Lugones (1874-1938)

“Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada”
(Leopoldo Lugones: extraído del discurso que pronunció en 1924, con motivo del Centenario de la batalla de Ayacucho)

Tibi unicae sponsae, torturae meae, unicissimae
(Leopoldo Lugones. Dedicatoria de El libro fiel a su esposa Juana González)

Al juez que intervenga.

No puedo concluir la Historia de Roca. ¡Basta! Pido que me sepulten en la tierra, sin cajón y sin ningún tipo de nombre. Prohíbo que se dé mi nombre a ningún sitio público. Nada reprocho a nadie. El único responsable soy yo de todos mis actos.

Con la clara y firme caligrafía de siempre dejaba la nota junto a la media botella de whisky que lo había ayudado a enfrentar el cianuro que aún blanqueaba en el fondo de un vaso vacío.

Su amigo Horacio Quiroga lo había precedido el año anterior con un ritual casi idéntico. Si consideramos que Lugones calificó la muerte de su amigo de “suicidio de mucama”, podemos ir dándonos una idea de su personalidad.

Sesenta y tres años y ocho meses de vida, y cuarenta de contradicciones, de evoluciones y retrocesos ideológicos y de vanidosas pirotecnias metafóricas se aniquilaban en la habitación de un recreo del Delta del Paraná.

Así concluía la “historia de un hombre que, sin saberlo, se negó a la pasión y laboriosamente erigió altos e ilustres edificios verbales hasta que el frío y la soledad lo alcanzan. Entonces aquel hombre, señor de todas las palabras y de todas las pompas de la palabra, sintió en la entraña que la realidad no es verbal y puede ser incomunicable y atroz, y fue callado y solo a buscar, en el crepúsculo de una isla, la muerte” (Borges).

Escritores argentinos de todas las tendencias han consagrado libros y ensayos periodísticos a ese señor de terno impecable (a quien no parecía afectar el calor agobiante de aquel viernes 18 de febrero de 1938) que solemne y huraño, sacaba boleto hasta la estación de Tigre, donde abandonaba el tren para abordar una lancha y, tras sortear el entrevero de islas y canales, se apeaba en el recreo “El Tropezón”.

Nadie se percató del drama que lo corroía.

La noticia del suicidio conmocionó a los escritores jóvenes que alternativamente lo habían admirado y atacado, a los políticos que se habían escandalizado con su proclama de “la hora de la espada” y con las conferencias antiparlamentarias y militaristas del teatro Coliseo, los mismos que no podían olvidar que don Leopoldo había sido el autor intelectual del golpe de Uriburu en 1930.

Lugones había entregado la vida y la obra al bronce monumental y se había quedado tan solo y tan frío como el bronce con el que con soñó que le perpetuaría.

El poeta César Fernández Moreno, con la ecuanimidad de 30 años de distancia, vio en el suicidio del autor de Lunario sentimental “la más profunda autocrítica, un juicio exaltado, como todo en él, sobre el disrumbo de su vida”.

El belicoso Borges de los años juveniles que lo trató de “casi nadie, muy frangollón y muy ripioso”, después escribiría contrito en la revista Nosotros: “Decir que ha muerto el primer escritor de nuestro idioma es decir la estricta verdad, y es decir muy poco”.

Borges sobrellevó, a lo largo de su vida, una lucha interior entre la objetividad y el complejo de culpa por la muerte de Lugones.

Por un lado lo veía “arbitrario”, “desagradable”, “amargo”, “desdichado”, “admirado por todos y querido por nadie”, “jactancioso de ser el marido más fiel de Buenos Aires y que al final tuvo una querida”.

Ya más cerca de la inquina que de la objetividad, lo acusaba de escribir con el diccionario completo, de entregarse a una retórica que el mismo Borges, a veces, imitó, y remataba la estocada afirmando que La Guerra Gaucha es “un libro en broma”, donde “todo parece cartón: caballos embalsamados, gauchos de cera, cordillera de cartón piedra”. Y si acaso no bastaba, recordaba que “el hijo de Lugones, de su mismo nombre, cuando era director de la Penitenciaría, torturaba a los radicales introduciendo sus cabezas en baldes de bosta”.

Compelido por la culpabilidad, Borges le dedicó El hacedor en 1960 con palabras conmovedoras: “Si no me engaño, usted no me malquería, Lugones, y me hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío”.

Cuantos se adentraron alguna vez en los vericuetos de la obra y de la personalidad de nuestro Maurras criollo, cargando o mitigando las tintas, según el grado de animadversión o de simpatía, suelen coincidir en los siguientes puntos de su evolución ideológica:

  • Anarquismo anticlerical del adolescente cordobés que se proclamaba en las calles “enemigo personal de Dios”.
  • Militancia tan entusiasta como fugaz en el socialismo.
  • Adhesión al liberalismo roquista e ingreso en la masonería donde medra hasta alcanzar el grado de “venerable hermano 33”.
  • Desarrollo de tendencias fascistas, militarismo creciente y prédica antiparlamentaria.
  • Tibia aproximación a un catolicismo que no le hizo abandonar las creencias teosóficas ni el estoicismo pagano.
  • Pasión creciente por una Argentina grande, valor moral y desprecio por las trapisondas políticas.

Fue el ampuloso y mimado juglar de una Argentina oligárquica porque, según él, “la historia, en coincidencia con todos los pensadores, de Aristóteles a Renán, demuestra que los mejores gobiernos suelen ser las oligarquías inteligentes”.

Carente de sentido del humor, esa forma suprema de la sabiduría, se tomó en serio la misión providencial de orientar el rumbo aberrante de una colonia de mercachifles.

Exhibicionista del revólver en el escritorio, o al cinto, algunas de sus polémicas o diferencias de opinión solían dirimirse por la vía expeditiva del puntapié, de la cachetada o del reto a duelo.

Juan José Sebreli ha reducido el nacionalismo de Lugones a mera xenofobia contra “la plebe ultramarina de mendigos ingratos”.

Por ese motivo, el autor de El payador necesitaba imperiosamente esgrimir la figura del “gaucho viril, sin amo en su pampa”, para enfrentarla con la “triste chusma cuya libertad consiste en elegir sus propios amos”.

Elitista acérrimo y sin pelos en la lengua, declara que le “causa repulsivo frío la clientela de la urna y del comité y la paparrucha democrática”.

La contundencia dogmática de sus asertos y las conferencias militaristas del teatro Coliseo le suscitaron escándalos y enemigos por doquier.

El diputado radical Saccone pide informes al Poder Ejecutivo sobre lo que califica como delito “porque así también lo califica el Código Penal vigente”: “El poeta Leopoldo Lugones se ha permitido rebatir, atacar, molestar, pretendiéndolo destruir, el orden constitucional establecido”.

A su vez, el socialista Rodeyro acota que para Lugones “es muy cómodo hablar en contra de la burocracia cuando se tiene un presupuesto anual de 800 pesos”.

La automática respuesta del poeta en el artículo de La Nación “Pido la palabra”, estuvo a la altura de su altivez y de su mordacidad antiparlamentaria: “Eso es pues lo que el Estado me paga por mi trabajo, no por la cautividad de mi pensamiento y de mi conciencia, que nunca serán valores cotizables”.

“Si fuera yo a compararme, pues, saldría más útil y enormemente menos oneroso que los legisladores retribuidos con fuertes dietas y prebendas durante el año entero, para trabajar solamente los cinco meses del período constitucional, que malogran todavía con inasistencias, maniobras y debates inútiles o peores, hasta hacer del Parlamento Argentino uno de los más caros y estériles del mundo”.

Y, refiriéndose a “la secta de los socialistas”, concluye que “los que hacen política sobre la miseria son tan ruines como los que la explotan”.

Toda la seguridad del mundo, toda la contundencia, todo el aplomo que dejaba mudos a los que lo censuraban, todo el narcisismo herido y toda la suficiencia no hacían más que acarrearle nuevos enemigos.

Los jóvenes vanguardistas de la revista Martín Fierro lo atacaron con más inteligencia que los diputados, pues apuntaban las baterías a demoler, o al menos hacer tambalear, la estatua del último prócer de una dinastía de figurones.

La aparición de Romancero en 1924 fue acogida en la revista mencionada con un escueto y corrosivo título: Román: cero.

En el Nº 14-15 le dedicaban este epitafio en vida: “En aqueste panteón / yace Leopoldo Lugones, / quien, leyendo La Nación, / murió entre las convulsiones / de una autointoxicación”.

Y en el Nº 43 volvían a la carga: “Fue don Leopoldo Lugones / un escritor de cartel / que transformaba el papel / en enormes papelones. / Murió no se sabe cómo. / Esta hipótesis propuse: / Fue aplastado por el tomo / de un diccionario Larousse”.

Veinte años antes, en la revista Vida intelectual, de Santa Fe, Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast) ya se había ensañado con Los crepúsculos del jardín y calificaba el poemario de “el gran cuento del tío de la literatura nacional” y tildaba a su autor de “semejante poetastro con aficiones de colla, enamorado de los abalorios, que se entretiene en hacer sartas con las mismas palabras y de los mismos términos, amontonándolos sin ton ni son, con una originalidad ramplona y con un mal gusto desesperante”.

El golpe de 1930 lo condujo a una apoteosis tan íntima como ilusoria.

Lugones había redactado de un tirón la proclama golpista que, a lo largo de 50 años, se confirmaría como un reiterado y nefasto vaticinio: “Este ejército democrático que interviene y que intervendrá cada vez más en la democracia puramente civil del liberalismo”.

Después de 1930, ya no le molestarían más ni el parlamento abolido, ese “cadáver en descomposición que contamina cuanto toca”, ni los diputados y senadores que individualmente eran convertidos en “analfabetos que vienen transpirando a través de sus casimires el olor del chivo rural”.

Traicionados los ideales que había forjado (“...en las revoluciones los autores son siempre víctimas”, le había dicho el general Alvear a Cornelio Saavedra), prefirió “seguir siendo un buen Lugones a un mal ministro” y se retiró a la decepción y a la soledad. Él, que había sido traicionado, fue considerado un desertor. Jamás hubo un hombre tan solo y tan abandonado.

Lugones ya estaba madurando para encontrarse a sí mismo y únicamente el amor podía reconciliarlo con el ser humano que había en él y que él se había empeñado en negar. Y, a punto de conseguirlo, estalló la tragedia.

Las relaciones conyugales del “marido más fiel de Buenos Aires”, a través de lo que sugieren algunos de sus poemas amorosos, parecen revelar una atonía sexual que se traduce en un continuo amour courtois hacia la “hermana solícita” y hacia “el compasivo serafín”, a quien se brindan castos “besos sororales”, ya que, como señaló el poeta Juan José Hernández, para Lugones, la servidumbre animal a la especie hace del amor algo vulgar y plebeyo y convierte la fertilidad en un accidente biológico que las mujeres comparten con las “naturales vacas”. El erotismo legítimo es rebajado a un ejercicio fetichista del que entresacamos esta perla: “Y sobre el broche de tu liga / crucifiqué mi corazón mendigo”.

Tanta rigidez y falsedad en el amor, tanta tiesura estatuaria en lo civil y en lo literario fueron derrumbadas por la espontánea aparición de Emilia Santiago Cadelago en la Biblioteca del Maestro, cuyo director era Lugones. Era una estudiante universitaria que buscaba un ejemplar de Lunario sentimental. Ella tenía 26 años y él le doblaba la edad.

En aquel primer encuentro, “el marido más fiel de Buenos Aires” apenas pudo superar la brusquedad engolada que solía practicar, pero quedó flechado.

A partir de entonces, la relación crece hasta la incandescencia. El solemne Lugones se derrite y juega como un adolescente ingenuo, escribe cartas y versos apasionados a la que convertirá en Aglaura y será considerada “la mejor romanza / de todo mi Romancero”. Pero los reblandecidos Osolón de Ploguel y Ugopolín del Sol (anagramas juguetones de su identidad), a lo largo de 30 cartas y cerca de 190 poemas no pueden librarse de las ideas lugonianas sobre la fertilidad femenina, como lo confirman las osadas expresiones que traicionan múltiples formas de heterodoxia amatoria, entre ellas el fetichismo.

En la familia, se temió que Lugones estuviera dispuesto a abandonar a la esposa Juana para juntarse con Emilia.

Pero la relación fue violentamente interrumpida alrededor de 1934 por el comisario Leopoldo Lugones (hijo), unigénito del poeta que destinó todo un libro a demostrar que había sido engendrado por una estatua y como las estatuas no tienen sentimientos se cuida de velar los detalles que pudieran traicionarlos.

De todos modos se pregunta retóricamente: “¿Cuál es la familia un poco grande donde no haya una mota o lacra, distante o cercana, que no mande bajar los ojos y subir al rostro los colores?”

Este celoso custodio del honor familiar irrumpió en una casa del barrio Villa del Parque para enterar a los atónitos padres de Emilia Santiago Cadelago de que encerraría al poeta en un manicomio si la relación no se cortaba de inmediato. Si se considera que el policía Leopoldo Lugones gozaba de la triste fama anteriormente señalada por Borges y del estreno de la picana eléctrica en Argentina, no es difícil imaginar las consecuencias.

Para salvarse y para salvar a su amante, la muchacha renunció al amor pero no a la fidelidad. Nunca más volvió a verlo. Tampoco se casó.

Antes de morir en 1981, Emilia entregó a su amiga María Inés Cárdenas de Monner Sans la colección de poemas y cartas que se publicarían, después de la muerte de la musa inspiradora, con el título de El cancionero de Aglaura. Emilia dispuso que, en el ataúd, la acompañara el osito de peluche que el poeta le había regalado.

Vacío por dentro y aislado por fuera, Lugones prefirió no sobrevivir a tanta amargura. Sus restos reposan en el Cementerio de la Recoleta, en el mausoleo de la familia Beristayn.

Nadie fue tanto como él una literatura, en el más verlainiano sentido de la palabra. Nadie como él fue capaz de llenar con su nombre medio siglo de las letras nacionales. Nadie se comprometió de manera tan total con la realidad que le tocó vivir y nadie vivió tan ligado al destino de la nación.

Ningún epitafio para su memoria mejor que los versos finales de la “Dedicatoria a los antepasados” de Poemas solariegos:

Que la tierra quiera salvarnos del olvido
por estos cuatro siglos que en ella hemos servido.