En la religión romana había nueve augures o sacerdotes adivinos que interpretaban presagios mediante la observación del vuelo de las aves.
Como en todo vaticinio, los augurios disfrutaban las ventajas de la ambigüedad. Sírvannos de ejemplo los enfrentamientos de las contiendas civiles de los romanos (Mario y Sila, César y Pompeyo, Octavio y Antonio, Constantino y Majencio, etc.). Ningún general entraba en batalla sin consultar previamente al augur. En el bando contrario, se repetía el ritual. El augur, de uno y otro lado, tras observar el vuelo de las aves o de examinarles las vísceras, ya estaba en condiciones de anunciar solemnemente: “El enemigo de la República será derrotado”. Y nadie dudaba de que “el enemigo de la República” era el que había perdido la batalla.
Augurio, augural, augurar, conllevan un anuncio de matiz positivo y entraron en nuestra lengua por vía culta. Para el presagio negativo, del augurium latino el castellano hizo derivar las palabras agüero y agorero, vía vulgar mediante.
Tanto auspicio (en el sentido de “protección” o “indicio de buena suerte”) como su derivado auspiciar (proteger, amparar) se remontan hasta auspicium, un compuesto del sustantivo auis = ave, más el verbo specio = yo miro, es decir, el resultado del que predice habiéndose fijado previamente en el canto, en el vuelo o en la forma de comer de las aves.