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El Mundial

Recuerdo haber leído hace tiempo un chiste de Forges: una mujer, bolso en mano, a punto de salir a la calle, mira a su marido tumbado en el sofá y le dice “voy a la Feria del Libro”. Él responde: “¿quién juega?”. La viñeta es, de tan absurda, real. Escribo esta columna cuando el Mundial acaba de empezar y las casetas de la Feria del Libro de Madrid están a punto de abrir sus puertas para que miles de lectores hagan cola y sufran los rigores del clima para que sus autores les dediquen un ejemplar. Escribo esta columna y, tal vez antes de empezarla, sé que no es que la batalla se haya perdido de antemano —me refiero a la de los libros y el balón—, sino que ni siquiera tiene sentido librarla, porque el Mundial es algo especial, un espectáculo que nos arrastra a los que incluso somos impermeables a la pasión por algún equipo, porque cuesta exiliarse de la pasión por la camiseta de la selección estos días. Es cierto que ya estamos un poco hasta el gorro de tanta información: que si el tendón de Cañizares, las trifulcas de Raúl y Lorenzana, el jet lag que no deja descansar a los nuestros, el tobillo de Morientes o las primas que van a cobrar los jugadores. Pero es lo que hay, y sólo ocurre una vez cada cuatro años: tal vez por eso me gusta tanto el Mundial. Además, uno siempre puede no encender la televisión si quiere aislarse. Y ahora, disculpen. Tengo que dejarles. Es que empieza el partido.

Mayo de 2002