Condiciones agradables

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Es una mañana de uno de los veranos más calurosos de la década. Los expertos andan estrujándose los sesos para averiguar las causas, pero parece que la única conclusión posible es que hace calor porque es verano. En fin. Al menos estamos todos de acuerdo. El albañil —que ya ha visto mudar su piel tres veces desde el mes de mayo, con los primeros calores— hace una pausa mientras se enjuga el sudor que se le cuela para escocerle los ojos, sacude la cabeza y, aunque está solo, se ríe como si acabasen de contarle un chiste. Está en el tejado desde las siete, con las primeras luces del día, y no se marchará hasta las tres. Luego, en casa, después de comer, se le pasará la tarde dormitando en el sofá mientras la parienta atiende a la telenovela con el volumen del televisor muy bajo, para no despertarlo. Por la noche, un tinto de verano, fresquito, en un vaso de esos que su legítima le guarda en la nevera, y un tomate aliñado. Y al día siguiente, vuelta al tajo. Su trabajo es duro, pero le gusta. Además, es muy bueno en su oficio, y no padece crisis existenciales o falta de rendimiento, ni siquiera sabe lo que significan, y maldito lo que le importa. Esta mañana, mientras se animaba el esófago con un café y una copa de Soberano antes de subirse al andamio le dio por hojear un periódico. Lo del calor tenía un pase, que la gente se queje es normal. En invierno, piensa el albañil, se quejarán del frío. Pero lo que le había llamado la atención esta mañana en el periódico fue un artículo que glosaba las ventajas de currar en unas condiciones agradables; por lo visto, trabajar en unas cómodas condiciones mejora los índices de bienestar de los empleados y, lo que es más importante, está íntimamente relacionado con la cuenta de resultados de la empresa. Esto último no lo entendió muy bien, pero tampoco se entretuvo mucho en pensar qué quería decir. No pudo evitar demorarse mirando en qué consistían esas condiciones laborales tan agradables, que eran, a saber: gimnasio y masajistas en el centro de trabajo, calefacción en invierno y aire acondicionado en verano, perfumes por los pasillos, en el cuarto de baño, en los teclados de los ordenadores, horarios flexibles y, puestos a pedir, una morenaza en bikini abanicándole a uno el cogote. Ahora, a media mañana, mira el sol, implacable con los albañiles, se pasa un pañuelo por la frente que ha de exprimir antes volver a guardarlo en el bolsillo y, antes de volver al tajo, se ríe. Hay que joderse, murmura mientras remueve el palustre en el cubo de mezcla. La de cosas que uno aprende.

Julio de 2002