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La Reina de África

Mi intención esta tarde era hablar de otra cosa: de la última entrega de Harry Potter que está arrasando en las librerías de medio mundo, del éxodo veraniego que observo cada tarde de domingo desde mi ventana, las cola inacabable de los faros de los coches que regresan a la ciudad después de pasar el día en la playa. Pero Harry Potter seguirá llenando las arcas de los libreros, de los editores y de su autora durante mucho tiempo, y queda todo el calor del verano por delante para hablar de la angustia que me producen las playas abarrotadas y los atascos en las autovías.

El domingo se nos fue Katherine Hepburn y eso, al menos para quien se declara cinéfilo irreductible, reordena las prioridades. Sobre todo porque hace muy poco nos enterábamos de la muerte de otra estrella de las antes: por supuesto me refiero a Gregory Peck. Según he observado, los astros de la pantalla, las grandes estrellas de verdad, desaparecen en silencio, sin hacer ruido, como si quisieran abandonar el mundo de puntillas. Uno, que siente vergüenza ajena al ver los gritos de ciertos tertulianos en ciertos programas zafios de televisión, cada vez admira más a esta gente que lo ha conseguido todo en la vida y se marcha con la misma dignidad con que ha vivido, después de habernos regalado cientos de imágenes inolvidables que forman parte de nuestra memoria como si hubiéramos estado junto a ellos cuando las interpretaron. Yo no sé si dentro de cincuenta años los cinéfilos sentirán el mismo vacío en el estómago ante la pérdida de Tom Cruise, Brad Pitt o Julia Roberts. Es posible que sí, pero aun así me da que no será lo mismo. Los actores de antes tienen algo de intocable, de magia, de semidioses, algo que me resulta difícil explicar y que no acierto a encontrar en las nuevas generaciones. Recuerdo la pena que sentí hace casi una década, al enterarme de la muerte de Burt Lancaster: entonces no escribía artículos y no pude contar a los demás que, a pesar de que hubiese muerto, en mi memoria Burt Lancaster siempre conservaría el aspecto saludable de acróbata y la sonrisa pícara de El temible burlón o El halcón y la flecha.

En el cine no se puede hablar de pasado, no se debe: en el cine siempre es presente. Uno ve a Humphrey Bogart caminando junto a Claude Rains en la última escena de Casablanca y tiene la sensación de que esos pasos se repetirán eternamente mientras haya alguien dispuesto a sentarse delante de la pantalla para ver esa película. El cine, desde luego, no es imprescindible, y se pueden hacer cosas mucho más interesantes que sentarse en una sala oscura y ponerse a soñar, pero el cine también, desde luego, hace que la vida sea mucho más agradable. Katherine Hepburn se ha ido, pero también estará siempre con nosotros, en La fiera de mi niña, en Historias de Filadelfia, en Adivina quién viene a cenar esta noche, junto a su amado Spencer Tracy, en El estanque dorado. Por ahí tengo una cinta de La Reina de África, que casualmente volví a ver hace no mucho tiempo. La próxima vez que me siente a verla la actriz que nos ha dejado volverá a estar viva en la piel de Rose, la misionera remilgada a quien un viaje junto a Bogart cambiará la vida, porque, como he dicho, en el cine las cosas siempre están sucediendo, porque las estrellas como Katherine Hepburn, las grandes de verdad, nunca mueren.

2 de julio de 2003