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Amores de verano

El verano ya se ha terminado. Sí ya lo sé, aún nos queda parte de julio, y todo agosto, y puede que los calores de septiembre alarguen la estación hasta pasada esta estación que, sobre todo en el sur y en esas fechas tardías, suele tener más de veraniego que de otoñal. Pero el verano se termina el mismo día que empieza, justo el día del solsticio, la noche más corta del año, porque a partir de entonces las noches empiezan a alargarse, implacables, un minuto al día creo recordar. No queremos darnos cuenta pero una tarde cualquiera del final de agosto nos sentamos a ver una puesta de sol y nos damos cuenta de que lo hacemos más temprano, de que el verano, como todo lo bueno que tiene la vida, se acaba demasiado pronto, de que se nos va, de que septiembre está a la vuelta de la esquina, igual que el lunes maldito que siempre sigue al domingo, de que las garras del trabajo y de la rutina nos aguardan, pacientes, sabedoras de que no podremos escapar.

Será por eso, porque el verano es una estación proclive a la intensidad y al exceso por lo que es la mejor fecha para que surja el amor. El verano es como la noche, que nos cambia, el verano nos hace sacar lo mejor que tenemos: queremos ser más simpáticos, queremos ser más guapos, nos apetece salir, y estamos más predispuestos a encontrar algún alma solitaria que, como la nuestra, también se haya dado cuenta de que ya es hora de mitigar un poco la soledad. Yo no sé cuántos de los amores que han surgido este verano, amores que tal vez se estén alumbrando mientras leo este artículo o que nacerán en lo que queda de vacaciones, conseguirán superar la temible barrera de la vuelta a la rutina, el hachazo de la realidad o la convivencia, pero me da igual, porque aunque falte poco para que el verano se termine, siempre nos quedará la esperanza de pensar, la esperanza de soñar que pronto, a la vuelta de la esquina, empezaremos a despertarnos del letargo del frío y pesado invierno, que cambiaremos la ropa de los armarios y un buen día, antes de que nos demos cuenta, volveremos a dormir con la ventana abierta, miraremos la luna llena y sin saber muy bien por qué nos sentiremos felices porque el mundo sigue girando y antes o después, volverá a darnos otra oportunidad.

23 de julio de 2003