Tienen los mitos algo que nos hace verlos siempre como unos seres inmortales,
como unos tipos intocables a los que el paso del tiempo no les afecta. Uno
siempre quiere recordar a la mujer de sus sueños como la jovencita que fue
cuando se enamoró de ella en el instituto, y un buen día estás en la cola del
supermercado, te la encuentras y tienes que frotarte los ojos y pellizcarte para
darte cuenta de que la señora embarazada que empuja con desgana el carrito de
un niño, la mujer que a lo mejor lleva un pañuelo en la cabeza porque con el
ajetreo de los críos y de su marido no ha tenido tiempo de lavarse el pelo es
esa misma por la que hubieras sido capaz de suicidarte en el instituto. La
miras, y mientras cruzas los dedos para que no te reconozca, te preguntas qué
pensará ella cuando te vea a ti, hasta qué punto tu tripa incipiente, tus
entradas, tus canas o tus patas de gallo ocultan al muchachito lozano que fuiste
un día y del que tal vez ella, puestos a soñar, también estuvo secretamente
enamorada.
Porque llega un momento que los mitos caen. A no ser que mueran jóvenes,
como James Dean o Marilyn, el tiempo acaba poniendo las cosas ¾y
los michelines¾ donde corresponde. Hace unos meses
vi en una revista unas fotos furtivas que le habían robado a Arnold
Schwarzenegger en una playa, ataviado con un minúsculo tanga. Mr. Universo, Mr.
Olimpia, Conan el bárbaro, el Terminator que me dio tanto miedo
en la primera película, hace casi veinte años, cuando era el malo y también
mucho más interesante que ahora, se derramaba en michelines. A Terminator le
colgaban unos antiestéticos morcillones a ambos lados de la cintura, y ya
entonces supe que se acabaría presentando a gobernador del Estado de
California, como finalmente anunció la semana pasada. A mí me gusta recordarlo
como el malo del primer Terminator, igual que me gusta pensar en el Kevin
Costner de Los intocables y no en esa otra parodia de sí mismo en la que
se está empeñando en convertirse. El caso es que Arnold Schwarzenegger se nos
ha metido a político, y según se deduce de su tirón mediático, va a arrasar
en las próximas elecciones. Quizá la política es el último lugar donde un
actor como él puede agotar sus últimos cartuchos de gloria. En España no se
ha dado todavía este fenómeno tan curioso de actor reciclado en político,
aunque vistos los últimos escándalos ¾ya saben,
Marbella, la comunidad de Madrid¾ creánme si les
digo que no parece muy exagerado pensar que El Chiquito de la Calzada haría un
papel extraordinario.