Tom Clancy, el autor de cabecera de Bush padre, nos contaba en una de sus
últimas novelas que la situación en Europa se desmadraba porque aquí, en
España, tan dados como somos a la sangre y a la exageración, nos liábamos a
palos unos con otros: esto es, los andaluces contra los castellanos, los
gallegos contra los asturianos, los vascos con los catalanes. En fin, que la
Tercera Guerra Mundial tenía su origen, por ejemplo, en la costa de Cádiz o en
el brumoso cantábrico. El asunto, la verdad, no deja de tener su gracia. Yo no
sé cuál es el escritor favorito de Bush hijo —miedo me da pensarlo—, pero
tal como está el patio se me antoja que entre los libros de cabecera de los
mandamases de la CIA se encuentran las aventuras de Mortadelo y Filemón. A mí
los tebeos de Ibáñez llevan décadas provocándome carcajadas, pero en las
oficinas de la CIA —o debería decir la TIA— se han convertido en un manual
de instrucciones. Según las últimas noticias, Olivenza, el hermoso pueblo
extremeño, es para los agentes de Langley un lugar especialmente conflictivo
debido a cierta disputa territorial que mantienen desde hace siglos España y
Portugal. Imagínense al sufrido espía, sudoroso, despierto a base de café,
encerrado en una habitación de la Agencia Central de Inteligencia, observando
en el monitor las imágenes de Olivenza que le manda algún satélite,
analizando los datos del tráfico quizá, los posibles movimientos de tropas,
realizando complicados cálculos para saber qué probabilidades hay de que
españoles y portugueses nos liemos a tortazos. Con tanto trabajo no me extraña
que no encuentren a Ben Laden, a Sadam, las armas de destrucción masiva.