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El derecho a morir

Vincent Humbert murió la semana pasada, pero lo cierto es que llevaba tres años muerto por culpa de un accidente en una carretera francesa. Desde septiembre del año 2000 había perdido la movilidad, la capacidad de hablar, de ver, incluso no podía apreciar los olores ni su lengua era capaz de distinguir sabores. Su única manera de mantenerse en contacto con el mundo era mediante el esfuerzo titánico de teclear con un dedo en la mano de su interlocutor a medida que éste le iba recitando las letras del alfabeto. Vincent había repetido hasta la extenuación que acabaran con su vida y con su sufrimiento puesto que a él no le quedaba ni siquiera la capacidad de poner final a sus días, pero ni siquiera quienes más le querían podían atajar su calvario sin temor a que el peso de la Justicia cayese sobre ellos. Hay mucha gente, de cuya bondad no dudo, que sería incapaz de hacer daño a nadie pero cuyas convicciones religiosas o morales, su rectitud o sus principios me hacen sentir escalofríos. A Vincent había que mantenerlo vivo, como un vegetal, sin importar su opinión, sin pensar que su decisión, compartida o no, debía ser respetada. Menos mal que siempre hay alguien para quien es más importante el sufrimiento de un ser querido que los impedimentos de aquellos cuya moralidad les impide hacer el bien absoluto, que no es más que respetar el deseo, acertado o no, de un muerto en vida. Miro la foto de Marie, la madre de Vincent, la expresión determinada de la mujer que le suministró una dosis letal de barbitúricos, y no puedo pensar más que en el terrible drama que habrá tenido que pasar. Miro la foto y sé que ahora descansa. Y su hijo también.

3 de octubre de 2003