Como ya sabrán todos ustedes, nuestro príncipe se nos casa. A principios
del próximo verano. Se nos casa así, con una periodista rubia, sin habernos
preparado antes para la noticia. A mí me parece estupendo que se case, que sea
feliz y que, de paso, nos fabrique un nuevo príncipe de Asturias, pero a los
solteros don Felipe nos ha hecho una faena, una faena de las gordas: a los
impares nos ha dejado sin excusas; nos hemos quedado sin argumentos. Hasta la
fatídica tarde de uno de noviembre, cuando alguien me preguntaba por una
hipotética boda me encogía de hombros y ponía al príncipe como ejemplo de
los hombres españoles: treintañero, soltero y sin compromiso. Pero qué va. Se
acabaron los argumentos, y a muchos nos ha cogido con el paso cambiado. No lo
quisimos creer el año pasado, cuando se terminaron las obras de su nueva
residencia y nuestras madres dejaban con toda la intención el periódico
abierto con las fotos de la casa nueva del príncipe sobre la cama, a ver si
captábamos la indirecta. Pero ahora es peor: las portadas de todos los
periódicos pregonando el noviazgo a los cuatro vientos, las televisiones y las
cadenas de radio erre que erre con el tema, y nosotros, los que con más o menos
esfuerzo nos vamos rezagando en la soltería, sin saber dónde mirar. Y aunque
no se lo digamos a nuestras madres en nuestro fuero interno pensamos que a lo
mejor el príncipe tiene razón: al cabo, la muchacha es guapa, y parece que
están muy enamorados. Y, aunque a los solteros nos gustaría decir que el
príncipe es un esquirol, lo que nos pasa es que nos da rabia que nos haya
dejado sin excusas, así, sin avisar. Vamos, que se nos ha acabado el cuento.