Por muchos años las páginas del libro escrito por nuestros pueblos se han
ido llenando con hechos reales y relatos sorprendentes sobre personajes que
vivieron y en un momento u otro recorrieron nuestras tierras. En esos pedazos de
nuestra historia nacional se mezclan parte de sus singulares vidas con las
leyendas que fueron pasando de boca en boca y de generación en generación.
De esas vidas y hechos, así como de lo que se convirtió en leyenda, se
trata este corto recorrido que relata el paso por nuestras tierras de América
de la casi santa “Madre María” en Argentina; la historia de Alberto
“Flor de Azahar” Sánchez, Diana Molina y “La Garita del
Diablo” en Puerto Rico, donde sus personajes vivieron y se amaron y el
nebuloso recuerdo de una gran tragedia personal en México que convirtiera a
María Some en “La Llorona”.
Argentina: “la Madre María”...
María Salomé Loredo nació en España, pero desde su infancia fue llevada a
la capital de Argentina, Buenos Aires. Al casarse a los 23 años, joven y muy
bella, en poco tiempo quedó viuda. Con los años y al contraer matrimonio por
segunda vez, al poco tiempo de nuevo enviudó; ambos matrimonios convirtieron a
María en dueña de una inmensa fortuna.
Mujer muy religiosa, su fama se extendió rápidamente por toda Argentina,
donde el pueblo comenzó de pronto a ver con asombro sus milagrosos poderes de
curación y beneficencia, que ella invariablemente entregaba como hechos
ordenados por Dios y Cristo y encomendados a ella en su misión en la Tierra,
que cumplía con alegría, fidelidad y respeto a la fe, según decía.
En ocasiones le acusaron y hasta estuvo en prisión cuando se le señalara
como alumna del ocultismo, a lo que ella respondía: “La fe es la que cura,
es la fe la que ayuda”.
Sus métodos curativos eran muy sencillos: el agua fría e imposición de
manos en nombre de Cristo junto a oraciones y plegarías a la Virgen María.
Amiga de varios presidentes argentinos a los que aconsejaba, fue su muerte a
los 74 años una verdadera tragedia pública que sacudió a la Argentina de
entonces, y que todavía hoy se convierte en un continuo peregrinar hasta donde
descansan los restos de la que el pueblo llamó “la Madre María”...
México: “la Llorona”...
Aunque la historia de México relata ya desde la Colonia videncias de un
personaje vestido de blanco que en las noches invariablemente recorría barrios
de la capital mexicana deteniéndose en la Plaza Mayor, la versión más cercana
a la vida real y a su acompañante de leyenda es la de María Some, una humilde
rancherita de un pequeño pueblo cerca de Ciudad de México. La joven María era
de tan extraordinaria belleza que llena de orgullo miraba con desdén a todos
los jóvenes de su pueblo, quienes la colmaban de atenciones por su frescura y
lozanía, atenciones que siempre ella despreciaba. Tanto fue el orgullo propio
de su belleza que su frase preferida era: “Me casaré con el hombre más
guapo del mundo”. Con el tiempo apareció por los alrededores del pueblo el
hijo de uno de los rancheros más poderoso y rico de la zona, Carlos Torres,
joven guapo, tocador de guitarra y diestro domador de caballos que manejaba como
un verdadero comanche. En sus breves visitas al pueblo Carlos quedó prendado de
la belleza de la joven María, que con un calculado plan lo desdeñó en un
principio para empecinarlo más en alcanzar su amor.
A los pocos meses ambos se casaron y tuvieron dos hijos. Todo parecía bien
en los primeros años hasta que Carlos fue alejándose poco a poco hacia su
hacienda paternal, dejando de ver a María por meses.
Una tarde, cuando paseaba María con sus hijos cerca del viejo puente junto
al río, llegó Carlos en un carruaje, sentada junto a él una bella joven de su
mismo estrato social. Ni siquiera miró a María, habló con los niños y se
retiró del lugar.
Fue tal la humillación que sintió en esos momentos María, en un arranque
de locura, rabia y celos, que lo tomó contra sus propios hijos, a los que tiró
al río. Ya desaparecían los niños arrastrados por la fuerte corriente cuando
María despertó a la realidad de lo que había hecho y trató de salvarlos...
pero ya era demasiado tarde.
A la mañana siguiente un viajero llevó la noticia al pueblo, el haber
encontrado a una bella joven muerta junto al banco arenoso del río, donde se le
había dado sepultura.
Desde esa misma noche, dicen los moradores de la región que escuchan los
gritos desconsolados de una mujer, “La Llorona”, que vestida con una
bata blanca, la misma que había servido como mortaja a la bella joven, vaga
clamando por sus hijos...
Puerto Rico: “Flor de Azahar”, Diana y la Garita del Diablo...
Alberto Sánchez, un soldado español natural de Andalucía, era miembro del
Regimiento de Caballería destacado en el Fuerte San Cristóbal de Puerto Rico.
Usualmente el soldado era situado como guardia en una de las garitas del fuerte
que cuidaba a la población de ladrones y asaltantes por el lugar. Joven muy
guapo, era su piel tan blanca que atrajo el sobrenombre de “Flor de
Azahar”.
Cuentan que en una de esas noches de guardia en el fuerte, cuando los
soldados de guardia revisaban las postas, encontraron inexplicablemente en la
garita de Alberto su fusil, la cartuchera y su uniforme. El joven soldado había
desaparecido sin dejar huellas.
Desde entonces, el pueblo supersticioso y los mismos soldados comenzaron a
rodar la historia de que a Sánchez “Flor de Azahar”, se lo había
llevado el demonio, y se comenzó a llamar a la garita, de donde el joven había
desaparecido, “La Garita del Diablo”.
Pero la verdadera historia es como sigue:
El soldado Sánchez desde hacía ya muchos meses se había enamorado
locamente de una bella joven mestiza de la localidad, Diana Molina, quien
correspondía a su amor con la misma vehemencia. Desde un principio se oponían
a las relaciones de los jóvenes tanto la madrastra de Diana como el comandante
del regimiento de Alberto, a quien no le gustaba la mestiza Diana. Ellos se
contentaban con mirarse de lejos o por los mensajes que Alberto con su guitarra
le comunicaba en sus quitas de amor a las que Diana desde lejos correspondía.
Esa noche era de postas en el Fuerte San Cristóbal, por la mañana Alberto
le había comunicado en un mensaje a su amada: “Mañana, cuando anochezca,
vete a buscar a tu amor, porque lejos de tus brazos se le muere el
corazón”.
Al siguiente día, Diana, que había llevado escondida ropa de civil para
Alberto, se fundió en besos y palabras de amor con su enamorado y ambos
decidieron huir juntos hacia la sierra y bosques de Luquillo, donde desde
entonces vivieron y criaron a sus hijos.
Nunca más se les volvió a ver.
Han pasado muchos años y aún hoy, en cada una de nuestras capitales y
lejanas tierras, en Buenos Aires las multitudes siguen llegando al Cementerio de
La Chacarita, donde está enterrada María Salomé Loredo; ante la puerta de su
bóveda todos los visitantes pueden observar los desgastes del pulido metal del
bronce de la entrada de la tumba, donde cientos de personas anualmente acarician
la puerta para pedir a “La Madre María” un milagro y su beneficencia;
en la Plaza Mayor de México donde por las noches todavía muchas personas juran
seguir escuchando los desgarradores gritos de una mujer vestida con una blanca y
harapienta túnica blanca llamando: “¿Dónde están mis hijos?”, y en
Puerto Rico donde el español Alberto Sánchez “Flor de Azahar” y su
bella Diana, hace mucho tiempo ya dejaron de escuchar en vida, entre burlas y
carcajadas, lo que ambos disfrutaban: la historia supersticiosa de aquellos que
inventaron la leyenda de “La Garita del Diablo”.
Ricas historias y leyendas de nuestros pueblos que merecen conocerse mejor,
porque son nuestras raíces.