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IdiomasLengua extranjera

A la hora de estudiar un segundo idioma los alumnos adultos pasamos por diversas etapas del aprendizaje. Comenzamos a balbucear palabras en la lengua meta, pero ningún hablante nativo se detendría a tener una conversación con nosotros. Únicamente el profesor es capaz de entendernos y es además lo suficiente amable para sonreír ante nuestras vacilaciones y alentarnos. Lleno de paciencia nos dice “Muy bien”, y nosotros ingenuamente le creemos, necesitamos creerle.

Poco a poco aprendemos un par de construcciones gramaticales y comenzamos a expresarnos con enunciados, simples, cortos y unidos por una torpe conjunción. El problema es que sólo podemos decir un poco más de 10 oraciones por lo que la conversación es bastante pobre y aburrida. Parecemos verdaderos tartamudos mentales.

Poco a poco vamos aumentando el vocabulario, las construcciones que usamos son más complicadas y un día sin previo aviso soñamos en la lengua meta, ésta es la señal de que el idioma ha penetrado en lo más profundo de nuestro ser. El aprendizaje aún no termina pero nuestro cerebro ya aceptó este idioma extranjero. Estamos más cerca de la meta que nunca antes.

Es un proceso fascinante y único, pero otro proceso que me sorprende de mi cerebro es el saber, aunque quizás no pueda enumerar, las palabras que Reint conoce en español. Estando yo en la azotea de la casa, escuché que la vecina tocaba la puerta y le explicaba a Reint que su lavatrastes estaba tapado y necesitaba que Reint tratara de hacer vacío desde nuestro lavatrastes. La palabra que ella utilizó fue fregadero y yo sabía que Reint no conocía esta palabra. Antes de que ella terminara de explicar todo el proceso yo grité desde la azotea: “Sink!”. Fue lo único que necesité decir para que Reint pudiera entender el requerimiento de la vecina. Él sin quitar los ojos de la vecina terminó de escuchar su historia y amablemente la ayudó.

Él también sabe, sin nunca habérselo propuesto, qué palabras yo domino en holandés. Si estamos en una reunión y escucho algo que no sé, y que él sabe que aun en el contexto no voy a poder descifrar, me dice entre dientes la traducción, pero de manera tan rápida que el interlocutor ni se entera de esta intervención de traducción simultánea.

Por supuesto también existe nuestro idioma, una jerga creada con préstamos del inglés, holandés, español y salpicado de chino-mandarín. O términos infantiles que no son préstamos sino simplificaciones de palabras “difíciles”. Reint dice casas de mugre cuando habla de construcciones de adobe, y yo digo cubitos de hielo cuando quiero decir granizo. Llama auxilios a sus axilas y yo digo cielito a mi paladar, ya que la palabra cielo y paladar en holandés son muy parecidas.

Yura Luna, Hong Kong
1 de diciembre de 2010