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FisonomistaFisonomista

Hasta hace algunos años creía ser una buena fisonomista. En un par de segundos escaneaba un rostro y esto me bastaba para que éste nunca se me olvidara. Sin embargo, cuando llegué a vivir a Holanda, me di cuenta de que este mecanismo sólo me funcionaba con rostros latinos. Los rostros holandeses se enredaban en mi memoria, todos parecían ser güeros.

Después de unos meses de vivir en Ámsterdam, fui notando que en realidad no todos los holandeses son güeros, la mayoría tiene el cabello castaño claro, no todos tienen ojos azules o verdes —gracias a los españoles, dicen ellos—, sino cafés. Y todos son altos, aunque existen dos categorías: los altos y los muy altos.

También poco a poco fui notando las diferencias entre los europeos nórdicos. Por ejemplo los escandinavos son verdaderamente rubios y con ojos claros, de complexión gruesa. Los almenes, menos altos que los holandeses, tienen un colorcito rosado en la piel. Los ingleses son más delgados y de cabello y piel más oscuros.

Sin embargo, el primer día de trabajo en la oficina Sotheby’s Ámsterdam, lamenté no poder retratar a cada compañero. Atolondrada por tantos rostros similares, mi memoria grabó detalles irrelevantes y obsoletos: la ropa de fulanita, la colorida bolsa de perenganita, el bonito peinado de la chica del segundo piso. Al final del día tenía una lista de nombres, casi ochenta, y a muy pocos nombres les podía poner cara.

Poco a poco me fui aprendido las caras de todos y fui notando las diferencias: no todos eran güeros, había dos rubias casi albinas y otras tantas rubias amarillas, no por el peróxido. Con el tiempo, como es normal, fui reconociendo las líneas de cada rostro, las expresiones, la manera de caminar, la voz, hasta la letra de cada cual.

El 1 de noviembre, mi primer día en la oficina de Hong Kong, veo a los compañeros y pienso: todos están igualdénticos, cómo los voy a reconocer, todos son de estatura media, cabello negro y lacio, cara redonda y ojos rasgados.

Para aprenderme los nombres y reconocer las caras dibujé un plano de la oficina, con todos los escritorios, y poco a poco voy llenando los escritorios con los nombres de los colegas, así puedo identificarlos geográficamente y eventualmente reconoceré las facciones de cada uno. Mi mapa está casi completo ahora: sólo espero que no se les ocurra cambiarse de lugar, porque entonces me veré en un problema.

Yura Luna, Hong Kong, China
8 de diciembre de 2010