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Ambientalista

Ambientalista

Mi primera educación ambiental no formal la recibí de mi abuela materna. Ella no conoció el termino ambientalista, mucho menos lo hubiera aplicado para su persona. Su manera de vivir, ahora denominada ecologista, ambientalista, green, era un automatismo, era el resultado de ser regiomontana, de ser “tacaña”.

Un día en la vida de mi abuela empezaba con el baño, abría la regadera para dejar salir el agua fría, misma que atrapaba en una cubeta y que más tarde servía para regar las plantas. Sus baños nunca fueron largos, la idea de desperdiciar agua no le agradaba y nunca se bañó con agua muy caliente, no sé si por vanidad o para ahorrar en la combustión.

Después del baño desayunaba; Sarita, la señora de la limpieza, lavaba los trastes y mi abuela insistía, eso sí, sin ensuciarse las manos: —Ciérrele al agua mientras enjabona y no les ponga tanto jabón a los trastes.

La tarea de barrer y trapear se alargaba, pues había que reusar el agua del trapeador en algo. Por esto Sarita barría, trapeaba y al terminar lavaba el patio o la banqueta, cada gota de agua se utilizaba más de una vez.

Para qué tanta bolsa, preguntaba retóricamente al marchante en el mercado e insistía en que le pusieran toda la fruta en su bolsa reciclada. Yo creía que tenía una obsesión con el plástico por haber nacido en una época en la que el nylon era poco usual y por lo tanto un artículo de lujo, y que ella se quedó con la manía de reusarlo. ¿Qué pensarán mis nietos cuando me vean lavando las bolsas ziploc?

Junto al teléfono había una “libretita”, hecha de papel reciclado: sobres de la correspondencia bancaria, hojas desperdiciadas por los nietos, las notas de la tienda, en fin, cualquier pedazo de papel donde se pudiera escribir iba a parar a la “libretita” y tenía doble vida al servir de recadera.

Mi abuela salía por las noches a comprar pan para su merienda, ahora, en los países desarrollados, está de moda llevar tu bolsa al supermercado o a la tienda, pero en aquel entonces mi abuela era la única persona que llevaba su bolsa para el pan. Recuerdo que las muchachas de la panadería le hacían caras cuando ella insistía en que pusieran sus piezas de pan en la bolsita arrugada que ella les daba.

Hay medidas tan fáciles, pequeñas rutinas de ahorro y de reciclaje, hábitos que cambiarían el mundo, nuestro mundo. Cada día aumenta la media de vida, este planeta será nuestra casa por muchas décadas ¿por qué no cuidarlo? Dejemos de pensar en lo que el gobierno no hace, en lo que los otros no hacen, en lo que los otros deberían hacer. Hagamos de la regla de las tres erres, reducir, reutilizar y reciclar, nuestro propósito de Año Nuevo.

Yura Luna, Hong Kong, China
14 de diciembre de 2010