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ChinaMi China

Como buen hijo de su generación mi papá fue rojillo. Creyó en todo lo que se decía en el Partido Comunista de México, devoró los textos de la revista URSS y apoyó a la Cuba de Fidel. En los setentas él era, según sus propias palabras: romántico-marxista-leninista-maoísta-guevarista y genarista.

Admiró la literatura soviética, cubana y china. Su ideal era la gente hecha para la solidaridad, el trabajo, la disciplina, el bien común. Yo como buena hija crecí leyendo esta literatura. Íbamos a las ferias de libros y nos surtíamos con las últimas novedades. Todo aquello venido de los países socialistas tenía prioridad.

Aprendí historias del presidente Mao y mi hermano lloró invariablemente ante la lectura de Las hermanitas de la pradera. El tiempo pasó, la ideología de mis padres fue cambiando, poco a poco dejaron de hablar de China, la Perestroika los tomó por sorpresa, se quedaron sin madre URSS. Las imágenes de la China socialista se quedaron en mi memoria.

Nunca añoré visitar China, pero cuando se presentó la oportunidad, la tomé y entre curiosa e ingenua, fui tratando de darle forma a este país de mi infancia. Busqué en las calles la China de mi infancia, los rostros de los trabajadores rebosantes al concluir la jornada, dirigiéndose a alguna actividad cultural, la igualdad de clase, el triunfo del socialismo.

Con el corazón contrito vi que lo que China llama socialismo no tiene nada que ver con el socialismo de los libros. No había ni una escena de mis libros infantiles. Incluso busqué los títulos que de niña había leído para leerlos ahora en chino, o por lo menos intentarlo, y me enteré de que eran libros que ya no se editaban, tampoco los encontré en librerías de viejo. Aparentemente la modernidad había arrasado con todo el material de propaganda.

Comencé a leer historia de China, principalmente sobre el nacimiento y desarrollo de la República Popular China. Los guías rojos, aquellos que ayudaban a la comunidad, el inigualable Liu Wen Süe fueron develándose ante mis ojos en un contexto de horror y abusos. La verdadera Revolución Cultural no tiene nada que ver con lo que mis padres me enseñaron, lo que es peor, con lo que ellos creyeron.

Mi padre se quedó huérfano de ideología, y yo me quedé llena de preguntas. La idea romántica de una sociedad justa se desvaneció ante mis ojos. No entiendo qué pasó. Sólo sé que me duele lo que no logro entender, extraño lo que no sé, me desespera mi ignorancia. No entiendo China. ¿Quién me puede ayudar?

Yura Luna, Hong Kong, China
19 de diciembre de 2010