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“Mirar en América”, de Marta TrabaMarta Traba: ese duro oficio de mirar

¿Qué reacciones nos asaltan al mirar un cuadro? ¿Cómo vemos la realidad que recrea una pintura? ¿Cuál es nuestra posición ante obras que parecen burlarse de nuestra inteligencia? ¿Cuál pintor que se inicia será una luminaria en la historia del arte y el mercado? De seguro un crítico de arte se hace estas mismas preguntas que cualquier observador común de obras artísticas. Sin duda el ojo especializado de un crítico, a diferencia de nuestra mirada inexperta, no tendrá piedad con la obra expuesta. Nadie quiere estar en la piel del crítico de arte, nadie quiere semejante oficio que busca ser una guía y al mismo tiempo desentrañar el peculiar vínculo entre el arte y la existencia.

Marta Traba fue una crítica de arte honesta e implacable. Para muchos de sus detractores era sólo una bruja pérfida en ese cuento del arte, para otros era una argentina pedante, recalcitrante y furibunda que colocó a varios artistas en la picota de sus críticas por puro placer masoquista, para un pequeño grupo de adeptos era una artista (aunque no pintaba había escrito algunas novelas) que escudriñó con palabras los derroteros del arte con cierta calculada frialdad. Su verticalidad crítica la colocó siempre en un lugar nada cómodo. Para ella cualquiera valoración plena de equidad debía estar desprovista de todo superficial arrebato sentimentaloide con la obra o el artista. Cuestión complicada y paradójica ya que ella estaba hecha de candente pasión. Detestaba a rabiar por todos esos insufribles teóricos y críticos de página cultural interesados en sólo agradar, preocupados en enfocar la obra de arte desde la ambigüedad poética para no herir susceptibilidades, desplegando críticas anodinas que se regodeaban en una nadería verbal y todos felices. No sin enorme acierto la misma Marta Traba escribió: “La crónica de arte en nuestros países está hecha en su inmensa mayoría de mentiras, falseamientos e inflación de mediocridades, armada con páginas hilarantes producidas por la imaginación parnasiana de poetas y escritores que, impelidos por la amistad, no vacilaron en el ditirambo”.

Con Marta Traba la crítica de arte retoma su ruta polémica. Ella como ningún otro crítico pasó la complejidad estética latinoamericana por la criba de su aguda y culta mirada, por la agudeza rabiosa de su criterio para diseccionar la obra de arte no como un objeto de culto aislado, sino como un hecho plástico que respondía a los vaivenes sociales y políticos. Sus postulados y posiciones, a veces arbitrarias, no han perdido un ápice de vigencia: “El artista actual sigue siendo burgués y continúa expresando el mundo de la burguesía. Si aparentemente ha cesado de prestarle un servicio, es porque nuevas formas expresivas lo desalojan contra su voluntad, no porque esté situado en un campo opuesto. Sigue en el mismo campo, pero sus ofrecimientos han perdido atractivo para la burguesía desde el momento en que aparecieron competidores más tácticos, complacientes y dispuestos a facilitarle la ingestión de alimentos culturales más fáciles, así como todas las falsificaciones literarias y artísticas que constituyen la industria cultural”.

Este libro editado por la Biblioteca Ayacucho, Mirar en América, recopila un conjunto andariego de textos críticos que recorren la geografía plástica de nuestra América mestiza, mágica y cambiante. Además de los escritos estrictamente sobre arte tiene la apostilla adicional de una recopilación de escritos literarios en los cuales tampoco se anda por las ramas a la hora de meter baza: “Yo creo ahora que del muralismo mexicano no puede salvarse nada, ni las soldaderas de Orozco de la Preparatoria, que parecen desteñidas y muertas. La pintura de Rivera es de una pobreza estremecedora y después de recorrer metros y metros de acumulaciones de cabezas sin orden ni concierto, se sienten náuseas ante tal falta de imaginación y de respeto por algo tan ignorado por él como es el ritmo y el espacio”. Esta visión con respecto al arte mexicano fue cambiando, pero esta manera virulenta de sus observaciones le granjeó entre artistas, directores de museos y galeristas una calculada animadversión. Luego estaba su postura política progresista que siempre causó escozor en ese ambiente cultural de militares sanguinarios y politicastros de saldo y ocasión.

Este libro, Mirar en América, permitirá a las nuevas generaciones involucradas con la actividad artística como espectadores, creadores o investigadores, descubrir una voz crítica implacable, una visión sobre el arte sin prejuicios y que no recurre al tópico ni se regodea en un lirismo almibarado para no hacer aportes ni asumir posiciones críticas sobre la obra de arte. De igual modo permite este libro constatar la vigencia, como escribiera Juan Gustavo Cobo Borda, de una adelantada en ese duro oficio de crítica artística.

La vigencia del pensamiento y de los postulados de Marta Traba son indiscutibles y de seguro se deben a su postura abierta. Nunca se sometió al corsé de la ortodoxia política o cultural o como escribe Cobo Borda: “Su compromiso intelectual era un compromiso no con una postura ideológica (...) Tuvo posturas de acuerdo a los acontecimientos que iba viviendo en los años sesenta...”.

Marta Traba fue fiel a Latinoamérica y su furiosa crítica estaba destinada a romper máscaras, a resquebrajar esa fachada pomposa del arte como adorno, como objeto decorativo desprovisto de subversión. Ella creía con fervor en un arte que asumiera riesgos estéticos, que no tuviese miedo a evidenciar las contradicciones políticas y sociales del entorno.

Con respecto al quehacer artístico de nuestro país siempre fue dura y cortante. La República del Este le resultaba una loa de entreguismo intelectual. Su crítica al cientismo fue demoledora. Su visión sobre nuestro orbe cultural y estético fue de una vitriólica exactitud: “Pero si éste es un país violento refrendado por sus escritores como tal y conducido a la violencia con espantable y sistemática regularidad por sus procesos políticos, ¿en qué cara de Venezuela queda el triunfo de un arte neutral, apolítico, de investigaciones y de juegos, de diversiones y entretenimientos ópticos? En el reverso de esa realidad mensurable, existente que constituye un concreto y dramático anverso. De espaldas a la realidad, sólo queda esa dimensión universal, gaseosa y ajena en medio de la cual los artistas, como verdaderos juglares de la clase dominante, la distraen y consuelan de la violencia. En este camino, ya el mimetismo no se produce al alto nivel Vasarely-Soto, Agam-Cruz Diez, sino a un nivel más doméstico, de mimetismo de mimetismos. ¿Qué otra cosa se puede pensar cuando se lee que los jóvenes cuya ilusión es ir de Cariguatica a París hagan rotores, táctiles, psicomagnéticos, catálisis, trabajando de seudofísicos, seudoquímicos: sosteniéndose en Europa con el ‘cuatro’ a imagen y semejanza del Maestro; pasando penurias para conseguir unos ‘puntos aéreos’ que en el momento que se consiguen ya sufrieron, por vía de los ‘múltiples’, la desvalorización implacable de la sociedad de consumo? La discusión del arte venezolano a dos niveles: 1) como hechos creativos originales y, 2) como hechos creativos cuya originalidad revele al mundo la existencia de un sitio llamado Venezuela, está, creo yo, muy lejos de haberse resuelto. Al contrario, veo que a medida que la clase dominante venezolana ha perdido ingenuidad y cierta inocencia de origen, y se ha sentido más fuerte, más rica, más poseedora, mayor ha sido el empobrecimiento de los artistas plásticos dispuestos a servirla y complacerla”.