Algunos poetas son forjados con el metal agrio de la calle. Otros vienen de esos paisajes de agua con el alma empapada de tiempo. Uno que otro sueñan con astros devorados por tigres de bengalas. Muchos traen el paisaje metido en las pupilas para verlo todo como una línea de horizonte que ahorca las distancias.
Hay poetas inclasificables, poetas que vienen de lugares extraños donde las palabras son naipes mágicos, barajas marcadas que predicen derrotas y fracasos. Si tengo que cuadricular al poeta Argenis Daza Guevara tendría que llamarle el tahúr de la metáfora sin poses ni ademanes. También se le podría denominar mago comprometido con el devenir del hombre. Darle tantos nombres posibles para no encasillarlo con etiquetas ni sellos muy propios de página cultural. Daza Guevara trajo a la poesía el juego denso y la palabra fluida de imágenes distintas en un momento en que la poesía pedía a gritos ser coda política, apostilla libertaria, metáfora ideológica para la toma del cielo por asalto.
Con él la palabra poética tuvo un chance diferente para no caer en el repetitivo panfleto, ni en la perorata de apestado apocalíptico. No le importó el estilo barajado por los otros poetas. No le dio importancia a la moda del poema combatiente, del poema trinchera. A pesar de ello nunca quitó los ojos de los vaivenes históricos. Escribió su poesía al borde de la tragedia íntima, en el abismo del desgarramiento de esa inigualable bandera que es el alma. No por casualidad Gustavo Pereira escribió que a comienzos del año 1963, en la UCV, se organizó un concurso de poesía donde fue nombrado, en representación estudiantil, miembro del jurado. El premio fue otorgado al libro Actos de magia, de Argenis Daza Guevara. Pereira sobre dicho libro acotó: “Los diecinueve textos del pequeño poemario nos sorprendieron por dos características manifiestas: a la par de su calidad literaria, resultaban una rareza en el convulso tiempo político de entonces, cuando entre las nuevas generaciones vinculadas a los movimientos de izquierda parecía descollar el discurso participativo, el hecho subversivo, la arenga, el panfleto, el compromiso, más allá del ensimismamiento, la subjetividad, el ejercicio lúdico o la evasión hermética”.
Entre sus libros de poemas es necesario mencionar: Juego de reyes (1967) Irreales (1973) y Testimonios, héroes y cábalas (1976). En todos estos libros se encuentra una poesía que pacta con la interioridad del ser, con su ejercicio lúdico con lo mágico. Todos los poemas están cargados de una atmósfera surreal, hay un humor negro que se filtra entrelíneas como una niebla de aquilatada densidad, hay un manejo lúdico de la metáfora, una apuesta por las palabras jugando con lo extraño y lo absurdo:
Rodeado por el fulgor y acechando
Siempre acechando tiro mis ojos al aire y los abandono a la suerte
En la poesía de Daza Guevara la realidad tiene metáforas íntimas como escondidas en la apariencia cotidiana. La escritura poética entonces opera como un bisturí que se hunde en lo real para llegar al hueso de esa belleza no siempre clara:
Desciende por los codos del día con aros en ambos brazos.
Buscan en las cuentas de la calle solitaria
Un abrigo de payaso para tu corazón, guantes de conejo para tus manos indecisas,
tan parecidas a la interrupción del sueño
En su poesía la vida, más que una conjetura científica, o una propuesta religiosa, es un juego azaroso que se puede poetizar desde la ironía y el desdén:
En asumir poses inteligentes está la clave de la maniobra
Tomo de nuevo las cartas y el juego vuelve a comenzar
Poesía donde lo paradójico, lo raro y lo absurdo sin anécdota se conjuga para ofrecer al lector el universo fragmentado, una vida en cuentagotas, una existencia alejada de los parámetros habituales de la normalidad. La poesía trata de darle coherencia a esa dispersión temporal y donde el poeta funge como un espectador que trata de escapar a través del oficio de las palabras:
Cuanto antes debo partir
No permanecer, a la manera de animales disecados, inertes, expuestos a la curiosidad de cinismos furtivos.
Me escondo, aúllo, pisoteo, busco refugio en mi doble a ver si no alcanzan el plumaje del buitre en el espejismo de la playa desolada.
Otra de las facetas de Daza Guevara como escritor fue la de ensayista. Sus textos, tanto literarios como políticos, reflexionan sobre el devenir cultural y político del país. Sin temor a expresar ideas y puntos de vista con cierto tinte polémico reflexionó sobre el compromiso del escritor, sobre la cultura como hecho político alejado del festín de burocratismo y subsidios del Estado. Su visión política fue clara y hasta premonitoria o, como él mismo escribió: “Es obvio que una crisis histórica no se reduce a un orden o institución determinado; la onda se esparce hasta cubrir los mínimos intersticios, produciendo desequilibrios y alterando las situaciones aparentemente normales, asentadas por ejercicio y admitidas como incontrastables. El Estado demo-liberal y la propiedad privada, ángulos y conquistas fundamentales de la cultura occidental, por definición, se encuentran comprendidos dentro del planteamiento y, si esas instituciones son básicas, el epicentro mismo de un sistema, sería absurdo que alteradas y objetadas en su raíz, las otras edificaciones permaneciesen exentas de variaciones. Una ideología en crisis provoca fatalmente el desmembramiento de todo lo construido sobre ella”.
La política y el arte son fórmulas que parecen relacionarse de una manera contradictoria y hasta cierto modo paradójica. No obstante a pesar de lo espinoso del tema Daza Guevara apunta con sensible puntería sus ideas y sin cortapisa devela las lacras politiqueras e ideológicas que parecen sobrevivir todavía hoy día: “Los factores internacionales —concretamente la Revolución Socialista de Cuba— demostraron que frente a las dictaduras militaristas y a los paliativos reformistas, aplicados desde círculos superiores, era válida la alternativa de una política que rompe con los convencionalismos tradicionales y afirma la eficacia de las distintas formas. La confrontación, por lo tanto, escapa al límite donde se ha pretendido plantear, es decir a considerar si la revolución es materia exportable o no, porque partir de este presupuesto nos llevaría a conclusiones muy parciales, ajenas a la esencia de lo que se quería discutir. En todo caso lo básico que se planteaba era precisar si existen o no principios generales sobre los cuales formular una teoría correcta de la lucha revolucionaria y aplicarla a una situación determinada. No se trata, en consecuencia, de ver en las revoluciones hechos excepcionales”.
Su perspectiva política estuvo más acertada que la de muchos politicastros de saldo y oficio, sus análisis fueron más exactos que la pirotecnia astrológica lanzada por una buena porción de politólogos. Con respecto a la democracia en 1985 escribió: “La vigencia de un régimen de libertades es una de las condiciones necesarias para que los pueblos realicen las potencialidades a que todo ser humano debe aspirar, pero no la única. Utilizar la democracia como chantaje acarrea más tropiezos que beneficios. La democracia sin contenido social, donde la participación del pueblo se reduce al acto comicial cada cinco años, motivado por la magia de la propaganda y la coacción legal, es un mito susceptible de derrumbarse en cualquier momento. No somos apologistas de un orden distinto, pero tampoco debemos silenciar lo que es una realidad peligrosa. El común de la gente, de los ciudadanos sin oportunidad de ejercer libremente la facultad constitucional de expresar su pensamiento, entiende su derecho dentro del proceso político como un hecho formal: se le presenta una situación dada, manifiesta sobre ella y allí concluye todo. Los dirigentes de los partidos están obcecados por el fuego de la vanidad intrínseca. La muchedumbre vierte su opinión electoral ante un espectro previamente discernido por un minúsculo grupo de líderes que realizan la voluntad del jefe. Si fortalecer la opción democrática es una necesidad histórica, una forma de conquistar el futuro, el funcionamiento de sus mecanismos debe garantizar tal posibilidad”.
Con respecto a la cultura su visión no deja de ser polémica y sus críticas hicieron blanco a esa visión de circo y boato que han tenido (y tienen) muchos políticos circunstanciales. Como era de esperarse esos paquidermos blancos de la burocracia cultural tampoco fueron dejados al margen de sus postulados: “A los políticos les interesa y entienden la cultura como fuente de dividendos concretos, como utilización para fines primarios y parte del espectáculo de divertimento en proporciones de anestesia; imaginan al país urgido de circo —en el peor de los términos—, de actores y bufones felices. La burocracia cultural, plasmada en entidades administrativas inoperantes, sede de manguareo y coto de intelligentsia presunta, proyecta el mito de la preocupación oficial por una actividad destinada a preservar apariencias. Sin rubor se alude a planes inexistentes para justificar el trabajo de conferencistas sin audiencia —no por ellos, sino por lo azariento y casuístico—o conciertos vacacionales. Es obvia la falta de racionalidad y políticas orgánicas que definen los objetivos y metas del Estado como máxima jerarquía de la sociedad y no simple promotor de ferias y actos circunstanciales, tarea poco costosa y mejor desempeñada por los empresarios de shows o festivales de belleza”.
Nunca estuvo cómodo en las playas del conformismo. Jamás sus libros le parecieron lo suficientemente logrados y, en una entrevista concedida a Earle Herrera, expresó con rabia y cansancio: “Estoy arrecho con toditos mis libros. ¿Por qué? Porque la literatura es irrealidad, es la inaprehensión de las existencias negadas, de las frustraciones, de la parte que nunca será nuestra”.
A pesar de esta constatación nada halagadora prosiguió escribiendo con obstinación y sin tregua. Al indagar por qué seguía escribiendo. Respondía con exacta ironía: “Escribir es la rutina del silencio”. Cumplió a cabalidad con su rutina hasta el final. Siempre consecuente con su rabia contenida, con su agonía de soles en la sangre. Anacrónico, agorero de catástrofes, poeta de abrumaciones lúcidas. En su poesía sonaba un instrumento extraño como pintado por el Bosco. Como ensayista hizo gala de un estilismo terrorista de calculada relojería política para espantar el bostezo cultural ante tanta fatua y fastuosa gazmoñería artística. Siempre mantuvo intacto el humor a ras del alma y por esa razón nunca dudó en felicitarse “por no haber escrito nunca 40 poemas de amor, ni la canción desesperada, ni los versos del capitán, porque las novias trascienden la poesía y la metafísica”.