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El pintor, los duendes y el leñador

“El gran golpe del leñador-duende”, de Richard Dadd

Mi amigo el pintor Javier Téllez (también hace películas y performances) ha orientado su trabajo artístico hacia la locura y el manicomio como ese espacio físico que aísla y borra al enfermo mental de la vida ciudadana. Javier tiene una obra titulada Bedlam, yo soy feliz porque todos me aman, sobre una experiencia con los pacientes del histórico hospital psiquiátrico londinense Royal Betlem.

Este manicomio es indisociable del pintor Richard Dadd (1817-1886). Su cuadro más emblemático y famoso, es una de las joyas del museo Tate Gallery de Londres, se titula El gran golpe del leñador-duende. Las pinturas de Dadd están pobladas de duendes, enanos, elfos, hadas, ogros y todo esos seres extraños que viven en las historias fantásticas al mejor estilo del Señor de los Anillos. Nada extraordinario en la pintura denominada victoriana. Además los ingleses tienen una debilidad afectiva por ese mundo habitado por esas extrañas criaturas de los bosques.

Lo sorprendente está en las circunstancias en las que Dadd pintó el cuadro y el lugar donde lo hizo. Sin mencionar el tiempo que le tomó (alrededor de 10 años) y las dimensiones del mismo que es de apenas 6,7 x 5,2 centímetros.

Richard Dadd, con apenas 16 años, ya exhibe su gran habilidad para el dibujo, además tiene una predisposición innata para las minucias y los detalles. Poco a poco se va adentrando en el arte de la miniatura. Su primera acuarela, Retrato de una niña, es meritoria. Su padre sabe que tiene potencial y en tal sentido trata de alentarlo y apoyarlo. Pinta algunas otras obras en las que muestra oficio, dedicación, pero sin ningún atisbo de genialidad o cosa parecida. Decide, con un amigo, realizar un viaje por Europa y Medio Oriente. En su visita al Cairo, en una localidad se une a un grupo de hombres que comparten una pipa de agua o narguile. Al parecer Dadd estaba fascinado con el sonido del borboteo del humo y el agua. Para él era un lenguaje, según contó después, y en la que creyó descubrir una especie de mensaje que él podía descifrar. Durante cinco días con sus noches estuvo fumando. Al quinto día ya sabía el contenido del mensaje que fue enviado por el dios egipcio Osiris. Con los ojos desorbitados y presa de una inquietud nerviosa algo extraña, le dijo a su amigo que tenía que cumplir una misión según las instrucciones del mensaje.

Su amigo pronto captó que Dadd no estaba del todo bien, su manera de actuar había cambiado. Ya no era jovial ni estaba interesado en salir de la habitación para conocer los sitios a los cuales llegaban. Dibujaba como un poseso. Su amigo decide enviarlo de regreso a Inglaterra. Su padre le llevó al médico y éste le diagnosticó una insolación y le prescribió reposo. Su padre lo trasladó a una casa de campo. Durante un paseo y presa de un ataque delirante el pintor apuñaló a su padre. Huyó hacia Francia, pero unos días después fue capturado tras intentar degollar a otro hombre. Fue sometido a exámenes y, ante las pruebas de su desorden mental, Richard Dadd es confinado de por vida (acababa de cumplir 27 años) en el hospicio de Bedlam.

En un cuarto acolchado inicia El golpe maestro del leñador-duende. El pintor argentino Fabio Kacero escribe: “Hay algo en esa corte feérica que espera a que el leñador descargue su hacha, en ese mediodía alucinado atravesado de juncos y zarcillos, en ese alambicado friso (la mirada nunca cala en profundidad) de quemazón victoriana, algo que me asestó de inmediato su golpe maestro, con un dejo entre sueño de verano shakesperiano y jugo de amapola. (Qué extraño, nunca leí la comedia de Shakespeare ni nunca probé el opio.)”. El pequeño cuadro es un delirio en cuanto a detalles se refiere. Se observa el claro de un bosque, hay una pujanza de flores y color. Por todos lados se ve a un grupo de personas menudas: duendes, hadas y personajes ataviados sin tiempo. En la atmósfera se respira cierta lascivia sensual. Todos miran con ansiosa expectación al leñador que alza su hacha de doble filo. En todo ese movimiento hay un instante muerto. La tensión queda flotando en el aire. El leñador-duende, de espaldas al espectador, está a punto de dar el golpe. Delante del leñador, en el sitio donde se descargará el hacha, no hay nada, absolutamente nada.

Con respecto al cuadro puede existir cierta desmedida exageración, quizá no es tan genial, pero sí son llamativas las circunstancias en las cuales fue pintado. Pero entonces uno piensa en el tema elegido por el pintor para desarrollar un recóndito drama que sólo en su alma se fue pintando. Enfrascarse en los detalles fue una manera de retrasar el drama, de ahogar el dolor al punto tal que la pintura nunca fue terminada. Las razones nunca se sabrán, aunque ese arte de no terminar nada encierra en sí mismo un abismo dramático para cualquier creador.

Para Richard Dadd su obra no estaba terminada, y para zafarse de la responsabilidad de terminarla se la obsequió a uno de los enfermeros. Después de pintar el cuadro sobrevivió durante 21 años más, pero ya no tenía interés en volver a los pinceles y pinturas. Aquel golpe detenido era quizá su locura suspendida, era su delirio flotando en el aire como un golpe de hacha preciso y que él trató de pintar en un cuadro, nutrido en pormenores y minucias, que una mirada no es suficiente para captar todo ese mosaico obsesivo de seres surgidos de los inexplicables laberintos de la mente y el dolor.