12 años de Letralia • Literatura y bits desde la Tierra de Letras
Varios autores
Escribir en el lugar sin límites

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Ilustración: Curtis Parker

Nuestro mundo en nuestro tiempo: espacio saturado de todo: de gente y comportamientos, de objetos y opiniones, de verdades y confusión. Nos hemos acostumbrado, la mayoría de entre nosotros, a vivir en colosales megalópolis donde nos aglomeramos dentro de muy reducidos espacios propios: el hogar, el sitio de trabajo... A lo largo de muchas horas todos los días, en medio de la pequeñez de esos sitios personales, nos relacionamos con el mundo a través de nuestras computadoras: ventanas que lograron hacer realidad la profecía de Marshall McLuhan de un mundo humano convertido en aldea global. Recientemente leí una frase llamativa: “La vida no está más en la biología sino en la comunicación”. La comunicación es la sangre de nuestro tiempo, la fuerza que lo mueve, la estructura de su sintaxis. Nuestra era ha sido llamada la del diálogo, y nuestra sociedad ha sido definida como “la del espectáculo”; visiones, ambas, que apelan a lo mismo: a cercanías y encuentros, a recepción y pluralidad.

Un lugar que encarna ese muy contemporáneo ideal de comunicación es el ciberespacio: sitio donde las palabras y las imágenes se hacen mensaje. Desde siempre hubo mucho de utopía dibujándolo. En su “Manifiesto por la Independencia del Ciberespacio”, John Perry Barlow expresó el sentimiento de todos aquéllos que percibían la red como un refugio donde la interacción humana debía carecer de límites; libertad de las ideas expresándose interminablemente, paradigma de la inmaterialidad de todas las opiniones y de la igualdad de todas las creencias. Cito un fragmento del manifiesto de Barlow: “Debemos declarar nuestros ‘yos’ virtuales inmunes a vuestra soberanía, aunque continuemos consintiendo vuestro poder sobre nuestros cuerpos. Nos extenderemos a través del planeta para que nadie pueda encarcelar nuestros pensamientos. Crearemos una civilización de la mente en el ciberespacio. Que sea más humana y hermosa que el mundo que vuestros gobiernos han creado antes”.

Dentro del ciberespacio, los límites se hacen volátiles; o mejor: se desvanecen. Él es lugar de linderos siempre nuevos o nunca del todo definidos. En el caso de la escritura literaria, por ejemplo, las voces de los seres de palabras aparecen en la red abiertas a todas las lecturas, rápidamente cercanas a muchísimas miradas. Si leer implica siempre una aventura o un avance, la lectura en el hipertexto se vuelve acción impaciente en busca de nuevos enlaces y más amplios o más especializados contenidos; lectura donde la información suele aparecer de pronto, sorpresivamente. Pero si la red establece nuevos límites para la lectura, igualmente supone nuevas territorialidades para la escritura. Quien escribe coloca inmediatamente sus palabras dentro de la Internet: sin intermediarios ni largas esperas entre el fin de la escritura y la realidad de la publicación. Todo ser de palabras tiene la potestad de ofrecer sus voces: a la vista de todos; horizontalidad de los mensajes que unos escriben y que otros leen.

Desde luego, la Internet no acarreará, ni mucho menos, la muerte del libro. Por mucho tiempo, ambos: libros y publicaciones virtuales, continuarán coexistiendo; pero también es cierto que el ciberespacio irá haciéndose, cada vez más y más, ilimitada posibilidad de comunicación entre autores y lectores; y que, a diferencia de lo que sucede en el mundo tradicional del libro, la voz del ser de palabras podrá recorrer, libre y leve y suelta, los amplísimos espacios del lugar sin límites. Hace poco leí un comentario escrito por Joaquín María Aguirre, director de Espéculo, una de las publicaciones virtuales más importantes en lengua española: el eufemismo de que a lo largo de la historia de la literatura existieron muchos autores que no fueron reconocidos en su momento porque no eran “hijos de su tiempo” no se sostiene. Todo ser humano es siempre hijo de su tiempo. Todos somos producto de las circunstancias que nos rodean. Y si hubo muchísimos seres de palabras que en su época no fueron reconocidos o escuchados fue porque no existieron los medios para que sus voces pudiesen trascenderlos, porque no hubo lectores para eso que ellos escribieron.