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Revoluciones

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Johannes Gutenberg

La imagen1 que ahora mismo contemplo a través del buscador Google me muestra un cuadro anónimo del siglo XV. En él dos personas, de largas y blancas barbas y de aspecto venerable, miran un papel con cara de extrañeza y asombro. A sus pies, un fajo de papeles idénticos en los que se distinguen unas letras impresas se desparrama por el suelo ante la indiferencia de los personajes. Tras ellos, como un monstruo a punto de devorarlos, se sitúa una pesada prensa por la que asoma la cabeza curiosa de un personaje que intenta ojear el papel que los dos hombres barbados examinan. Uno de estos hombres es Gutenberg y las copias ante las que se muestra indiferente esconden el fruto de su hallazgo: la posibilidad de que un escrito se reproduzca hasta el infinito, sin necesidad de copiarlo a mano, y de que llegue a un número de personas amplio. Y no sólo eso. Auspician además la certeza de que lo escrito en ese papel perdure más que en uno que ha sido copiado a mano. A pesar de ambas virtudes, la cara de Gutenberg y de su acompañante no llega a reflejar la trascendencia que con el tiempo tuvo y sigue teniendo este invento, pero sí la del personaje que, escondido en los engranajes de la prensa, intenta adivinar lo que pone en el papel. Esa reacción, esa mirada es la que muchas personas pondrían a partir del siglo XV, después de que el inventor alemán crease ese artilugio parecido a una guillotina a punto de merendarse una cabeza. Esa mirada es la que delata “un cambio o transformación radical y profundo respecto al pasado inmediato”,2 es decir, una revolución.

Siglos después, esta palabra, tan usada para sancionar los momentos más gloriosos de la humanidad, vuelve a alcanzar un punto álgido en nuestra época actual. A través de una pantalla de dimensiones variables, se relanzan las virtudes que Gutenberg engendró con su invención. Esa pantalla, la de un ordenador, enmarca, como en el cuadro anónimo que he descrito, un microcosmos al que denominamos Internet y que nos sitúa en un mundo paralelo en el que todo puede renacer, recrearse, difundirse y perdurar para siempre. Así ocurre con la literatura. Si con Gutenberg y la imprenta la literatura comienza la democratización de la lectura y su conversión paulatina en un bien de consumo y placer, con Internet, se produce un segundo impulso democratizador. Éste no sólo alcanza al lector, sino, muy especialmente, al escritor.

De este modo, por un lado, el lector se encuentra con un medio donde puede leer cualquier texto de cualquier época y en cualquier idioma. Pero además, puede saltar las fronteras entre él y el autor y emularlo, añadiendo su opinión, su impresión o su imaginación en forma de texto literario, para que otros lectores lo lean y, como él, renueven el círculo de la recepción y la creación. Es así como comienza a crecer una nueva literatura, paralela a la editada, pero no por ello menos valiosa. Es la literatura digital.

Las ventajas que esta nueva literatura posee frente a la convencional, a aquella que se destina a reposar en anaqueles de bibliotecas y estanterías de nuestros hogares, son múltiples. La principal, sin duda, es la difusión que puede llegar a tener. Para que un escritor consiguiese que su libro cruzase fronteras y fuese traducido a varias lenguas, su obra debía tener una repercusión y un trabajo de propaganda ingente. Por el contrario, un texto literario digital se puede ver en cualquier parte del mundo, por encima de fronteras e idiomas, haciendo un simple clic. De otro lado, la perdurabilidad de un texto digital puede ser casi infinita. Si los libros que imprimió la máquina de Gutenberg ya suponían vencer en gran parte el efecto aniquilador del tiempo en la tinta manuscrita, los digitales convierten al tiempo en un aliado que se ve incapaz de borrar lo escrito. Por último, los cauces para que alguien vuelque su obra en Internet son infinitos: blogs, revistas literarias, portales y foros dedicados a la literatura, etc...

Todo ello convierte a Internet en un gran taller literario donde cada uno de nosotros, escritores o lectores, o ambas cosas, somos un fino, pero fundamental hilo, de la gran telaraña que componen las páginas de la literatura digital. En nosotros está la tarea de que esa telaraña se componga de bellas palabras al igual que, durante siglos, los grandes escritores infundieron belleza a la sencilla tinta de las prensas que Gutenberg pergeñó.

 

Notas

  1. Gutenberg, inventor de la imprenta. Pintura anónima del siglo XV.
  2. Definición extraída de Wikipedia.